El 9 de mayo pasado en Rusia se ha celebrado la tradicional fiesta nacional "El día de la Victoria", heredada de la extinta Unión Soviética y que en los años del gobierno del presidente Putin se ha convertido en la principal fiesta del país, sustituyendo a la que fue en los tiempos soviéticos la fiesta de la “Gran Revolución Socialista de Octubre” (que se celebraba el 7 de noviembre con toda la pompa y un desfile militar).
El día 6 de junio se celebra en los países occidentales, miembros de la alianza anti-hitleriana, el 80 aniversario del desembarco de las tropas anglo-americanas en la Normandía, que aceleró enormemente la caída definitiva de la Alemania nazi y el fin de la Segunda Guerra Mundial.
Aunque las dos fechas tienen relación directa con la Segunda Guerra Mundial, el significado de ellas no es el mismo para las partes que habían participado en esta contienda a nivel internacional, especialmente para la Unión Soviética (ahora la Federación Rusa), que tiene una visión bastante diferente respecto a su aportación y a la de sus aliados occidentales en aquella batalla colectiva contra el enemigo común – la Alemania de Hitler.
Voy a centrarme en la visión “ruso-soviética”, que es menos conocida, basada en la muy peculiar historia de las celebraciones de la fiesta del “Día de la Victoria” por el pueblo ruso. Y explicaré porqué la victoria sobre la Alemania Nazi se celebra en Rusia (antes la Unión Soviética) y en Occidente en fechas diferentes.
El “Día de la Victoria” en los años soviéticos durante mucho tiempo, aparte de la celebración del propio triunfo militar de la URSS en la guerra contra la Alemania nazi, fue un día del dolor y del recuerdo de los ciudadanos soviéticos caídos en aquella sangrienta guerra – que fue una parte destacada de la Segunda Guerra Mundial – entre las tropas del ejército de Hitler y las de Stalin, y que había durado unos cuatro largos años. La Unión Soviética había perdido en aquella contienda mundial cerca de 30 millones de sus ciudadanos, entre los soldados y la población civil. Prácticamente no hubo familia que no había perdido a sus seres queridos en esta carnicería más grande del siglo XX. Por ello, en una de las canciones "patrióticas" de entonces se cantaba que el día del 9 de mayo era "una fiesta con las lágrimas en los ojos", debido a tantos seres queridos muertos bajo las balas y las bombas del enemigo invasor, defendiendo su Patria soviética.
Por ello, la propaganda soviética "oficialmente" había proclamado la guerra entre la URSS y la Alemania nazi como "La Gran Guerra Patria". Y el acento en la celebración del “Día de la Victoria”, como ya he mencionado, se ponía más en el honrar la memoria de los caídos que en el glorificar el triunfo militar.
Era, a los ojos de muchos, una victoria con un amargo sabor a la derrota. La "derrota", porque el enemigo agresor tuvo casi dos veces menos víctimas que el que se defendía de su agresión. Este matiz es muy importante para comprender lo que voy a escribir sobre esta fiesta más adelante, contando su historia desde el 1945 (la primera celebración) hasta el 2024 (la última).
La primera celebración de la Victoria sobre la Alemania nazi, con un desfile (parada) militar, tuvo lugar el día 24 de junio de 1945, aunque oficialmente el fin de la guerra en la Unión Soviética fue proclamado a las dos de la madruga del día 9 de mayo y esta fecha se quedó como el “Día de la Victoria”.
Se necesitó entonces un mes y medio para preparar el grandioso desfile militar. Las fábricas tuvieron que confeccionar más de 10.000 uniformes de gala para los participantes en el desfile. En total, por la Plaza Roja de Moscú desfilaron 35.000 soldados y oficiales y 1.850 unidades de la maquinaria de guerra (tanques, artillería –los famosos “órganos de Stalin”, Katiushas –, automóviles blindados). La aviación no pudo participar, dado que aquel día el tiempo lo impedía: sobre Moscú había caído una enorme lluvia.
