Le ha llevado cinco días la tarea de deshojar la margarita. Pero se trataba en realidad de una margarita “fake”, como buena parte de las suyas, porque en sus pétalos sólo existía una posibilidad, el “sí quiero”. Y la respuesta a su agenda pública despejada ya estaba clara desde el primer momento.
No ha hecho Sánchez en su comparecencia mención a sus competencias constitucionales, entre las que se cuenta la petición de la confianza parlamentaria, ni la eventual convocatoria de elecciones en el momento legal correspondiente. Y eso que en un sistema regido por las leyes cualesquiera puesta en cuestión de su legitimidad u honorabilidad -o ambas- del titular de la presidencia del gobierno o de su inmediato entorno familiar, remiten a la confirmación del parlamento o al veredicto final de la ciudadanía.
Aunque tampoco ha anunciado que no lo hará, todo parece indicar que no utilizará el mecanismo previsto en el artículo 112 de la Constitución que establece el procedimiento para recabar del Congreso su confianza. Caso diferente es el de la convocatoria de elecciones, que quizás en algún momento de este complicado proceso político le pudiera convenir.
Porque, además de informar de su continuidad, el breve discurso del presidente ha reiterado su acostumbrado relato del acoso populista a su gobierno, en el que ha integrado -como en él resulta habitual- a la extrema derecha y a la derecha, pero ha incorporado en ese supuesto malvado grupo a buena parte de la judicatura y a los medios de comunicación que, unos y otros, han abrazado los postulados de la independencia de criterio respecto del poder.
Y no se trata sólo de que Pedro Sánchez tome nota de este pretendido acoso al que se le somete al parecer durante diez años (¿no llevaba seis al frente del gobierno?), es que ha llamado a la movilización popular para defender su difuso concepto de democracia, basado, entre otras cosas, en la colonización de las instituciones, empresas y organismos públicos; la demonización del adversario político y la división de los ciudadanos en la simplista categoría de los buenos y de los malos.
Ya Carlos Granés describía en su “Delirio Americano” la identificación del general Perón, de su partido y sus seguidores, con la patria, y la consecuente eyección de los contrarios a la banda de los anti-patriotas. De esa disyuntiva a la de proclamarse demócrata y reputar a los contrarios de miembros de la extrema derecha o de colaboradores necesarios de la misma no va un largo trecho.
El que alardeaba de construir un muro ideológico respecto de sus antagonistas, el que se aprestó a dividir de este modo a una sociedad que, por fortuna, no acredita en las calles ni en las ágoras públicas de los bares esta fragmentación, se sitúa a sí mismo y a su familia como víctima de esta circunstancia. Es el viejo truco de volver del revés el traje para que no se perciban los brillos que le ha supuesto un uso intensivo.
Esa movilización popular cuenta ya con unos objetivos precisos. El poder judicial y los medios de comunicación. Seguramente ya nos encontramos cerca de una ley orgánica que modifique el sistema de elección de los miembros del CGPJ; también de alguna limitación, por vía legal o fáctica, del derecho a la información. Los jueces y la prensa han sido los principales soportes de una democracia basada en la división de poderes, y en contradicción con ese concepto de poder injerencista que ha acuñado el inquilino de la Moncloa, ahora y siempre dispuesto a permanecer. Ya pueden abrir los paraguas para soportar el diluvio que se les viene -que se nos viene- por encima.
Vendrán las elecciones en Cataluña, con un resultado incierto para la formación del gobierno en esa Comunidad, llegarán las europeas en las que Sánchez pretenderá desactivar el avance de la oposición, estrategia de movilización mediante, y quizás, y siempre si le va bien a su conveniencia política, una convocatoria anticipada de elecciones que le ofrezca la oportunidad de liderar un país cada vez más enfrentado y confuso. “¡No pasarán!”, advertían algunos líderes socialistas en estos cinco días de abril, premonitorios de lo que ha de llegar.
Deshojada la margarita de su futuro inmediato, Pedro Sánchez ya sabía que quería el poder y que continuaría en él, aunque para algunos que siguen confundiendo los deseos con las realidades cabía la opción de verle, en amor y compañía, recoger sus bártulos. De ilusión también se vive…