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TRIBUNA

Paul Auster y el misterio de sus ojeras

lunes 06 de mayo de 2024, 19:56h
Actualizado el: 05/07/2024 18:02h

Yo tengo un amigo que conoció a Paul Auster. Me lo contó un día, con cierto orgullo. Mi amigo vivía en Bruselas en ese momento, pero asistió en Copenhague a la presentación de un libro del autor recién fallecido. Tras acabar la presentación, Auster firmó libros y, cuando le tocó a mi amigo, este le confesó que él también era escritor. Auster aprovechó la ocasión y le invitó a salir para fumar un cigarrillo y charlar un rato. Mi amigo aceptó sorprendido y encantado. Cuando Auster se puso en pie, mi amigo comprobó que era muy alto, mucho más que él, y también que tenía los dedos manchados con el alquitrán y la nicotina del tabaco. Empezaron ya fuera a hablar afablemente, pero al poco sonó el teléfono de Auster y este se puso a hablar en inglés con alguien. Apartando el teléfono, le explicó a mi amigo que la llamada era de su mujer y que le excusara, dejándolo solo. Nunca volvió para reanudar la conversación. De la anécdota, me quedó el aura que siempre deja la metonimia, el contacto con alguien admirado, y el detalle de su enorme estatura. “¿Será mucho más alto que yo?, pensé, sin saber bien por qué.

En ese momento, yo no conocía la escritura de Paul Auster. Había visto Smoke y Blue in the face, las dos películas de 1995 codirigidas y guionizadas por él, y Auster era para mí un ser de la banda de Jim Jarmusch o Wim Wenders: nodos de atención que concitaban la presencia de otros muchos personajes que iban de Lou Reed a Roberto Benigni y Mira Sorvino. Jarmusch no había filmado todavía Coffee and Cigarettes, y yo mezclaba Coffee and Cigarettes con Smoke y Blue in the Face. De hecho, en mi mente Auster aparecía en Coffee and Cigarettes cuando nunca lo hizo; era Jarmusch, en cambio, el que aparecía en Blue in the Face, hablando de la película que haría después. En definitiva, en este embrollo cinematográfico Auster era un ser intelectual, perteneciente a la banda del blanco y negro con grano, de los dedos nicotínicos y del Take a walk on the wildside. Hasta que lo leí.

Fue entonces, con La trilogía de Nueva York, cuando comprendí que Paul Auster era otra cosa, un enigma viviente. Cuanto más frecuentaba sus escritos, más patentes se me hacían sus enormes y profundas ojeras. Auster empezó a configurarse en mi mente como un Quijote insomne y ojeroso que en vez de vivir en un pueblo de la Mancha vivía en un gris edificio de algún lugar de Nueva York. Sin embargo, viviendo allí, transitaba por esos caminos de Cervantes, por los laberintos de Foucault, por las oficinas y los vientres de ballena de Melville. Era un Kafka sofisticado que había probado la Coca Cola y que de vez en cuando sonreía, pero al que sus ojeras delataban, como dos enormes toboganes dispuestos a lanzar al lector a la metafísica del ser a través de una historia banal, de una coincidencia.

En aquellos momentos, leía a Auster sin saber todavía cómo leerlo: ¿eran sus novelas historias azarosas de detectives algo pedantes? ¿Se trataban de juegos metafísicos de un fugado de Auschwitz y sus horrores? Los hilos que movía su mano al escribir, ¿provenían de una tradición judía ashkenazi vienesa, sefardita alcalaína o simplemente neoyorquina? ¿O era un producto seminórdico fraguado en el Midwest? Uno leía sus novelas y se decía “sí, es Paul Auster, inconfundible”, y lo olvidaba. Pero siempre quedaba la leve sospecha de que en sus páginas se había colado algún barón rampante, algún licenciado Vidriera, alguna cucaracha con una manzana incrustada en su cuerpo, que los había vislumbrado un segundo en una esquina del relato, antes de desaparecer por un pasillo o una escalera.

Algún tiempo después llegó El libro de las ilusiones, en 2002, y la más liviana, Creía que mi padre era Dios: relatos verídicos de la vida americana, una recopilación de cuentos mandados por los oyentes a un programa de la National Public Radio que Auster recopiló con su mujer. De estos relatos, recuerdo aún uno en el que el narrador anónimo contaba que iba andando por Manhattan cuando vio una gallina caminando sola por la acera. Sorprendido, la siguió, hasta que la gallina se detuvo delante de una casa. Con seriedad de gallina, se giró y subió las escaleras hasta la puerta de entrada. Entonces, la puerta se abrió y la gallina desapareció dentro. Historias muchas veces deliciosas y otras veces tristes; casi siempre sorprendentes, que se configuraban como una celebración del azar, esa fuerza que Auster invocaba en las entrevistas como motivadora de su obra.

Luego, en 2007, llegó Viajes por el Scriptorium. Hubo más libros en medio, desiguales, pero los mencionados eran para mí como mojones y como trazos añadidos al enigma. Y el enigma es siempre interesante. Auster se iba rodeando de silencio al mismo tiempo que sus novelas se iban poblando de alter egos, a la vez que su vida iba alejándose de la realidad, si es que la tuvo. De él, me quedaba siempre su enorme estatura (¿sería más alto que yo?) y sus profundas ojeras, esas puertas a un mundo antiguo y a la vez muy moderno.

Y en 2007, leí La invención de la soledad, The Invention of Solitude, que Auster había escrito en 1982, pero a la que llegué entonces. Y, de repente, las ojeras de Auster tomaron sentido. El padre invisible, junto con la abuela asesina de su marido, concordaban de alguna manera con su propia vida conocida: su viaje en barco mercante a Europa en los setenta y sus años parisinos. Auster era lo que muchos norteamericanos y algunos europeos (a lo Borges) queríamos ser: un joven alto, de mandíbula cincelada que abandonaba su país por el romance intelectual parisino, la bohemia de la nicotina, el alcohol y los libros, siempre con la amenaza de la pobreza delante y la tragedia de la familia detrás.

El éxito le sonrió, pero la tragedia no le abandonó nunca: en su abuela como herencia, y en las muertes de su hijo y de su nieto como destino. Auster se convirtió en un tren trágico que viajaba hacia las estrellas. Uno no puede dejar de pensar que quizá todo fuera accesorio, y que su reino fueran las palabras y esas coincidencias que tanto le gustaban. Pero siempre quedará la sospecha de que sus ojeras tuvieran algo que ver con su destino, que fueran causa y producto, signo y referencia de alguien que nunca se sabrá si en realidad quiso llamarse Paul, Paul Auster.

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