Por los pelos, el PNV ha ganado las elecciones en el País Vasco y se mantendrá al frente del Gobierno de Vitoria. Ha perdido 6 diputados y ha empatado con Bildu en escaños, pero ha logrado más votos que los proetarras. El resultado supone un alivio para Pedro Sánchez que se ahorra el compromiso y, probablemente, la obligación de tener que apoyar a los herederos de ETA, quienes, pese a su meteórico ascenso, no han logrado la victoria que muchos vaticinaban. Como Félix Tezanos en sus encuestas, que no acierta ni de casualidad.
Al PSOE le resultará cómodo mantener su apoyo al PNV para que mantenga el Gobierno de Vitoria. Bildu, sin embargo, sopesa ofrecer a los nacionalistas un acuerdo de coalición para impulsar la independencia sin depender del PSOE, un partido que, en principio, defiende la Constitución. O eso dice. Pero esa alianza de los partidos soberanistas no se producirá. Todavía.
Pedro Sánchez ha vuelto a tener suerte. Con la victoria del PNV podrá mantener su coalición “progresista” en el Congreso de los Diputados con el apoyo de los dos partidos vascos. Pero Bildu es y será el problema del País Vasco. No tiene prisa. Pero no va a cejar en su gran objetivo, que no es otro que la independencia del País Vasco. En la euforia de la noche electoral tras su histórico resultado, Otegui y todos sus seguidores lo gritaban a pleno pulmón.
La suerte de Pedro Sánchez es la mala suerte de España. A trancas y barrancas, aguanta en La Moncloa. Pero el daño a la democracia española está hecho. Su legado supone una tragedia para la estabilidad y para la propia democracia. Porque los partidos que quieren destruir la Constitución y la unidad de España, como Bildu, ERC y Junts, crecen como los hongos a la sombra del Gobierno de coalición. Y, al paso que van, terminarán por ganar su batalla. Por declarar la guerra que no es otra que la independencia. Y, entonces, será tarde. Tarde para España. Pues Pedro Sánchez se irá por donde ha venido con su mujer y sus hermanos que también han saboreado las mieles del poder.