Durante cinco días he aprendido a convivir sin Pedro Sánchez. Se me ha pasado el tiempo volando. Incluso he observado que la gente, salvo contadas excepciones, andaba a lo suyo, como más suelta, como más al decir del antiguo refranero: “El tuerto es el rey en el mundo de los ciegos.
Mi intención no es la ofensa, ¡¡válganme las entretelas!!, más bien que al exponer la ausencia de don Pedro se ha demostrado una vez más lo innecesario que resulta tener presidentes, ministros y demás feligreses que se ennoblecen a nuestra costa. Un pariente lejano solía decir que lo que no pasara en cinco días, dejaba de ser suerte y daba paso a la inteligencia.
Durante estos cinco días de gracia doy fe que en mi ciudad los bocadillos de calamares han sido saboreados por igual, el bacalao de Casa Revuelta, una exquisitez, las tapas de los bares se han rendido al éxtasis, y hasta la Cuesta de Moyano ha mantenido el esplendor de sus libros de ocasión como de costumbre. Por no hablar del Museo del Prado con unas colas infinitas para deleitarse con la única naturaleza muerta firmada por Zurbarán: Bodegón con cidras, naranjas y rosa. Comprendo que todo esto puede resultar de lo más chocante si lo extrapolamos al estado de bajón que, según parece, ha mantenido a don Pedro fuera de rango. Es decir, ni fu ni fa.
Al exceso de poder no le faltan diatribas que en forma de merma de ánimos viene a mostrarse en aquellos seres humanos tan vanidosos como frágiles, pues el mortal lo es por empachos de vanagloria, unas veces, y otras, las más, por la creencia de ser el ombligo sagrado de la Tierra. Más no dándose cuenta de ello quien así infringe las leyes naturales de la vida, cae en desánimos de innobles modales. Ésta, según don Pedro, ha sido la causa de sus males. Y a fe que para el conocimiento propio y desengaño de las cosas ajenas, nada hay como terapia de mejoría, una buena dosis de nobleza con una pizca de humildad para aplacar la ira de las malas ideas y peores hechos, pues la fugacidad de la vida humana no merece ajusticiar a otros por el afán de incardinar a quienes piensan diferente.
De estos males que pueden afectar tanto a reyes como a presidentes de gobierno, toma acomodo la indiferencia entre el pueblo que cuida su hacienda y trabajo, pues cuando aquellos que ostentado poder solo se cuidan de sí mismos, se pierde la custodia del buen trato y la convivencia se torna dudosa a la vez que los peligros se multiplican. El pecado trasciende al ámbito personal y lo ético se convierte en político. De ahí sobrevienen la codicia, la corrupción y la vileza. Más no seré yo el oráculo de nadie, que para eso está la propia evocación de quienes traicionando a su pueblo pretenden luego pasar a la historia libres de desprecio. Difícil cruzada, pues el loco, por serlo o parecerlo, no envidia la cordura ajena, sino que trata de arrebatar el juicio a los demás.
Don Pedro se ha marcado un extraño requiebro sin caer en la cuenta que eso importa un carajo a la ciudadanía y que durante esos cinco días la peña ha dado buena cuenta de su tiempo sin congoja alguna. En pocas palabras y sin reflexión cartujana: indiferencia. Quizás un punto de gracia para que los memes hicieran maratón por las redes. Y es que España es gozosa ante la cursilería gubernamental, sea quien sea el encargado de llevar las riendas, porque nuestro ácido nucleico es recurrente, algo hereditario del club de la comedia.
Y ahora nos hablan de salud mental y de los afectos, también del fango y del hombre del saco como si nuestro percentil estuviera entre el de una carabela portuguesa y Patricio, el mejor amigo de Bob Esponja. Y claro, te encomiendas a la Stella Maris cuando te encuentras que el patrón del barco se ha tomado cinco días de descanso para reflexionar mientras el barco está en medio del océano con temporal de fuerza 7. Ese es nuestro verdadero punto y aparte de cada día.