Con este título acaba de publicar José María Bermúdez de Castro un enjundioso libro de 563 páginas (Ed. Crítica. Barcelona 2024).
Inmediatamente el lector se da cuenta de la competencia científica de Bermúdez de Castro, uno de los investigadores que más han trabajado en las importantes excavaciones de Atapuerca. El autor está al día de los más recientes hallazgos en el ámbito de la paleontología.
El profano, pero interesado en estos temas, se siente abrumado por el exceso de información. Probablemente podrían suprimirse 200 páginas del libro y el lector seguiría captando igualmente lo esencial de las tesis que sostiene Bermúdez de Castro. No se trata de un reproche, sino más bien de expresar de modo indirecto la admiración antes aludida por la calidad científica del libro.
Un segundo motivo de asombro lo encontramos en el tono modesto y carente de engreimiento con que escribe Bermúdez de Castro. Están ausente en su libro la arrogancia y la soberbia que suelen caracterizar a la mayoría de los científicos. Presenta sus ideas como hipótesis. Y declara explícitamente aceptar la tesis de Karl Popper, según la cual las teorías científicas son siempre falsables, y si no son falsables, tampoco son científicas. No hay duda de que Bermúdez de Castro piensa sinceramente que es así.
Un tercer motivo de aplauso está en las muy bien escogidas fotografías que se exhiben al final del libro. Y en el apabullante despliegue de notas a pie de página. El lector sólo se siente decepcionado cuando en la página 282 encuentra el siguiente epígrafe: y el hombre creó a Dios a su imagen y semejanza. ¿Será posible que, después de haberse descubierto el cálculo lógico, se vuelva al más rancio materialismo? Pero así es. En página 284 leemos : Las creencias religiosas han tenido un papel muy importante en el control de las sociedades antiguas, mucho antes de que hubiera leyes, policías y jueces (Pág. 284). Se presenta la religión como si hubiese sido únicamente un instrumento útil, o incluso necesario, para gobernar la emergente sociedad de los primeros humanos.
Con paladina mentalidad materialista el autor se refiere después al altruísmo. Todo es pura química y el secreto reside en la dopamina (Pag. 291). Admitamos que primero en el tiempo ocurre algo observable con la dopamina y a continuación se realiza el acto altruísta. Pero en lógica esta conexión puede formalizarse de dos maneras: como condición suficiente si sí A, entonces sí B, o como condición necesaria si no A, entonces no B.
Como buen materialista, nuestro autor apuesta sin más por la condición positiva o suficiente. Así se formaliza la causalidad física. La frase si llueve, el suelo se moja expresa la idea por todos admitida de que la lluvia que cae es la causa y el charco en el suelo es el efecto. O en el caso que nos ocupa, mucha cantidad de dopamina es la causa y el acto altruista es el efecto. En consecuencia, y aunque
Bermúdez de Castro no lo diga, poca cantidad de dopamina será causa del egoísmo. ¿Por qué entonces el altruismo ha de merecer elogio y el egoísmo censura? Entre estos dos conceptos no hay diferencia alguna de calidad. Son lo mismo. En todo caso la diferencia sería cuantitativa, mucha o poca cantidad de dopamina. Más aún. Si el materialismo fuera cierto, desaparecería la distinción entre verdad y falsedad. ¿Qué diferencia habría entre las palabras que salen de la boca de Bermúdez de Castro y los mocos que salen de su nariz? La comparación podrá ser indelicada, pero nadie negará que es sugerente. ¿Por qué los mocos de Bermúdez de Castro dicen la verdad y los míos mienten? Si el materialismo fuera cierto, no habría diferencia entre las palabras y los mocos. Ambas excrecencias estarían en igualdad de condiciones. Si no tiene sentido pensar que los mocos dicen algo verdadero o falso, tampoco tiene sentido pensar en palabras que enuncien una verdad o una mentira. El materialismo es incompatible con la existencia de la verdad y la falsedad. La gran paradoja del materialista consiste en creer sinceramente que su opinión es verdadera, cuando previamente ha establecido que la verdad no existe.
Todavía se puede ir más allá en este argumento ad absurdum. Si el materialismo fuera cierto, desaparecerían las nociones mismas de responsabilidad, mérito o culpa. Careceríamos de libertad, esa sublime palabra por la cual muchos materialistas darían la vida en su defensa.
Hablábamos de elegir entre condición suficiente y condición necesaria. Hay razones positivas y serias para formalizar la dopamina como condición necesaria o sine qua non, tanto del altruismo como del egoísmo. Pero las omitimos aquí. El artículo se haría demasiado largo. Consideremos en cambio este otro tema.
El Capítulo 12 de “Dioses y mendigos” lleva por título Símbolos y lenguaje. Por supuesto, contiene mucha y muy interesante información para el lector profano. Pero al mismo tiempo da a entender que Bermúdez de Castro desconoce el cálculo lógico reciente, justo el que ha permitido que funcione el ordenador con que ha escrito este libro y al que alude en más de una ocasión. De hecho, no se hace siquiera mención de la lógica formalizada moderna en todo el libro.
