La literatura es ser muy aventurero, no salir de casa y aun así buscar, sin moverse de la silla, sitios en que uno se encuentre como en casa. Debería quedar patente que también es ser responsable de la felicidad, lo cual no es ninguna ganga (W. H. Auden).
Con la nueva entrega de María Marín (Cieza, 1991), profesora de Lengua y Literatura, poeta y correctora de textos, vemos cada vez más que el mundo literario es una espera por parte del lector para recibir confesiones, unas confesiones muy concretas. Y a veces cubiertas de metaliteratura. Eso es lo que la hace atractiva. En Lo que se hunde, volumen hermosamente editado por una gran editorial, no una editorial a secas, Liliputienses, nos dice: “Están llamando a la puerta. / Te levantas de ese sillón, / recorres el pasillo y, frente a la salida, / paras. / Llaman a la puerta, te extrañas, / no esperabas a nadie, / y dudas / -“será el viento”, piensas-. / Pero otra vez están llamando / a la puerta”.
El tono del libro nos trae al visitante que hemos conservado en la memoria, el que más nos llama la atención por su curiosa oscuridad.
Lo admitía Francisco Umbral: “No me atrevo a mirarme en los espejos”. Para Marín los espejos no hay que moverlos de sitio, “pero es peor taparlos, / mucho peor. / Mucho peor. / A mi abuela hubo que cubrirle todos / los espejos con sábanas. / No podía parar de llorar cuando veía / que la mujer que se reflejaba / no la seguía al llamarla”. El ingenio de Marín es ver, oír, sentir y dar vida literaria a su cuerpo y a su alma. Ilumina lo hogareño, trasciende a la realidad por medio de la imaginación y llega a los reinos más profundos del espíritu.
“Lo que se hunde”, “Visitas a un parque vacío”, “Dentro del marco” son los títulos que, como pensamientos, vagan y penetran profundamente en el pasado. En sus versos se tienen los ojos medio cerrados, se hace un gesto con la cabeza, un gesto que no significa ni sí ni no. Los mejores poemas de María Marín recuerdan a la mejor Emily Dickinson. “Lo que dura un parpadeo”, por ejemplo: “Yo nací muerta. / Muerta clínicamente. / La reanimación duró / lo que dura un parpadeo / o una vida, una explosión”. Destaca igualmente “Volvió” pues concluye “la muerte / y la reanimación dura ya una vida”.
En algunos casos, la noche y el silencio caen sobre el poema hablando de la existencia de la ley que se manifiesta a través del orden. En Lo que se hunde destaca la belleza, que está descrita, llena de pasmo y ansiedad. Sorprende la forma de utilizar un pulmón de acero como símbolo de alguien que respira a través de alguien. “En un jardín de otro país / descansa un gato tumbado al sol (…) No recuerdo el nombre del jardín, / ni la hora que era (…) Pero recuerdo a ese gato, estirado y tranquilo, / recuerdo sus ojos (…) me parecen los ojos del mundo”.
A los espejos, “las flores rojas” que ofrecen descanso, la habitación negra, dedica la mejor de sus partes: “Inmersión”. Son poemas repletos de barcos antiguos que expreesan sentimientos, tan deseosos de hurgar en las entrañas una vez ya sumergidos. Vale la pena avanzar poniendo toda esperanza en la escritura de María Marín: no nos traicionará. Tras la cita de Damien Rice (“Sleep, don’t weep, my sweet love”) se esconde un ansia de agarrarse fuertemente a un mundo delicado. Los recuerdos de infancia, el rey león, el padre que explica que la sala ha cambiado mucho (“él iba a ver películas de indios y vaqueros, / tu madre se colaba porque tu abuela / limpiaba allí, el telón está viejo y mal / conservado, que la gente lo hace todo / polvo”).
María Marín decide reescribir un poema de Sylvia Plath: “Cuando cierro los ojos / todas estas casas de ensueño se extinguen”. En la “Nueva versión”, tenemos: “Si yo cierro ahora / estos ojos, / estos ojos que solo miran, / si yo cierro ahora estos ojos, / pararé el mundo en este instante”.
Lo esencial en Marín es la palpitante sabiduría que podemos etiquetar con gran cuidado y veneración. En esa inteligencia, como si salieran de un agujero sin fondo, las enumeraciones: “El disco con Almost Blue, / el retrato de Dorian Gray, / la cámara de fotos sin usar (…) Intento de Chet Baker, / sueños de joven Wilde”. También es buena la poeta que gusta de mencionar lo familiar que sangra con todas las almas del universo, pero nunca se deshace: “Mamá, sé que es tarde, / que es ya de noche, / pero en mi sueño / no sé nadar, mamá, / y no sabes mi nombre”.
“No dependemos de nadie, a no ser que queramos”, afirmó Anaïs Nin. La dependencia desesperada del pasado, de los objetos y las cosas viejas impiden caer a la autora en banalidades.
Leemos Lo que se hunde y sabemos que “después de un salto al vacío, / el impacto contra el suelo / es brusco, tosco y seco. / No hay tiempo de detenerse / a contemplar el paisaje. / Demasiado rápido. / Demasiado rápido”. María Marín escribe como pocos de su generación -describiendo emociones humanas-, busca acercarse a la realidad ruda devastando y abismando al mundo hasta que vuelva a ser como había sido antes.