El momento culminante del desfile llegó, cuando 200 oficiales, rigurosamente seleccionados para tal fin, bajo el redoble de los tambores de la enorme orquesta militar, llevaron las banderas y los estandartes de los derrotados destacamentos del ejército alemán y los tiraron al pie del Mausoleo de Lenin, en cuya tribuna se encontraban los miembros del Politburó, del Gobierno y los más destacados mariscales soviéticos, con Stalin a la cabeza, vestido del uniforme del generalísimo.
En los años 1946 y 1947, el 9 de mayo fue un día festivo, pero sin celebración de la parada militar. A partir del 1948 y hasta 1964 el Día de la Victoria no se celebraba y no fue ni un día festivo. Stalin lo suprimió ya que en los años de la posguerra la Unión Soviética estaba sufriendo los daños causados por la guerra que había durado 4 años: medio país destruido, fábricas en ruinas, el campo destrozado. En el país faltaba de todo, desde los alimentos hasta los artículos de la primerísima necesidad.
Aparte de casi 30 millones de víctimas, varios millones de soldados regresaron a sus casas inválidos y aunque recibían una subvención del Estado, ésta no les permitía cubrir sus más mínimas necesidades y muchos de ellos vagaban por todo el país, pidiendo limosna en las calles, en las estaciones de ferrocarril, en los propios trenes. La máxima concentración de estos “vencederos” de la Guerra, convertidos en unos mendigos, tenía lugar en las grandes ciudades, como Moscú, Leningrado y otras. En fin, fue todo un panorama totalmente desolador y muy poco apropiado para organizar los “festejos” de la Victoria en un país destrozado y destruido por la guerra. Más lógico y “humano” fue no celebrarlo hasta los tiempos mejores.
Por tanto, la celebración del “Día de la Victoria” fue restablecida sólo en 1965, con motivo del 20 aniversario del fin de la “Gran Guerra Patria”. La situación en la URSS había mejorado considerablemente, el recién elegido nuevo Secretario General del PCUS, Leonid Brézhnev, empezó a dirigir el país, el enfrentamiento con el Occidente – la Guerra Fría – se encontraba en pleno auge; hacía tres años que había tenido lugar la “crisis del Caribe”, cuando el mundo se encontraba al filo de una guerra nuclear; la URSS estaba demostrando sus músculos y la capacidad de enfrentarse con la potencia más grande y poderosa del mundo, los EE.UU. Así que, un desfile militar, con la demostración de la potente maquinaria de guerra que la URSS había sido capaz de construir, fue muy apropiado para ello. A propósito, en este desfile militar por primera vez fueron enseñados los misiles intercontinentales, capaces de llevar las cabezas nucleares.
Y sólo veinte años más tarde, en 1985, con motivo del 40 aniversario de la Victoria se celebró de nuevo el desfile militar y en la tribuna del Mausoleo de Lenin, entre los miembros del Politburó, del Gobierno y los más ilustres miliares, se encontraba el nuevo Secretario General, Mijail Gorbachiov, recientemente elegido para el cargo (en marzo del mismo año), y para él aparecer ante el público, en un día tan sentido para el pueblo soviético, fue la mejor ocasión para empezar su “reinado”, fue como un bautizo para las reformas (la “perestroika”), que el nuevo Secretario General tenía previsto a realizar en un país, estancado económicamente y con graves problemas de abastecimiento de la población con productos y artículos de primera necesidad.
Dentro de cinco años, el mismo Gorbachiov de nuevo presidía el desfile militar con motivo del 45 aniversario del “Día de la Victoria”. La “perestroika” se encontraba en pleno auge, pero no estaba dando los resultados previstos a causa de unos graves errores cometidos por Gorbachiov, que intentaba mezclar el socialismo con el capitalismo, la economía planificada con la de mercado, las libertades políticas con el liderazgo del Partido Comunista. El resultado fue un caos económico y, dentro de un año y medio después de la celebración del cuarenta y cinco aniversario de la Victoria, se produjo una intentona golpista, encabezada por la cúpula del Partido, del ejército y de la KGB (policía política), descontentos con la política reformista de su Gran Jefe.