Cassirer distinguió entre señales y símbolos. Una señal es, por ejemplo, el baile de las abejas que han encontrado un lugar con muchas flores y avisan a sus compañeras para que vengan a libar. Las primeras abejas bailan por instinto y las segundas acuden también por instinto. Aunque se habla impropiamente del lenguaje de las abejas, aquí no hay lenguaje alguno. Faltan los operadores del cálculo lógico.
En cambio, un símbolo para Cassirer es una palabra material que denota o nombra algo. Con un símbolo para el sujeto y otro para el predicado se construye una oración gramatical SP, en que el predicado P se afirma o se niega del sujeto S. Los símbolos aparecen juntamente con el primero de los operadores lógicos, el afirmador negador.
Curiosamente, un epígrafe de este capítulo 12 lleva también por título Señales y símbolos (Pág. 298). Sin embargo, para Bermúdez de Castro se trata sólo de dos palabras distintas para designar lo mismo. Como si dar nombre a las cosas agotase la esencia del lenguaje. O como si pudiese haber lenguaje en ausencia de los operadores lógicos. Se comete el mismo error de Anne Sullivan, cuando informó a sus superiores en Boston que Helen Keller poseía ya el lenguaje, pues había captado la conexión entre los toques que tecleaba en su mano y la realidad del agua. No cayó en la cuenta de que ya mucho antes Helen usaba el afirmador-negador, cuando movía la cabeza de arriba abajo para afirmar, y de izquierda a derecha para negar. Lo que Anne Sullivan consiguió es que Helen pudiera exteriorizar su pensamiento, pero no que empezase a pensar. El lenguaje es la comunicación del pensamiento a los demás -lexis-, pero no es el pensamiento en sí mismo -dianoia-.
El apartado titulado Lenguaje (Pág. 313) también sugiere erróneamente que la fonación es necesaria para el lenguaje. Como si las palabras materiales o símbolos no pudieran consistir en gestos en vez de fonemas. Todas las numerosas observaciones sobre si algunos primates poseían o no el lenguaje son mera especulación en el vacío. La clave está en saber cuándo y dónde unos primates fueron obsequiados con el don supremo del afirmador-negador y los otros cinco operadores lógicos: conjuntor, disyuntor inclusivo, implicador, cuantor universal y cuantor particular. Pero esta fundamental cuestión no es algo que pueda dirimirse con fósiles.
Un perrito casero ladra triste cuando su amo le deja en casa, y alegre cuando vuelve. Para Bermudez de Castro eso sería ya lenguaje, pues el que oye los ladridos se da cuenta de lo que ocurre, aunque no vea la escena. Pero el perrito nunca ladra al revés, alegre cuando le dejan solo y triste cuando vuelve a su amo. No posee el primero de los operadores lógicos. No puede mentir y tampoco puede decir la verdad. No posee el lenguaje. En ausencia del afirmador-negador, no hay símbolos, sino sólo señales instintivas.
También se omite en el libro el episodio de la Torre de Babel, que describe el lento pero imparable proceso desde un primitivo lenguaje gestual y único para todos los humanos hasta los múltiples lenguajes fónicos. Duró al menos 150.000 años y su final fue la incomunicación entre grupos humanos. Los primates que recibieron el regalo divino de los seis operadores lógicos adquirieron ipso facto la capacidad de dar nombre a las cosas, o sea, crear símbolos o palabras materiales que designan algo. Sin embargo, su aparato fonador no daba más que para los 3 o 4 sonidos diferentes que observamos ahora en gorilas o chimpancés. O incluso menos, si eran monos más primitivos que los actuales. La gran mayoría de las palabras materiales del primate convertido de golpe en ser humano tuvieron que consistir en gestos, que todos entienden. Tuvo que darse una larga evolución hasta que nuestro aparato fonador fuese capaz de emitir los más o menos treinta fonemas del alfabeto de cualquier idioma actual. Pero de este capital proceso ni se habla siquiera en el libro.
En el “Fausto” de Goethe hay una escena en que Mefistófeles charla con el Dr. Fausto en su despacho. Un fámulo anuncia que un estudiante recién llegado a la Universidad quiere hablar con el catedrático. Déjame tus vestiduras académicas y así me divertiré un poco con el muchacho. Cuando éste entra, se dirige engañado a Mefistófeles. -Amo la verdad apasionadamente y por eso he venido aquí; pero no sé por dónde empezar. -Entonces apúntate al Collegium Logicum, pues allí te ahormarán la mente, para que no divague por los aires persiguiendo bagatelas.
Terminemos, pues, recomendando a los paleontólogos que dejen por algún tiempo de excavar fósiles, y lo dediquen a seguir el sabio consejo del Diablo, que se supone es Mefistófeles: estudiar lógica.