www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Los versos de D.M.

domingo 26 de mayo de 2024, 20:05h

Todo un polvorín. Si uno lee cualquiera de los artículos que raciman las entradas de su nombre en Internet, o solamente las publicaciones en su muro de Facebook, puede darse cuenta enseguida de la grafomanía de Diego Medrano. Una que se ha esmerado en domar y conducir por los derroteros de su inquieta inspiración, si se me permite la redundancia, que le hacen asombrarse a diario. Pocos conozco con su misma entrega, y además, con la sazón de un particular sentido del humor que rebaja en cierta medida los alborotos, los desquicies que podrían peligrar por juguetear inconscientemente con los abismos.

A propósito de ellos, me faltaba acercarme a su poesía. Como era de esperar, en una edición primorosa, leí su compilación de los años 2009 y 2019, con las expectativas más que compensadas, y superadas según el poema. Llora mi alma de fantoche es la reunión de silencios después de las sobrecogedoras imágenes que se agolpan tras las puertas, tras el sexo, tras las borracheras torrenciales, tras las ocurrencias botaratescas con mucho sentido oculto. Hay un Baco sucio que bendice y celebra cada uno de los dones, pero también una reprobación sagaz que se encarga de hacer literatura con todo lo volcado. ‘Intentas escribir —he aquí tu juventud—/ como única forma de mantenerte vivo,/ el mejor cobijo ajeno al calor de los cuerpos,/ la indigencia más exquisita en plena deriva’, dice en Explicación de la ceniza.

Los poemas de Medrano siguen el patrón del endecasílabo, pero aquí sí que manda marinero. Aquí sólo importa lo furioso y lo creativo, aunque sea dicho con voz amable, picarona, embobada por la curvatura jugosa de una ingle o de cualquier otro recodo desnudo y saciado o próximo a estarlo. La carnalidad en Llora mi alma… pone más rocío en las corolas que cualquier mañanita invernal. Goterones. Aguaceros concentrados. Por si otra lectura mejor no nos lloviera debidamente, ya sus versos se encargan de calarnos hasta el tuétano con sus desvaríos y certezas.

Es difícil hacer la distinción entre las dos partes, Escucho detrás de las puertas y Las madrugadas sucias, que organizan el corpus poético de Medrano, aunque pudiera ser intención premeditada del autor que no se deban buscar tales diferencias pues, aunque las correrías nocturnas son todas pardas cuando suceden, ninguna se repite. Cada poema trae sus propias ascuas y llamaradas. A pesar de la multitud de referencias que se resaltan gracias a las citas —ocurriendo de primeras que, de Medrano, lo que se intuye es que es un lector que gusta ser convencido—, no se vuelven farragosas, incluso dejan pasar un poco de aire fresco para que las algarabías verbales se calmen, se oreen y posibiliten la gracia de lo fugitivo en la lírica.

Hay poemas herméticos, radicales en su barbaridad suculenta y guardando parecidos con los grafitis resistentes a las miradas que los afrentan obviándolos, pero acaban atrayendo, como suelen hacer las escenas contenidas en estas páginas, desfilando tabernas y habitaciones, sulfurosas lecturas, arrobamientos sexuales. La lista podría continuar hasta la náusea, pero es que uno lo debería comprobar con sus propios ojos, a ver cómo sale de escaldado, o quizá deseoso de contarlo a terceros. Estoy seguro de que nadie sale indemne de estas lágrimas fantoches, más bien perlas de formidable barroquismo. Fiesta e incendios. El pacto convulso que es toda creación estética.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (1)    No(1)

+
1 comentarios