La edad de emancipación de nuestros jóvenes, es decir, la edad financiera, ha ascendido a las tres décadas, que es cuando nuestros padres ya nos habían tenido a nosotros, sus hijos dilectos, andaban pagando su casa y nos llevaban todos los domingos a merendar al campo. Ningún joven, pues, se marcha del hogar paterno hasta los 30 años y andan mirando e inventando fórmulas para no perpetuarse en la habitación donde le dieron su primera papilla o le colgaron los pinreles por entre los barrotes de la cuna cuando ya estaba crecidito. La incertidumbre es el arte de fastidiar al personal y el político sirve para eso, para tenernos a todos en vilo y mantener hasta el último momento la incógnita del futuro, que ya en si es un enigma, pero hacerlo doble o triple, según. De manera que la vida hogareña va camino de la comuna, de la familia que no es familia, de la unidad de convivencia, la llaman. Y ahí entra todo porque entran todos, como en Una noche en la ópera de Sam Wood, en cuyo camarote llegaron a entrar hasta 15 personas, merced al guion de Al Boasberg y Morrie Ryskind. La extrema pobreza ha sido siempre cosa para combatir entre muchos convivientes apiñados, la renta mínima e incluso la violencia familiar. Ahora ya la casa no es de uno, sino de varios que se juntan y allí conviven y van modulando el instinto recalcitrante de la intimidad y la independencia, haciendo penitencia en lo común mientras ven la tele o el teléfono en sordina: llega la hora de las homilías de los poderosos, de George Orwell y del líder misericordioso, el único, el ungido, el predicatorio, el revelado por sus votantes con pasión, que pide calma, adhesión, confianza, con una fe profunda y sin descanso en mitad de la vida precarizada, pues no quita lo machoálfico a lo convincente.
Es tiempo, sí, de incertidumbre, de pesadumbre, de reciedumbre, de podredumbre, de mucho relumbre y de faltas de ortografía y de otras cosas de primera necesidad. No importa. Andaban en el PSOE muy inquietos con este escenario de “nueva normalidad” por si el presidente movía su silla, pero no: cinco días que sacudieron a España, mientras el orbe de la simonía y de las grandes intrigas seguía su curso natural de los acontecimientos. Y luego, incontinente, caló el chapeo, requirió la espada, miró al soslayo, fuese y no hubo nada. Amagó y no dio, pues la política enciende las ambiciones del más morigerado, con sus cargos y rencores de cada momento, no consiguiendo más el político que ser un catalizador de la historia, un subrayado corto de inspiración panfletaria bajo sus aires de grandeza. Insisto: los chavales no tienen casa y “adiós, papá, adiós papá, envíanos un poco de dinero más” de los Ronaldos, que ya descubrieron la paguita en la transición tardía: en cada hogar español se está fraguando, eso sí, un tiktoker o un youtuber que sueña con vivir en Andorra, trabajando poco y ganando mucho. Es la manera moderna de protestar, la manera de resistir, mientras un país entero contiene el aliento: nadie sabe ya nada, solo que la de las redes sociales es una carrera que puede hacerse desde casa comiendo unos vigorizantes de una marca y vistiendo según otra, y sin quitarse los calcetines de una tercera ni para dormir. Del sexo ni hablemos ya, porque para eso está el porno, lo saben hasta los más jovenzanos. Si acaso, viene bien para alguna campañita de última hora, una notita sin demasiada convicción sobre la esforzada lucha de la policía digital contra las adicciones masturbatorias del niño que se nos hizo grande antes de tiempo por el negocio de unos pocos.
El joven desconfía ya de los poderosos y quiere tirar para otro lado, conmiserando con otros jóvenes las muchas desgracias que ha hecho llover sobre sus cabezas esta generación de políticos gañanes –que empezó muy joven también–, eso sí, con mucho cariño. Los chavales ven espantados los sucesos del mundo como los vimos nosotros, pero ahora con más angustia, y se preparan para la exculpación en el martirio, siendo una gran parte de su existencia una presunción de muertos en vida, un número para la estadística. El político, en cambio, quiso hacerse inmune e intocable gracias a su ambición; pero es inútil que siga corriendo delante del tiempo y arroje cortesanías palaciegas a diestro y siniestro para entretener y enredar al ciudadano, al adolescente. Los perros del equilibrio le persiguen y en algún momento TikTok dejará de ser el opio del pueblo joven y la existencia una ayuda del Estado escasa y discontinua. La política se ha convertido en un tobogán de sensaciones, como el teléfono móvil, como el porno, que también, cómo no es un género que engloba la vida y obra de sus señorías, cada día más obscena, más conspirativa, más incierta y mejor pagada (por todos).