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TRIBUNA

De las cosas de la vida

miércoles 08 de mayo de 2024, 19:49h

Se dice que, en nuestro país como en buena parte del mundo tomado por las Smart-Technologies, se está perdiendo el hábito inmemorial de la lectura. La lectura por sí misma no es un bien, porque está en función de su objeto. Por eso llama la atención que se hable mucho menos de la pérdida del hábito de la escritura. A menudo sucede que no vale la pena leer lo que se escribe. Por lo demás, es evidente que leer y escribir son operaciones profundamente conjugadas.

Hoy la expresión “escribir a mano” parece aludir a una artesanía que hubiera sido practicada en tiempos remotos. Los jóvenes tienen dificultades en las aulas para escribir esas notas mal articuladas que conocíamos como “apuntes”. Era una escritura apresurada y llena de claves personales para tratar de reproducir el sentido del discurso del profesor.

Hoy el profesor apenas habla: su objetivo es dinamizar la actividad del aula en completo silencio o en una absoluta ausencia. Su condición ideal es la del fantasma. El profesor – convertido en una suerte de animador cultural o de ocio – provee de contenidos una página electrónica, diseña prácticas, que algún académico iluminado decidió nombrar “situaciones de aprendizaje”, proporciona presentaciones, elabora informes, incoa expedientes de aspecto casi jurídico y produce cuestionarios con contenidos audiovisuales. Persuade al cumplimiento de algunas elementales normas de convivencia, transmite un calor impostado y una falsa actitud positiva en sintonía con la atmósfera pedagógica dominante. Su actividad incesante, pero sin sentido, concluye en un hastío inequívoco, manifiesto en la floración de enfermedades profesionales. Es llamativo el tono de voz que domina en el interior de los centros educativos, signo inequívoco de una infantilización generalizada. Podría encontrarse entre la estudiada sonrisa telefónica de un call center y el timbre característico de alguno de los blandos personajes de Disney.

Lo que seguiremos llamando “profesor”, mientras se registra otro nombre, es el vestigio de una figura rechazada por su vieja condición disciplinaria. Figura cuya autoridad ha desaparecido como efecto – sin duda programado – de la aplicación de las nuevas consignas pedagógicas. Nada diré de las formas del trato que hace tiempo quedaron totalmente eliminadas. El incremento de la violencia entre los jóvenes y los más jóvenes, podría indicar que la cortesía cumplía una importante función social. La mayoría estima, por el contrario, que la vieja caballerosidad era un resto repugnante de una forma de sociedad patriarcal de la que nos hemos emancipado felizmente. Que cada cual juzgue por sí mismo, según el principio que rige el invierno social de esta democracia sustantivada.

No quería referirme, sin embargo, a la escritura funcional y cotidiana sino a lo que llamábamos literatura. En este terreno, queda todavía hoy un pequeño nicho de mercado para obras clásicas, que encuentran salida merced a su prestigio heredado. Nadie dudará, creo, de su carácter residual. Todo lo que se publica como novedad ha de poseer una forma simple, suficiente para lectores ocasionales y sin tiempo, y una parcialidad evidente que permita al comprador reconocer la línea ideológica de lo que compra. Los escritores han de olvidar el matiz, el texto debe ser transparente y dotado de una ligereza agresiva y lineal. Se trata de captar en las páginas la atención dispersa que inducen las pantallas o de reproducir el estilo de los vídeos breves de carácter cultural.

En el orden postmoderno un libro es una especie de dispositivo, no reutilizable, que permite adquirir la información para estar al día. Objeto frágil y efímero que es la más perfecta antítesis de lo que fuera el libro en otro tiempo, basta recordar que se ha convertido en “electrónico”. Piénsese en un infolio de entre seis y diez kilos de peso, construido para durar atravesando generaciones y compárelo con un libro de bolsillo abandonado con dejadez en la barra de bar de un aeropuerto, compare su biblioteca con el catálogo que parece poseer en su e-book. Es evidente que la forma determina la materia, pero también que exige un trato muy distinto por parte del lector.

Se dice que hemos perdido el hábito de la lectura. En fin, no se dice que – en general – hemos sustituido los hábitos arraigados en nuestra vida compartida, es decir, el bagaje heredado de usos y costumbres, por rutinas técnicas y tics reflejos producidos en el vacío social que resulta de las nuevas facilidades tecnológicas. Se dice que hemos perdido el hábito de la lectura, cuando estamos perdiendo a toda velocidad la costumbre de la vida. No quiero decir que dejemos de existir. Por el contrario, hoy se nos promete una existencia prolongada. Quiero decir que esto – como se decía en otro tiempo – ya no es vida.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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