Así que, el próximo desfile del “Día de la Victorio”, el 9 de mayo de 1995, con motivo de su 50 aniversario, ya lo presidía el primer presidente de la Rusia “Independiente” (en diciembre de 1991, la URSS, como un estado, se ha desintegrado en 15 Repúblicas independientes, que hasta entonces formaban parte de la URSS, y Rusia fue una de ellas).
El enfoque de Yeltsin para esta fiesta fue muy distinto al que estaban dando todos los líderes soviéticos anteriores. Estaba muy lejos de demostrar al mundo entero el poderío militar y el desafío a los países occidentales. Yeltsin convirtió la celebración del “Día de la Victoria” en un símbolo de la unidad de todos los que habían combatido durante la Segunda Guerra Mundial contra la Alemania nazi y el fascismo mundial. Por tanto, para celebrar esta “Victoria colectiva” habían venido a Rusia las delegaciones de los 56 países extranjeros, entre ellos las de EEUU (presidente Bill Clinton), Gran Bretaña (primer ministro John Mayer), Secretario General de la ONU, Butros Butros-Ghali, Canadá (primer ministro Jacques Jean Crétien), prácticamente todos los presidentes de las ex repúblicas soviéticas.
Incluso el tradicional formato de la celebración del “Día de la Victoria”, con un desfile militar en la Plaza Roja, fue cambiado y los festejos se celebraron en dos partes: una en la Plaza Roja, con la manifestación de casi 5.000 veteranos, y con un desfile militar en la Avenida de Kutúzov, al lado del Parque de la Victoria. Todas las delegaciones extranjeras participaron en el festejo en la Plaza Roja al lado de los veteranos, conmemorando la gigantesca aportación del pueblo soviético a la Victoria colectiva sobre el fascismo.
Es muy importante este matiz, ya que antes de la época de Boris Yeltsin y después de ella – durante el gobierno de Vladimir Putin – especialmente, cuando él fue elegido fraudulentamente para el tercer mandato, mientras la Constitución Rusa sólo permitía a un político ser elegido dos veces, la propaganda soviética aseguraba que la Victoria en la Segunda Guerra Mundial fue lograda exclusivamente por la URSS y que la ayuda de los países occidentales fue insignificante y que ellos abrieron el Segundo Frente (el desembarco en Normandía en junio de 1944), cuando el ejército ruso ya estaba ganando la guerra, entrando en el territorio de Alemania, camino a Berlín a fin de derrocar definitivamente al régimen de Hitler.
Y este mito de que la Unión Soviética había podido “solita” ganar la guerra a la Alemania nazi, creado por la propaganda estalinista, sigue en vigor hasta hoy día. Aunque durante la época de Boris Yeltsin fueron abiertos archivos más secretos y a la luz del día empezaron a salir numerosos documentos que desmentían por completo este bulo propagandístico soviético.
Aparecieron libros y ensayos que estaban revelando las verdades que intentaba ocultar Stalin y los gobiernos sucesivos, después de su muerte. Fue el efecto de la “glásnost” de Gorbachov y de la más amplia apertura informativa de Boris Yeltsin. Incluso Gorbachiov, cuando él se instaló en el poder y fue abierta la carpeta más secreta del archivo del propio Stalin (después de su muerte convertido en el archivo del Secretario General del PCUS y más tarde en el del Presidente de la URSS y después de la desintegración de la Unión Soviética, en el del Presidente de Rusia), donde se estaba guardado el original del “Pacto Molotov-Ribentrop”, firmado entre la Alemania nazi y la URSS (en agosto de 1939), especialmente su “Anexo secreto”, en el cual se fijaba el reparto de Europa entre Alemania y la URSS durante la próxima Guerra, que Hitler y Stalin empezarían contra Polonia.
El segundo original de este Pacto fue encontrado por los aliados al final de la Segunda Guerra Mundial (entre los numerosos documentos secretos requisados a los alemanes) y publicado en la prensa libre. Así por primera vez el mundo ha podido saber qué significado tenía el famoso “Pacto de no agresión” firmado entre los dos caudillos, el nazi y el soviético. Pero la URSS negaba sistemáticamente la existencia del Anexo secreto, declarando que los documentos publicados por los norteamericanos eran falsos.
