Ya han pasado más de cuatro semanas desde que se ha producido un brutal atentado en el teatro del CROCUS CITY HALL de Moscú, donde, según los datos oficiales, habían muerto 148 personas y más de 500 habían sido afectadas. Cuanto más tiempo nos separa de aquella fatídica fecha del 24 de marzo pasado, menos se aclara lo más importante de aquel atentado: ¿quién realmente lo ha perpetrado?, ¿quién lo ha preparado y organizado?, ¿quién está detrás de él? y ¿cuáles fueron los motivos y objetivos de este cruel magnicidio?
Estoy recibiendo muchas preguntas de mis amigos y lectores sobre este atentando, y voy a intentar, en lo posible y a base de la muy contradictoria información que existe en estos momentos, de aclarar y dar pistas que nos podrían ayudar a contestar, aunque sea en parte, a las preguntas que he planteado al principio.
Voy a empezar por los hechos reales e indiscutibles, que, curiosamente, son muy pocos, todo lo demás son suposiciones, especulaciones, teorías que se contradicen entre sí, sin llevarnos a las conclusiones definitivas.
Sabemos que el día 24 de marzo se ha producido un sangriento atentado en uno de los más grandes centros comerciales y del ocio de Moscú, CROCUS CITY HALL. Lo perpetraron, tal como demuestran las imágenes de las fotos y los vídeos existentes, cuatro individuos de aspecto corpulento, de una estatura por encima de la media, vestidos de unos uniformes paramilitares, sin mascarillas (no intentaban ocultar sus rostros), armados con armas automáticas las que manejaban como unos verdaderos profesionales de los comandos de las operaciones especiales, dignos de las películas norteamericanas policiacas y del terror.
Los servicios de seguridad rusos acudieron al recinto para salvar a más de 5.000 personas, que se encontraban en la sala del teatro CROCUS, pasada más de una hora. Durante este tiempo, los asaltantes han matado metódicamente a un montón de las personas asistentes al concierto, incendiaron el edificio (que se quemó por completo: más de 15.000 metros cuadrados) y se escaparon en un coche marca “Peugeot” hacia la frontera con Ucrania (según las fuentes oficiales rusas), pero posteriormente está información fue “corregida” por el propio presidente bielorruso, Alexander Lukashénko, quien aseguró que los terroristas se dirigían hacia la frontera con Bielorrusia y no con Ucrania. Lo que confirmó el hecho de que los terroristas fugados del lugar del atentado fueron detenidos por los efectivos de seguridad rusos más cerca de la frontera con Bielorrusia (a unos treinta kilómetros) que de la con Ucrania (a más de ciento y treinta kilómetros).
Los cuatro detenidos, “supuestamente” los mismos que habían participado en la masacre en el CROCUS, fueron interrogados y golpeados de tal manera que en el vídeo, que difundieron los canales rusos de televisión, se veían perfectamente las señales de estas torturas, efectuadas por los guardianes rusos. Pero lo que saltaba a la vista fue que los detenidos poco parecían (por su baja estatura y un comportamiento cobarde) a aquellos “supermanes” que estaban asesinando fría y eficazmente a la gente que se encontraba en el teatro CROCUS.
Dos semanas antes del atentado, en vísperas de la celebración en Rusia de la fiesta del “8 de marzo” (El día de la Mujer Trabajadora), los servicios de la inteligencia de los EE.UU avisaron, a través de su embajada en Moscú, a los ciudadanos norteamericanos, que se encontraban en aquel momento en la capital rusa, para que se abstuvieran de acudir a ningún acto multitudinario, especialmente a los conciertos en los centros del ocio, ya que existía una cierta amenaza de un atentado terrorista islamista en algunos de estos lugares públicos moscovitas. La misma información los servicios de inteligencia norteamericanos la transmitieron por sus canales de “colaboración” a sus colegas rusos de la FSB (Servicio Federal de Seguridad). Más aún, los norteamericanos en su aviso habían mencionado precisamente la sala del CROCUS como uno de los sitios más probables del atentado. Y, para rizar el rizo (como se supo después del atentado), el mismo aviso habían transmitido a sus colegas rusos los servicios secretos de los talibanes, que gobiernan en Afganistán y con cuyo gobierno la Rusia de Putin – uno de los muy pocos países del mundo civilizado – mantiene relaciones diplomáticas y comerciales.
A pesar de todos estos avisos tan concretos, el Kremlin, por lo visto, no tomó las medidas necesarias para no sólo intentar de evitar el atentado, sino no hizo nada para disminuir sus posibles consecuencias. Las autoridades rusas no sólo no han tomado debida nota de las citadas advertencias, sino que el propio Putin, al no haberse producido el atentado en fechas señaladas por la inteligencia “yanqui” (8-9-10) de marzo, declaró en una reunión con la cúpula de los servicios de seguridad rusos (21 de marzo), justo tres días antes del atentado, que estos avisos norteamericanos “representan un auténtico chantaje y provocación, cuyo objetivo es atemorizar y desestabilizar la sociedad rusa”.
