Tasar el precio de mercado que tienen las víctimas inocentes de la guerra es un ejercicio interesado. Me refiero cuando se prima mayormente la ideología que el hecho en sí. Los muertos civiles carecen de réplica, tan solo pasan a formar parte de una estadística y de un lugar de enterramiento que en la mayoría de los casos viene a ser una fosa común. Hasta aquí, más o menos, la realidad cruda y palmaria.
Aquí en Occidente, la sociedad actual, tan emergente para unas cosas, resulta que ha dejado de sentir el dolor de verdad. No queremos guerras, odiamos el núcleo duro de tener que morir o tener que enterrar a víctimas inocentes que sin saber la causa de la barbarie acaban bajo los escombros del destino. Apropiarse de la vida ajena es gratuito, tan solo basta el capricho de algún gerifalte sin espoleta para enviarnos al matadero. Es la ganancia del bárbaro. Así, sin más. Sin embargo, alrededor de todo ello emerge el mercadeo, el ruido de unas voces que inquietan, pero que no guardan el ritmo de la igualdad. Cualquier desafiante y pacífico movimiento contra los dueños de la guerra, la que sea, es un virtuoso gesto que honra cuando la objetividad se antepone a lo sectario. No obstante, y a partir de ahí, el mundo se atrinchera en la falta de dolor dando paso a lo otro, es decir, al movimiento tejido por ese interés que te quiero Andrés.
Se muere de un lado y del otro, pero también conviene poner el foco en los que cargan su caudal en una carreta tirada por un pollino. Huyen de norte a sur y viceversa en un ejercicio de no saber hacia dónde. Es la ida y la vuelta de la infructuosa búsqueda hacia la nada. No llegarán a ninguna parte mientras la falacia de los “dioses” terrenales sirva como juego macabro. No hay justicia en el orbe que atempere el caos, la huida hacia sus propias huellas una y otra vez mientras lo sucio, lo mendaz, se queda en los despachos. Solo permanece el consuelo cosido al famoso tema Ayúdame de El Arrebato: “Necesito tu calor, ayúdame/No me obligues a volver atrás/Necesito libertad para escapar/De esta cárcel de necesidad.
Que alguien me explique cómo puede haber muertos de primera clase, de segunda o de tercera. Cómounas víctimas civiles, hombres, mujeres y niños son traídos al escarnio más allá de los linderos del dolor, mientras otras de igual índole han resultado sacrificadas en el cadalso de la violación y la mutilación, quemados o matados y rematados a ráfagas de ametralladoras, vejados y perseguidos como conejos, sin guardar idéntico escaparate a la hora de pacificar poniendo la tilde por igual.
-«Estamos fatal de lo nuestro»-oigo decir a un transeúnte hablando en modo inalámbrico por la calle. Pensé que aquella frase bien podría formar parte del contexto en el que estoy inmerso. A decir verdad, lo creo y me apropio de ella. La clave es que estamos fatal de lo nuestro. Veamos. Hemos llegado al punto de no retorno y cuando esto sucede,lo ‘nuestro’ahora mismo no es de nadie. Sencillamente porque hemos dejado de importar como seres racionales, de ahí que a los que matan por decreto de la maldad, les importemos un carajo en el mejor de los casos. En este lado más occidental de la historia universal nos situamos los que gozamos de un Estado de derecho frente al despotismo y al estado teocrático de otros países del Cercano Oriente, en donde las libertades o las igualdades brillan por su ausencia.
Desde aquí, desde la libertad bien entendida, es lo que nos permite expresar nuestros desahogos y rechazos sobre las víctimas inocentes. Manejamos el mando a distancia desde la democracia y el confort mientras ponemos precio a la muerte de seres humanos que cohabitan con leyes o religiones tan alejadas de nuestro modelo. Mentiría si dijera que añoro la juventud de la disconformidad, aquella cargada de pubescentes fundamentos en contra de ideales mal administrados, pero que con el paso de los años y la serenidad de las causas propias y ajenas te permiten entender que las esclavitudes del ser humano en ciertos lugares del planeta son a día de hoy nuestras propias libertades. A lo mejor es simple cuestión de autocrítica, pero eso suele suceder cuando la juventud deja paso a una canosa madurez y la memoria nos corrige. A mí por lo menos.