Y, un día, los ayudantes de Gorbachiov, examinando el archivo de Stalin, encuentran el original y lo presentan al nuevo Secretario General, pidiendo su permiso para publicarlo al son de la política de “glásnost”. Y el autor de la “perestroika” y de la “glásnost” no se ha atrevido en aquel momento a desclasificar este histórico acuerdo nazi-soviético. Y sólo Boris Yeltsin, el primer Presidente de la Rusia post-soviética, cuando sus ayudantes le presentaron este mismo documento del “archivo presidencial”, dio permiso de hacerlo llegar a la opinión pública.
Con esta publicación se caía el primer bulo más difundido por la propaganda soviética, el que la Segunda Guerra Mundial la había empezado Hitler en solitario, atacando a Polonia, el 1 de septiembre de 1939. Ahora se pudo saber (los que querían saberlo) que en el comienzo de esta más sangrienta guerra en la historia de la humanidad también participó Stalin, que atacó a Polonia por el lado opuesto al alemán (17 de septiembre de 1939), aplastando a Polonia en una pinza germano-soviética y celebrando una parada militar (22 de septiembre de 1939) entre las tropas alemanas y soviéticas en la ciudad de Brest, que se convirtió en una ciudad fronteriza, según el reparto de Polonia acordado entre Hitler y Stalin. La misma suerte tuvieron más tarde los países bálticos y Finlandia. Todo iba sucediendo, según lo establecido en el ya citado “Pacto Molotov – Ribentrop”.
Pero la historiografía soviética no incluye aquellas vergonzosas conquistas soviéticas, junto con los alemanes, en la Segunda Guerra Mundial. Para los historiadores soviéticos la Segunda Guerra Mundial empezó, cuando Hitler, engañando a su pactado “amigo” Stalin, atacó a La Unión Soviética, 22 de junio de 1941. Y terminó con la entrada de las tropas rusas en el vencido Berlín, con la rendición del ejército alemán.
Los ciudadanos soviéticos, durante siete decenios, no tenían ni idea de que antes de que Hitler invadiera la URSS, en la heroica “Batalla de Inglaterra” (entre julio y octubre de 1940), los pilotos británicos, defendiendo su cielo y su tierra de los barbaros bombardeos de la aviación hitleriana, destruyeron cerca de 2.000 aviones de la Luftwaffe, entre ellos la mitad fueron bombarderos. Todos estos aviones, casi la mitad de los que atacaron a la URSS en junio del año siguiente (cerca de 3.000 aviones en total), ya no podían bombardear y derribar los aviones soviéticos, lo que suponía un ahorro en los aparatos y en los pilotos soviéticos que estaban sufriendo las numerosas bajas en las primeras semanas de la guerra.
Tampoco estaban informados los ciudadanos soviéticos de que en África, el ejército británico luchaba contra las tropas nazis del general Rommel (“el zorro del desierto”) y contra las tropas italianas de Mussolini, para cortar el suministro del combustible para la Wehrmacht, que tenía una enorme escasez del combustible fósil, por lo cual los químicos alemanes tuvieron que ingeniar la producción del combustible sintético para los tanques y aviones del ejército germano. Esta escasez de combustible había impedido a Hitler a emplear más aviones y tanques contra el Ejército Rojo, que triplicaba en número de tanques y de aviones al ejército alemán.
Estas batallas, que Alemania tuvo que librar en varios frentes a la vez, no permitía a Hitler a emplear todo el potencial bélico de su ejército en el frente “ruso”, que a partir del junio de 1941 se convirtió en el frente principal para el Tercer Reich en su intención de aplastar al poderoso rival bolchevique.