Pero al producirse el atentado, Putin desde el minuto cero acusó a los servicios secretos de Ucrania de organizar la masacre, aunque los que sí habían reclamado el atentado fueron los activistas del Estado Islámico (ISIS), de una de sus más beligerantes facciones y la férrea enemiga de los talibanes. (Y reiteraron su autoría varias veces para desmentir las repetidas declaraciones del presidente ruso acerca de la “huella ucraniana”). El motivo del atentado fue castigar a Rusia por sus buenas y amistosas relaciones con los enemigos del ISIS.
Putin en su discurso ante la nación, transmitido por todos los medios, ni mencionó que el ISIS estaba reclamando su autoría del atentado. Para él, la brutal masacre en el CROCUS fue la obra de los servicios secretos ucranianos, a pesar de que el propio presidente de Ucrania, Volodimir Zelénski, había rechazado rotundamente cualquier relación de su país con el atentado en Moscú.
Pero Putin insistía en la huella ucraniana. Según él, los terroristas detenidos confesaron que los agentes ucranianos les prepararon una “ventana” en la frontera entre Rusia y Ucrania, a través de la cual ellos podían fugarse del territorio ruso, una vez perpetrado el atentado. Y que los ucranianos les prometieron pagar a cada uno de ellos un millón de “rublos” por los “servicios prestados”.
Llama atención el absurdo de ambos “testimonios”. El primero: ¿cómo los terroristas pensaban utilizar los rublos en el territorio de Ucrania, donde la moneda rusa no está en circulación, sino la “grivna” ucraniana? El segundo: ¿qué ventana podrían abrir los servicios secretos ucranianos en una frontera que en la actualidad representa un frente de batalla, con efectivos militares por ambos lados, con amplios espacios minados, etc.? Y más absurdo todavía: resulta que si los ucranianos preparaban por su lado de la frontera una brecha – ventana, entonces, para que ella pudiera ser utilizada para los fugitivos, también los rusos, por su lado, deberían haberlo hecho lo mismo, o sea, ayudar a los terroristas, que habían asesinado a más de 140 personas, a escapar de la persecución de los servicios de seguridad rusos.
La verdad, todo esto parece totalmente fuera de toda lógica. Pero, siempre y cuando los servicios secretos y de seguridad rusos realmente no tuvieran algo que ver en todo el tinglado del atentado. ¿Y si tuvieron? ¿Y jugaron, de una u otra forma, su papel determinado?
Vamos a analizar tres principales versiones, que se basan en las informaciones disponibles, las que he destacado más arriba, y que nos servirán de una especie de “puzzles” para intentar a construir un cuadro completo en cada caso.
La primera versión: una total negligencia y la incapacidad profesional de los servicios secretos y de seguridad rusos. Como hemos visto, ellos fueron “doblemente” avisados de los preparativos del atentado, pero no han podido ni evitarlo ni minimizar sus trágicos efectos. Parece inverosímil, que en un país policiaco, como es la Rusia putinesca, donde todo y todos están controlados por diferentes servicios secretos y de seguridad, como la FSB, Guardia Nacional, OMON (comandos especiales de lucha antiterrorista del Ministerio del Interior), policía urbana y algunos más, dotados de un armamento más variado, desde los fusiles automáticos hasta los vehículos blindados y helicópteros, todos ellos no han podido dar caza o eliminar durante el atentado a cuatro terroristas de nacionalidad “tayika” (la identificación de los asaltantes procede de las fuentes oficiales) en un famoso centro comercial y del ocio.
Hay que destacar que, curiosamente, el complejo CROCUS, casualmente, está rodeado de las instalaciones de los diferentes servicios de seguridad. Pegado al propio edificio del CROCUS se encuentra el Departamento de la Policía del barrio al que fue adscrito este monumental complejo formado por un teatro, sala de exposiciones y el centro comercial. A pocos metros está situado el edificio de un Tribunal, en el que se juzgan a los delincuentes más peligrosos, por lo cual, el personal del juzgado dispone de varias dotaciones de la policía fuertemente armada y adiestrada para vigilar a los criminales más peligrosos. Y, para el colmo, a unos 500 metros del CROCUS, un destacamento del OMON tiene su base operativa que entre los diferentes artilugios de la lucha antiterrorista dispone de un helicóptero para tener acceso más rápido posible al lugar del atentado. Pues, ya hemos visto cuánto tiempo (más de una hora) necesitaron todos estos servicios de seguridad para acudir al lugar del atentado, situado a unos pocos metros de sus sedes operativas.
No fueron mucho más rápidos los bomberos. Cuando habían llegado al lugar, el edificio del CROCUS estaba en llamas hasta el techo. Se sigue sin explicarse, cómo cuatro terroristas, ocupados de tirotear al público dentro de la sala del teatro, fueron capaces, al mismo tiempo, de incendiar un enorme edificio de 15.000 metros cuadrados que se quemó por completo. Parece que hubo otro comando que, por lo visto, estaba actuando en los pisos superiores y fue quien incendió el edifico desde arriba. Pero de este comando no se sabe nada.
