En El imperio zombi. Rusia y el orden mundial, Mira Milosevich nos ofrece una obra rigurosa y oportuna, en la que aborda de manera sobresaliente el comportamiento de Rusia en la esfera internacional, relacionando de forma magistral pasado y presente. Con estilo dinámico y pulcritud académica, explica la verdadera dimensión de la amenaza que a día de hoy supone esta potencia regional gobernada de forma autocrática.
Al respecto, hay una tesis que permea por toda la obra, susceptible de sintetizarse en que “el legado imperial zarista y comunista es lo que impulsa las ambiciones geopolíticas y la conducta internacional de Rusia, así como la deriva autoritaria de su gobernanza” (p.23). Igualmente, el mesianismo, unas veces para salvar a los cristianos ortodoxos de los imperios hostiles, otras veces para librar a los trabajadores del mundo del “malvado capitalismo”, constituye una brújula que ha orientado a zares, bolcheviques y jerarcas que desprecian el Estado de Derecho.
Otro nexo que vincula estas etapas históricas lo hallamos en la creencia de Moscú que estima que las amenazas a su seguridad proceden de la periferia, sobresaliendo entre las mismas la expansión de la OTAN. Por tanto, no debe sorprender que la respuesta del Kremlin ante esta percepción tan particular beba en el pasado no tan cercano, en concreto en la afirmación de la zarina Catalina II, quien sostuvo que “no conozco otro modo de defender mis fronteras que expandiéndolas” (p.37).
Mira Milosevich, ante la complejidad del objeto de estudio abordado, opta por una estructura que facilita su exposición, de tal manera que sigue un orden cronológico. Esto supone un acierto ya que permite comprobar la evolución de la política exterior primero de la URSS y más tarde de Rusia, como heredera diplomática de aquélla. En este apartado cobran más relevancia las tesis de Lenin, Stalin y Gorbachov.
Conviene detenerse en el “padre de la Perestroika” ya que introdujo un nuevo pensamiento político, sustentado en tres ejes: importancia de la cooperación para garantizar la seguridad (con lo cual, mostraba las insuficiencias del enfoque previo basado únicamente en el poder militar), no intervención en el Tercer Mundo y, finalmente, libertad para que los países del Este adoptaran su propio camino político y económico. Esto generó consecuencias de calado, como la renuncia al internacionalismo socialista y a la revolución mundial, sin olvidar que en última instancia le acarreó la pérdida del estatus de gran potencia.
Putin, por el contrario, viene realizando una política exterior más agresiva, diseccionada al milímetro en la obra que tenemos entre manos. Así, el citado dirigente, “pretende reconciliar los dos legados, la condición de gran potencia de la antigua URSS y la tradición imperial ortodoxa del zarismo” (p. 81). Como sostiene Milosevich, en 1998 Primakov había formulado una visión de la política exterior seguida parcialmente por Putin: “Rusia debía seguir su propio camino en los asuntos internacionales, antes de buscar la aprobación de Occidente, y el espacio postsoviético constituía una esfera natural de influencia rusa” (p.153). Esto tuvo una repercusión inmediata, de tal manera que el gobierno ruso dejó de mostrar interés por integrarse en las instituciones occidentales. Frente a ello, viene prevaleciendo el revisionismo, pudiéndose advertir en dos planos complementarios: el extranjero cercano y el orden liberal internacional.
Con relación al primero de ellos, destaca la agresión a Ucrania iniciada en 2022. Tras más de dos años de contienda, parece existir una suerte de empate infinito, anticipando la autora que “dado que ninguna parte está dispuesta a hacer concesiones territoriales, lo más probable es que todo termine en una división del país al estilo de las dos Coreas” (p.172). Por tanto, la mejor respuesta de Occidente debería basarse en la contención, cimentada sobre sanciones comerciales y diplomáticas.
En lo que alude a su deseo de finiquitar el orden liberal internacional, Rusia trata de intensificar relaciones con los países del sur global (de Asia, África y América Latina) con la finalidad de establecer un sistema multipolar o post-occidental. Sin embargo, más allá de esta aspiración genérica, comparte pocas semejanzas con sus supuestos aliados de viaje, sin olvidar la asimetría favorable a Pekín en sus relaciones con China, actor que en lo que atañe a Ucrania apuesta por “una neutralidad de principios” (p.241).
En definitiva, una obra capaz de conjugar disciplinas como historia, ciencia política y relaciones internacionales dando lugar a un todo coherente. Sin incurrir en filias ni caer en fobias, Mira Milosevich retrata a la actual Rusia, profundizando en las constantes históricas que guían su comportamiento en la sociedad internacional.