Tampoco contaba la propaganda soviética a su pueblo, que en paralelo a la guerra germano-soviética se estaba librando otra cruenta guerra, la entre Japón y los EE.UU, que había empezado con un brutal e inesperado ataque japonés a la flota estadounidense en “Pearl Harbor” y que duró también unos cuatro años como la guerra entre Alemania y la URSS. La ventaja que proporcionaba esta guerra en el lejano frente del Océano Pacífico para la URSS consistía en que Japón, centrado en la batalla con el gigante norteamericano, que le estaba parando los pies en sus conquistas Imperialistas en el área del Pacífico y de Oriente Lejano, le impedía abrir el frente contra la Unión Soviética en su frontera en Manchuria, como estaba previsto en el plan de los países del “Eje” (Alemania, Italia y Japón).
Según este plan, Alemania iba conquistando la parte europea de la URSS (hasta Urales) y Japón iba ocupando la parte oriental del coloso bolchevique. Para tal fin Japón había concentrado en la frontera con la URSS un ejército de 1 millón de efectivos y los soviéticos de su lado de la frontera también un millón de soldados.
Al no haber producirse el ataque japonés contra el ejército soviético, por haberse enfrentado los japoneses con los estadounidenses, el mando militar soviético pudo desplazar parte de su ejército “oriental”, un medio millón de efectivos, para defender el frente de Moscú, donde las tropas alemanas estaban a punto de conquistar la capital soviética. Este refresco para las tropas soviéticas, que vino desde la frontera japonesa, ha permitido a inclinar la balanza en la “Batalla de Moscú” a favor del ejército soviético, que pudo resistir e incluso contraatacar, con que las tropas alemanas, finalmente, perdieron la batalla, encontrándose a sólo 25 kilómetros de la Plaza Roja de Moscú.
En otro frente, en la “Batalla del Atlántico”, la flota británica, la más potente y más grande en aquel tiempo, estaba luchando contra la flota submarina alemana, también una de las más grandes del mundo, cuya misión era impedir el transporte de las mercancías de todo tipo y, en primer lugar, del material de guerra que Gran Bretaña estaba recibiendo desde los Estados Unidos, en el marco de una monumental ayuda norteamericana a los británicos bajo el nombre de “Lend-Léase”. Los alemanes fueron obligados a construir para esta batalla naval miles de submarinos, en lugar de dedicar los recursos para construir los miles de tanques o aviones, que pudieran aumentar enormemente la potencia de la Wehrmacht en el frente “ruso”.
Y, hablando del “Lend-Lease”. Esta línea de ayuda estaba destinada no solamente para la Gran Bretaña, sino también para la Unión Soviética, con un volumen y la diversidad de mercancías, tanto del uso civil, como militar, jamás vista hasta entonces en las relaciones bilaterales entre los países aliados. Sin esta ayuda y, en primer lugar, sin el suministro del material de guerra, especialmente en los primeros meses de la contienda, cuando el Ejército Rojo perdió la parte sustancial de su armamento, y el territorio, donde se encontraban las principales fábricas que producían el armamento y la munición, fue ocupada por las tropas alemanas. Sin este armamento norteamericano la URSS difícilmente hubiera podido resistir el empuje de la maquinaria de guerra alemana, que en tres meses había llegado a las puertas de Moscú.
Decenas de miles de aviones, tanques, piezas de artillería, camiones y coches blindados, munición, combustible (que tanto faltaba al ejército alemán, las tropas rusas lo tenían en abundancia), vagones y locomotoras para transportar las tropas y mercancías por el territorio soviético, pólvora, y miles y miles de toneladas de aluminio y acero para fabricar tanques, aviones y todo tipo de armamento para combatir el ejército alemán. Y cientos de miles de toneladas de alimentos que salvaron del hambre no sólo a los soldados del Ejército Rojo, sino a los trabajadores de las fábricas que producían material de guerra.
(Si a alguien le interesa conocer el enorme volumen de la ayuda norteamericana en el marco de “Lend-Lease”, puede encontrar información más detallada en mi artículo sobre el tema publicado en El Imparcial, el día 6 de mayo de 1922, bajo el título “Lend-Lease 2”: La guerra ruso-ucraniana”).