Tampoco funcionaron los numerosos dispositivos anti incendios, instalados en este moderno edificio de tan grandes dimensiones. ¿Alguien los había desconectado previamente? ¿Fueron los propios terroristas o unos cómplices, entre el propio personal del CROCUS, que les estaban ayudando”?
Estas preguntas nos llevan a la segunda versión: los servicios secretos y de seguridad rusos habían participado “indirectamente” en este atentado. Consistía en que el Kremlin, al ser avisado por la inteligencia norteamericana y los amigos talibanes sobre el atentado, ha decidido no hacer nada para desactivarlo o entorpecerlo, para, una vez producido, atribuirlo a los servicios secretos de Ucrania. Justo lo que, como ya he comentado antes, hizo el propio presidente ruso desde el primer momento.
Así se explica esta inactividad de los servicios de seguridad rusos, quienes, supuestamente, recibieron unas instrucciones explícitas de sus superiores de no obstaculizar la labor de los terroristas. Por ello, con tanto retraso habían venido los antidisturbios, dando a los terroristas tiempo para hacer su “trabajo” y luego dejándoles a “escapar” en un coche, que pudo transitar, sin ser detenido, por las numerosas patrullas de la policía de tráfico, a lo largo de casi 400 kilómetros desde el lugar del atentado hasta el sitio donde el coche, finalmente, fue detenido. Mientras la matrícula del coche era perfectamente conocida, ya que fue grabada en el sistema de vídeo vigilancia del parking, donde terroristas habían dejado el coche, cuando llegaron al CROCUS.
Otra cosa que saltaba a la vista, fue que los cuatro “tayikos” detenidos cerca de la frontera con Bielorrusia muy poco parecían a aquellos cuatro “auténticos” terroristas que estaban asesinando a la gente en la sala del teatro del CROCUS. No parecían ni por su apariencia, ni por su conducta cobarde. Fueron los “chivos expiatorios”, preparados por los servicios secretos rusos como tapadera de los verdaderos terroristas, a los que dejaron a escapar en la dirección desconocida. A estos “chivos” tayikos les prometieron dinero (ya mencionado 1 millón de rublos), para que interpretaran el papel de los terroristas y “confesaran” que estaban relacionados con los servicios secretos ucranianos.
Si los detenidos fueran los verdaderos terroristas del ISIS, ellos no se habrían rendido tal fácilmente a una patrulla de la policía rusa, entrarían en un combate, lucharían hasta el último cartucho y causarían numerosas bajas entre los efectivos policiacos. Así actúan habitualmente los terroristas suicidas islamistas. Pero no hubo nada parecido.
Y la tercera versión: todo el atentado fue organizado y perpetrado por los agentes rusos desde el principio hasta el final, para acusar de su preparación a Ucrania y, con ello, tener un “legitimo” pretexto para organizar una represalia contra Ucrania de más envergadura y brutalidad, que cometidas hasta ahora por el ejército ruso, escalando de esa manera aún más la tensión en el campo de batalla. Pero esta versión contradice el hecho de que los servicios de inteligencia norteamericanos sabían con toda la certeza que el atentado lo estaban preparando los terroristas del Estado Islámico. Al no ser, como aseguran algunos analistas más imaginativos, que los terroristas del ISIS fueron preparados y enviados a Moscú por la red del espionaje rusa penetrada en los diferentes movimientos islamistas en el Oriente Medio (Siria, Afganistán, Irak). Esta versión me parece poco probable y demasiado complicada. Además, no se ha producido ninguna hostilidad “extraordinaria” de parte del ejército ruso en los campos de batalla en Ucrania, que seguía bombardeando metódica y “rutinariamente” la población civil y las infraestructuras vitales que la sostiene. Nada que hubiera podido presentarse como una “legítima respuesta” al brutal atentado “ucraniano” en el territorio ruso.
Y por último: la otra versión – que podría ser la cuarta – de que el atentado en el CROCUS fue organizado y llevado a cabo por los servicios secretos ucranianos, la descarto por completo, dado que no existe ningún indicio mínimamente comprobable, menos las precipitadas declaraciones del presidente ruso al respecto y los testimonios de unos “supuestos” terroristas, que, como he demostrado antes, no se los puede tomar en serio.
Como vemos, ninguna de las versiones aventuradas resulta totalmente verídica. Por tanto, dejo al criterio del lector elegir la versión que le parezca más verosímil, basándose en la información que he proporcionado en estas páginas.
Hay piezas del “puzzle” que faltan y, probablemente, no conoceremos jamás todos los detalles de este salvaje atentado y de sus verdaderos autores, como no hemos sabido hasta hoy, quiénes fueron los verdaderos asesinos y autores del asesinato del presidente de los EE.UU, John Kennedy, o del atentado a las Torres Gemelas en Nueva York, o del Atentado del 11M en la estación de Atocha en Madrid.
Y ahora de la masacre en el CROCUS CITY HALL de Moscú.