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TRIBUNA

¿Salud mental o salud social?

lunes 06 de mayo de 2024, 19:55h

Desde que el 27 de julio de 2021, en los Juegos Olímpicos de Tokyo, pudiéramos contemplar prácticamente en directo cómo la gimnasta estadounidense Simone Biles se quebraba anímicamente y tuviera que retirarse de la competición por equipos del campeonato, la inquietud y la preocupación por el concepto de “salud mental” han estado cada vez más presentes en los medios de comunicación y se ha convertido en un tópico que ha hecho periódicamente acto de presencia en noticias siempre referentes a figuras del deporte y personalidades de renombre. Así, en agosto de 2023, conocimos que el jugador de baloncesto Ricky Rubio abandonaba la concentración de la selección española y terminaba anunciando su retirada de la NBA con el fin de “cuidar su salud mental”. Igualmente, el capitán de la selección inglesa de rugby, Owen Farrell, también decidía en 2024 no participar en el Trofeo Seis Naciones para “priorizar su bienestar mental” a raíz de las fuertes presiones y críticas recibidas desde las redes sociales. Por desgracia, siempre ha existido una fuerte estigmatización en todo lo que ha rodeado el concepto de salud mental lo cual ha impedido que muchas personas acudan a los especialistas y profesionales capacitados para solucionar sus problemas, de modo que estos han acabado derivando, en muchos casos, en graves consecuencias que hubieran podido ser atajadas de haber contado con la intervención del personal habilitado para tal fin. Por lo tanto, ha de ser bienvenido que se cree un clima en la opinión pública favorable a que se recurra a los expertos en los campos de la psicología y la psiquiatría cuando ello sea necesario porque ello redundará en una mejora global de la salud en el más amplio sentido de esta última palabra.

Dejando claro todo ello, sin embargo resulta algo más que sospechoso que sea precisamente ahora, cuando desde hace ya bastantes décadas que lo que acabo de exponer resultaba ampliamente conocido en los ámbitos científicos especializados en la materia, el momento en que tales ideas parecen encontrar amplia repercusión. En cierto modo, esa insistencia que actualmente existe en relación al tema me parece que está sirviendo para dejar en un preocupante segundo plano la forma en que funcionan nuestras sociedades y cómo se normaliza el hecho habitual de la presión sistemática sobre las personas para conseguir determinados objetivos prescindiendo del límite psicológico a partir del cual dicha presión puede tener implicaciones negativas graves para el bienestar individual. El poner el énfasis permanente en la salud mental “individual”, siendo importante, puede eludir la reflexión necesaria sobre cómo es nuestra forma de vida colectiva, cómo están organizados los entornos laborales y profesionales y cómo pueden llegar a afectarnos sus disfunciones de modo serio e irreversible.

No se puede negar que hay personas con tendencia congénita a determinados trastornos psicológicos y que, sin que las condiciones de vida que lleven sean un factor absolutamente determinante, los mismos pueden hacer su aparición antes o después. Pero no es menos cierto que determinados problemas surgen inevitablemente a raíz de la ansiedad, la tensión y el estrés crónicos que se pueden llegar a soportar, sobre todo en determinadas empresas, organizaciones y sectores profesionales. Es frecuente escuchar cómo los trabajadores, por ejemplo, de la enseñanza, de la sanidad, de la banca o de la consultoría están permanentemente sometidos, por circunstancias de naturaleza muy diferente, a una fuerte presión que les acaba pasando factura en el terreno psicológico. Inmediatamente, empezamos a sospechar que tiene que haber otras muchas actividades en las que los empleados han de sufrir niveles de presión similares pero sin que los mismos lleguen a tener una repercusión mediática relevante. Sumemos a ello, por citar solo algunas circunstancias significativas que se dan en nuestro país, los casos cada vez más frecuentes de bullying que salen a la luz en el seno de colegios e institutos, las dificultades permanentes que desde la pandemia de la covid-19 existen para conseguir una cita presencial en muchos organismos públicos, los retrasos perpetuos para acceder a las ayudas y servicios establecidos por la Ley de Dependencia o los efectos que provocan el creciente uso abusivo de las redes sociales y tendremos un cóctel explosivo que va más allá del concepto de “salud mental individual” para obligar a replantearnos cómo son nuestras formas de vida colectivas y cómo llegan a afectar a cada persona individualmente. Si en las empresas existen sistemas de prevención de riesgos laborales, los mismos suelen centrarse en la salud física mientras que la salud psicológica no tiene el mismo protagonismo. Existen estadísticas de accidentes laborales, pero es más difícil encontrar datos que precisen cuántos trastornos psicológicos tienen su origen en unas condiciones de trabajo especialmente exigentes y presionantes e imposibles de hallar los que determinen cuántos derivan del mal funcionamiento de empresas e instituciones esenciales para el ciudadano. El hacer referencia únicamente a la “salud mental individual” nos puede ocultar que, en muchas ocasiones, dicha salud mental depende, en última instancia, de factores sociales, colectivos y organizativos.

