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TRIBUNA

El asco

jueves 23 de mayo de 2024, 17:07h

En este marasmo indecente en que nos hundimos se presentan a veces índices especialmente visibles. No me refiero ya a la batallita repugnante de Eurovisión, con sus liberaciones estereotipadas y su corrección política envuelta en vestimentas estrafalarias, saturada de reclamaciones de postín y elucubraciones de esta inteligencia desesperada que nutre universidades, editoriales y consejos de ministros. Me refiero, por ejemplo, a esa campaña publicitaria que deja ver la oscura pezuña del sátiro. La consigna de aparente sensibilidad humanitaria señala que “si dice no, no es sexo, es agresión”. Supuestamente dirigida contra la pederastia, induce una interpretación legitimadora de esa aberración malsana. Como si el consentimiento del menor purgara el acto, dejándolo limpio como la patena. En este carnaval en el que todo se confunde puede reclamarse la inocencia del artiodáctilo o el disfrute de una lúgubre desesperación.

Si quedara, quizá, algún tejido vivo en el cuerpo social respondería de inmediato con una reacción de asco o con una directa convulsión social, que es una especie de vómito colectivo. Pero en el baile de carnaval de nuestra vida social cualquier deformidad encuentra amparo, cualquier distorsión es aceptada. Se hace diplomacia de la ofensa personal por parte de quienes tienen una piel muy delicada, pero son capaces de ataques deletéreos con sonrisa complaciente y mandíbula apretada. Así van y vienen los días de la política patria sobre una sociedad degradada.

La educación de las masas está en manos de las pantallas que extienden el robín espiritual que enturbia nuestra frente. Egolatría, pornografía, distracción y tedio. Siempre hay quien nos recuerda que algunos jóvenes son lectores voraces y ciudadanos comprometidos, siempre hay quien nos reprueba por pesimistas y cenizos desconsolados. Mi certeza inconmovible en el sentido de la realidad no conduce al pánfilo optimismo del progresista, desde luego, pero tampoco puede llamarse pesimista al que está convencido de que los poderes de la muerte no prevalecerán.

Sometido a la contemplación diaria de basura, siento moverme entre bestias atildadas: el muy amante presidente del gobierno que se presenta como paladín de su dama, olvidando que la caballerosidad fue – hace tiempo – criminalizada. Incurre así en un gesto patriarcal que delata cierto machismo o un microfascismo inadvertido. Olvidamos ante su gesto caballeroso movimientos diplomáticos de mayor importancia. De Israel a la Argentina hay un vaivén de embajadores que no augura nada bueno.

La internacional derechista que tantos señalan, eclipsando la Internacional más conocida, debe desaparecer para que florezca en todo su esplendor el nuevo horizonte de beatitud democrática. Es la melodía que siempre hizo el mundo inhabitable y nos conduce de nuevo a un paisaje de ruinas, cuya reconstrucción es un negocio indudable, pero supone la tragedia, el sufrimiento y la muerte de multitudes incalculables.

Al servicio de los oradores se encuentran hoy medios asombrosos, capaces de inducir una opinión cuya unanimidad es proporcional a su simpleza. Multitudes de menesterosos andan gritando verdades incuestionables que hablan de igualdad, de ecología, de paz, de democracia y otras banalidades oratorias. Nadie impugna la contradicción constante que supone esta democracia totalitaria, esta educación pacificante acompañada de violencia creciente, esta veneración del líder carismático que reclama una humildad contrastada, esta indeterminación de géneros en una sociedad hipersexualizada, este respeto a la inocencia candorosa de pornógrafos infantiles, este cuidado del bienestar de los animales con la sola excepción de la especie humana, esta veneración de una humanidad una, pero bien diferenciada en minorías siempre discriminadas. La contradicción, en suma, de esta exaltación de la crítica siempre que tolere el absurdo y anule la autoridad de todo pensamiento articulado.

Hemos elevado a norma una baba plástica y queremos vivir sobre el detrito estéril de una civilización que se apaga. Respiramos bajo el mefítico aroma de un universal pudridero que ya no produce, sin embargo, ese signo elemental de la vida: el asco.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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