Y qué hablar de la crucial importancia de la apertura por los aliados del frente “occidental”, con el desembarco en Normandía (el 6 de junio de 1944), que había obligado a Alemania a desviar una sustancial parte de sus recursos a este frente y no poder utilizarlos en el frente “oriental”, el “ruso”. El desembarco de los aliados sirvió para acortar el tiempo de la guerra y aproximar la derrota final de Alemania.
Al mismo tiempo, cómo había debilitado la capacidad militar alemana los continuos bombarderos por parte de la aviación norteamericana y británica de los principales centros alemanes de producción del armamento y del combustible sintético, dejando a las tropas de la Wehrmacht sin combustible y disminuyendo su capacidad productiva del armamento vital, como tanques, aviones, artillería y munición.
Sin todos estos acontecimientos, ocurridos durante la Segunda Guerra Mundial, que jugaban enormemente a favor de Stalin y en contra de Hitler, sin toda esta participación colectiva de los países que formaban la coalición anti-hitleriana, es poco probable que la URSS hubiera podido vencer en solitario al ejército alemán, que en los primeros tres meses de la “Guerra Patria Soviética” ha derrotado al Ejército Rojo, llegando hasta Moscú. Y luego la URSS, con toda la ayuda y las circunstancias a su favor, más arriba detallados, necesitó cuatro años para echar al invasor germano de sus territorios ocupados, sufriendo enormes bajas en el ejército, en la población civil, en la maquinaria de guerra y padeciendo una enorme destrucción de las infraestructuras vitales del país.
Por tanto, la victoria en la Segunda Guerra Mundial sobre el nazismo, fascismo y el imperialismo japonés (el mencionado Eje: Berlín-Roma-Tokio) fue colectiva. En esta lucha habían participado varios países (26 en total, siendo EE.UU, Gran Bretaña y la URSS los principales) y el “Día de la Victoria”, debería haberse celebrado no sólo en la URSS, sino también en estos países aliados. Pero no resultó así. Stalin no quiso repartir la Victoria con sus aliados. Por ello el “Día de la Victoria” en la URSS (y luego en Rusia) se celebra el día 9 de mayo y en los demás países aliados el día 8 de mayo.
Lo ocurrió porque, cuando el alto representante de las Fuerzas Armadas alemanas, el general Alfred Yodl, firmó, en la ciudad de Reims (donde se encontraba el Estado Mayor del jefe de las Fuerzas Armadas aliadas, general Eisenhower), el Acta de capitulación de las Fuerzas Armadas germanas, Stalin se indignó de que la capitulación alemana tuvo lugar en el cuartel general de las fuerzas aliadas e insistió en que se repitiera la firma de la rendición alemana, esta vez en las afueras de Berlín, donde se encontraba el estado mayor de las tropas del Ejército Rojo, comandadas por el mariscal Zhúkov. La ceremonia fue repetida con uno día de retraso, respecto a la entrada en vigor de la anterior capitulación (8 de mayo) y para los soviéticos el día 9 de mayo se convirtió en el “Día de la Victoria”. Con esto Stalin quiso demostrar que el papel de la Unión Soviética en la derrota de la Alemania nazi fue muy superior al de todos los demás miembros de la coalición.
Ahora veremos cómo se celebraba el “Día de la Victoria” en la época del presidente Putin. Su primera aparición en la celebración del 9 de mayo, como presidente de Rusia, fue en el año 2.000, con motivo del 55 aniversario de la Victoria. Putin seguía la línea “conmemorativa” en las siguientes celebraciones con motivo del 60 (2005) y del 65 (2010) aniversario, dando el protagonismo a los veteranos de la guerra.
En 2005, en los festejos tomaron parte incluso los veteranos de la Wehrmacht, que formaban parte de la amplia delegación alemana, encabezada por el canciller Gerhard Shroeder, con quien Putin mantenía lazos de una amistad personal.
