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ESCRITO AL RASO

Nostalgia del amor. “¿Y quién vive?”

David Felipe Arranz
lunes 22 de abril de 2024, 19:38h

Nunca llegamos a alcanzar la felicidad porque no nos atrevemos, tal vez, a admitir que la diferencia entre la plenitud y la desdicha es pura contingencia: nos falta perspectiva en esta apurada experiencia de las cosas, que hiperestesia los sentidos y nos hace borrar los matices. Hemos sabido siempre que es muy diferente amar a una que a otra persona y hay días en que el destino decide por nosotros, aunque hayamos pensado resguardarnos más en un corazón que en otro.

Un amor es más inquieto, más imaginativo, más pizpireto, y en sus palabras encontramos más fantasía, porque esconde más sorpresas. Otro es más tranquilo, se viste con buenas telas y su linaje viene de lo antiguo, de una alcurnia primera, cuando todo era nuevo y los hombres tenían que hacer país. Es un amor este de férreas solideces, en el que sembrar y cosechar, donde encauzar el desbordamiento de los afectos. Algún otro es más instintivo, meramente carnal, de los que irrumpen inopinadamente en la vida de uno, sin pedirle permiso: es un amor de altibajos, desnivelado y ladrón. No hay que dejar de amar existiendo amores tan distintos, tan a mano, siendo inútil por eso jurar amor eterno, porque seguramente se tuerza en algún punto, con los cabrilleantes cambios de rumbo y sus iluminaciones en la sombra, hasta que por la tarde ya, cuando anochece, las lucernas de la gran ciudad nos arrojan el pálido resplandor de la verdad. Quizá aquella linda muchacha de ojos verdes, tan traviesa y ligera, en la plaza de Oriente, nos diga más de nosotros mismos que cualquier cavilación, entre risas alegres y alocadas, como brotando de unos labios rojos que nos enloquecen, mientras echa hacia atrás la cabeza, aureolada de un remolino de caracoles dorados.

Nos gusta decir “novia”, aunque siempre seamos como forasteros el uno para el otro; se lleva mucho la novia sin muchas pretensiones, un poco sin entrar en profundidad en los asuntos medulares, aportando la correspondiente dote a la economía doméstica, que es lo importante, lo que se espera, lo que se pide, lo que se exige, aunque no estén bien las cabezas. Incluso la incompatibilidad de caracteres se disipa ante unas buenas perspectivas, que no dejan de invocar la vida práctica de la pareja, con sus alegrías materiales y sus mudeces espirituales. Nos lo decía anoche el zamorano Martín, en El Respiro: “no me importa el dinero, nunca me ha importado: a mí lo que me gusta, lo que me preocupa, es el espíritu, el alma”. Los amores son al principio simpáticos, cimbreantes, con talles rebullentes en el caminar delante y ese paso más lento nuestro para contemplarlos como un paisaje. Después, la sensación de una mano que acaricia la nuestra con cualquier excusa, porque en la vida y en el mundo hemos caminado mucho. Y un día llegamos cansados a la parada y fonda vieja y pequeña de la calle Infantas, por la noche, y encontramos, al fin, la paz profunda de la derrota.

Y, al poco tiempo, a los pocos días, porque el corazón no nos da sosiego –por eso es un corazón–, percibimos la alegría encendida de la muchacha que representa a tantas muchachas, a tantas historias pasadas, y sentimos un instante de armonía entre la hora nocturnal y el silencio de los recuerdos, que empiezan a hablar, en un minuto que no quiere marcharse nunca. Por allí asoman los momentos fugitivos con unos y otros amores, aquella satisfacción de cosa pasajera, de lo imprevisto que no buscábamos, que queremos retener como el recuerdo más dulce. Sabemos que es muy probable que el milagro del amor sea fugaz, que dure tres días, tres meses, tres años… para morir asfixiado, estrangulado de pasión por los enamorados. Pero, como le dice el detective Gaff a su compañero Rick Deckard, en medio de la lluvia radioactiva: “Lástima que ella no pueda vivir, pero, ¿y quién vive?”. Todo se pierde, todo decae, y no se sabe a veces cómo protegernos de ciertas cosas. Pero, sobre todo, prevalecerá el valor del hallazgo sorprendente que nunca nos abandonará: la feliz memoria de aquel amor que durante un tiempo fue inequívocamente –jamás lo dudemos– perfecto.

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