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ESCRITO AL RASO

Vuelven el virus y otras aberraciones

David Felipe Arranz
lunes 27 de mayo de 2024, 19:27h
Actualizado el: 27/05/2024 21:28h

He aquí una de las terribles verdades de este milenio que reaparece tozuda. Dos periodistas de The Washington Post, Dan Diamond y Barba McKenzie, acaban de publicar un impresionante reportaje sobre los ocultos tejemanejes del doctor David Morens, asesor del ya exdirector del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades de los Estados Unidos, Athony Fauci –el equivalente a nuestro Fernando Simón–, en el que le acusan de borrar intencionadamente información esencial para el subcomité de investigación del origen del coronavirus del Congreso de Washington. Obviamente, esta pista esencial y escandalosa ha pasado desapercibida para nuestros colegas españoles, más pendientes de la última estupidez declarativa de nuestros antilíderes políticos, que son el oprobio del mundo. Al encaramarse el diputado y el ministro español en el escaño prostibulario, parece que asume la garantía de que nadie lo va a cuestionar, de no temer el fracaso como gobernante, que incluso se sorprende con desastrosa frecuencia si le pillan un día traficando con mascarillas mientras morían españoles como chinches cada día. Tampoco el ciudadano ayuda mucho, porque le parece que la pandemia y los 130.000 muertos quedan ya muy lejos y no merece la pena buscar más explicaciones aparte de que no había nada que hacer. Pero, afortunadamente, los que estamos muy pendientes de la prensa anglosajona, sabemos que en periodismo de investigación los anglosajones nos sacan varios mundos de ventaja.

Está claro qué nos preocupa aquí, por ejemplo, a la vista del informe que acaba de publicar Arcwave, que abre con este titular: “Los españoles son los europeos con mayor deseo sexual y las españolas las segundas”. Y a algunos nos parece tan primitivo, tan animalmente simple, que encabecemos ciertas listas y liderazgos, que la tildamos de obsesión profunda, en la que el sexo es una terrible musa que se agota con el coito, porque del amor mejor no hablemos. De qué naturaleza torpe, sin refinamiento, surgimos los españoles, en horizontal siempre e impúdicos, frente al altar del sexo. La vida nos resbala sobre una lujuria cerebral, en momentos desgarrados y compulsivos, porque se nos han agotado las cartas: la cópula urgente es el único y lógico encuentro que nada exige y se entrega sin miramientos en el encontronazo nocturno. ¿De qué pasta, pues, estamos hechos, si los españoles fracasamos estrepitosamente en todos los ranking de escolarización, comprensión lectora o calidad del empleo?

Mientras, una nueva variante del coronavirus se abre de pronto –cuando ya había desaparecido– paso por la capital, en la embocadura del verano, sin que a nadie le importe y sin que los colegas del gremio se hagan las pertinentes preguntas. Los más normales son los más estúpidos, porque la nueva anormalidad es una nueva idiocia que da frío, el aletargamiento crítico en el país de Europa donde más y mejor se edita. ¿Compra el español los libros para regalar y quedar bien? Eso parece. Es preciso, al menos, explicar lo que aparentemente no tiene explicación, recurriendo al ingenio de la prosa y a la capacidad investigadora, para no enlobreguecer más este momento tan difícil que estamos viviendo, esta hora de España tan angustiosa en que la mujer calla cómplice y el hombre no acude ni comparece. Las pandemias mortales y el sexo compulsivo no son, naturalmente, todo lo que nos luce, ni debería serlo. Pero tal vez ambas razones o tendencias puedan explicar nuestra vida social y por qué los jóvenes acuden en tropel al psicólogo o se arrojan hermosos muchachos y muchachas desde los balcones de la Gran Vía porque se sienten solos y feos. La juventud, amigos, no hace mucho más que aplicar, repetir o ampliar los subfijos emocionales de sus mayores, que les dejan –dejamos– bien impresionada la placa sentimental de su vida. Es evidente que en todos se viene produciendo una confusión pavorosa y preocupante entre lo sublime y lo grotesco, y que vamos camino del horror y la voluptuosidad, cuando ya nadie sabe nada, lejana ya la era de los grandes maestros. Pero hay en todo esto una intencionalidad de unos pocos, los resentidos de los pensamientos altísimos, de cuando la imaginación y la ciencia daban forma tras las dos guerras mundiales, a mediados del siglo XX, a un hombre nuevo lleno de esperanzas, pero de cuyas sombras nos alimentamos. Estos gobernantes, que jalonan de fraude y decepción cada día de su vida, son como la pesadilla mutilada en medio del camino largo que podría no ir a ningún sitio. Es hora de una vez de salir en pos de aquella belleza, bondad, inteligencia y amor, del que nadie se atreve a hablar en alto ya, y de plantarle cara a la grosería y a la zafiedad, al mal gusto. Al programa masoquista del Poder con sus virus programados de dejación y desesperanza, le queda poco.

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