En 2010, en la celebración participaron los militares de 13 países: Gran Bretaña, Polonia, EE.UU, Francia y algunos países de las ex repúblicas soviéticas. Fueron mucho menos que acudieron en 1995 a la celebración del “Día de la Victoria” con Yeltsin. Ya se notaba el efecto de la intervención militar rusa en Georgia (en 2008). Muchos países la condenaron y no han venido. Pero los más importantes: EE.UU, Gran Bretaña, Francia, Polonia no han tenido suficiente valor para rechazar la invitación.
Pero en 2015, con motivo del 70 aniversario de la Victoria, el panorama y el espíritu de este día conmemorativo se cambian radicalmente y se convierten en la demostración de la fuerza militar de Rusia, su capacidad de rechazar cualquier agresión de sus enemigos. Fue un desfile militar con más participación de los tanques, piezas de artillería, misiles de todo tipo, especialmente, intercontinentales (en total: 194 unidades terrestres y 140 aviones y helicópteros) en toda la historia de los desfiles del 9 de mayo.
¿Cuál fue la causa de esta inesperada “militarización” del día de la Victoria?
Es que un año antes, los militares rusos dieron un golpe en la base naval de Sevastópol, la que la Marina Rusa en aquel momento estaba alquilando a Ucrania, y más de 40.000 efectivos del ejército ruso, que se encontraban en la base, sin ningún tiro pusieron bajo su control toda la península de Crimea, que era el territorio ucraniano. La reacción del occidente resultó algo más fuerte que en el caso de Georgia y a la celebración del 70 aniversario de la Victoria ya no ha venido ningún representante de los aliados occidentales. Como respuesta, Putin ha decidido demostrar el poderío militar de su país y “advertir” de que cualquier intentona de parte de los ex aliados de castigarlo por sus agresión a los países de su “influencia” sería respondida contundentemente por él “segundo ejército” más poderoso del planeta.
El 75 aniversario, en 2020, y las siguientes celebraciones del “Día de la Victoria” tuvieron el mismo enfoque de amenazas al Occidente. Y, especialmente, el 9 de mayo de 2022, cuando Putin de nuevo ha reunido en la Plaza Roja de Moscú más de 11.000 efectivos y 130 unidades del armamento, para demostrar al mundo entero y, más que nada, a los países occidentales que su “operación militar especial”, que él había empezado contra Ucrania, hacía tres meses, iba a proseguir y que el ejército ruso pronto derrotaría el “régimen nazi ucraniano”.
En el 2023 el tono de la celebración del 9 de mayo fue más amenazante aún, dado los fracasos del ejército ruso en el frente ucraniano y el aumento de la ayuda militar a Ucrania por parte de la Alianza Atlántica.
Y el cada vez más patente aislamiento de Rusia del mundo libre occidental fue visualizado en la reciente celebración del “Día de la Victoria”, el 9 de mayo pasado. Para apoyar a Putin han venido sólo 9 líderes extranjeros: 6 de la exrepúblicas soviéticas (Bielorrusia, Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán, Turkmenistán y Uzbekistán) y 3 del resto del mundo (Cuba, Laos y Guinea-Bisau). Muy lejos de los 46 líderes mundiales que habían venido en 1995 a celebrar el Día de la Victoria con el presidente Boris Yeltsin.
Como vemos, los últimos festejos de los “Días de la Victoria” de la época putinesca tienen cada vez más un agrio sabor a la derrota, ahora causado por los fracasos del ejército ruso en los campos de batalla en Ucrania, dado que el “segundo ejército” del mundo, durante más de dos años, no consigue vencer y doblegar al heroico pueblo ucraniano y sus Fuerzas Armadas, que están causando enormes bajas al ejército ruso, tanto en los efectivos como en el armamento.
Ahora muchas familias rusas, en el día 9 de mayo, están llorando y recordando no sólo a sus abuelos, caídos en la guerra contra la Alemania nazi, sino a sus padres e hijos muertos en los últimos dos años en el suelo ucraniano, donde hace 80 años sus abuelos estaban luchando contra la invasión de la Alemania de Hitler.
¡Qué dramáticas peripecias de la Historia!
Boris Cimorra, escritor y periodista, el autor del libro “La caída del Imperio Soviético” (editorial ACTAS).