Por seguir con el tema deportivo con que comenzamos el artículo, vamos a trazar un paralelismo con lo que ha ocurrido en el mundo del ciclismo entre el 27 de marzo y el 4 de abril de 2024. En solo nueve días, cuatro de los seis ciclistas más importantes del pelotón internacional sufrieron graves caídas que les impidieron poder seguir compitiendo en los próximos meses. El 27 de marzo de 2024, Wout van Aert se rompió una clavícula y varias costillas en A través de Flandes. El 4 de abril de 2024, en la Vuelta Ciclista al País Vasco, la Itzulia, quienes fueron a parar al suelo sufriendo graves lesiones fueron Jonas Vingegaard, Primoz Roglic y Remco Evenepoel. ¿Se debió todo ello a dos casos de pura mala suerte? Me permito dudarlo. En los últimos tiempos, convergen en el mundo del ciclismo profesional varios factores. El primero, los avances técnicos de las bicicletas permiten que estas tomen mayor velocidad. El segundo, el aumento de la competitividad por parte de los ciclistas. Pero hay dos factores que son los verdaderamente decisivos. Por un lado, el sistema de puntuación, que ha empezado a otorgar la misma importancia a pruebas antes menos relevantes que a las tres grandes carreras del calendario (Vuelta, Giro y Tour) con el fin de promocionar a las mismas. Y, por otro, y aquí está el quid de la cuestión, en estas pruebas se compite al mismo nivel que en las tres grandes rondas pero no parece haber los mismos exigentes criterios de seguridad que se aplican en aquellas. En concreto, es dudoso que alguna etapa de Vuelta, Giro o Tour discurriera por donde se produjo la gran caída en la Itzulia, una carretera afectada por el hecho de que el crecimiento de las raíces de los árboles provoca que las mismas pasen por debajo de la calzada distorsionando su superficie. Es decir, el mismo grado de competitividad que en una gran prueba pero con un criterio menos restrictivo en el trazado de recorridos ha podido influir en un suceso especialmente lamentable.

Ello no es más que una demostración de que los diseños organizativos e institucionales acaban afectando a las personas y que, por tanto, hay problemas que no deberían ser abordados desde una perspectiva exclusivamente individual sino que hay que afrontarlos desde la reflexión sobre dichos diseños, que pueden ser modificados con el objetivo de mejorar el bienestar y la protección de las personas afectados por los mismos. En consecuencia, cuando hablamos de “salud mental individual”, habría que preguntarse al mismo tiempo cuál es el estado de nuestra “salud social”, ya que en esta dimensión es donde puede residir la solución a muchos de nuestros problemas. Otra cuestión es que no se pretenda abordar el tema de dicha “salud social” porque ello obligaría a efectuar cambios y reformas que muchos intereses establecidos se negarían a llevar a cabo. Eso conduciría a que nos obligaran a centrarnos exclusivamente en la idea de “salud mental individual” con el propósito de ocultar la dimensión social del problema. Y creo que eso es exactamente lo que está ocurriendo.

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