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Ensayo

José Antonio de Ory: Japón, el archipiélago de las estaciones

domingo 09 de junio de 2024, 19:32h
José Antonio de Ory: Japón, el archipiélago de las estaciones

La Línea del Horizonte. Madrid, 2024. 384 páginas. 28 €.

Por José Pazó Espinosa

En la literatura en inglés, existe una interesante tradición de viajeros por Japón. Esta tradición tiene una subclase, la de los diplomáticos que han escrito sobre el país, sus gentes y su cultura. En ella, encontramos nombres como William George Aston, Ernest Mason Satow, o Bertram Mitford. Este grupo -todos sus integrantes del tiempo en que Japón abrió sus fronteras al mundo, la era Meiji- se completó con periodistas o profesores, como Lafcadio Hearn o Basil Hall Chamberlain. Su propósito era descifrar y describir para el occidental ese misterio que suponía el pueblo nipón y sus habitantes. Chamberlain llegó a escribir una amena enciclopedia Things Japanese, de enorme éxito popular, que está traducida al español como Cosas de Japón.

El libro que hoy nos ocupa, Japón, el archipiélago de las estaciones, entra dentro de ese grupo de libros por partida doble, ya que el punto de vista del narrador es el del viajero, pero también el del diplomático, si es que puede decirse que existe algo así. José Antonio de Ory, su autor, comienza su ensayo sin confesar su condición de diplomático en Japón, pero el lector empieza a sospecharlo en algún momento, para luego toparse con una confesión clara. Sospechamos que ese desvelarlo de forma progresiva es una suerte de disculpa, ya que entre el relato de un simple viajero particular y el de un diplomático siempre hay una rivalidad en el eje de la subjetividad a la cual el lector no es del todo ajeno.

El caso es que el libro de José Antonio de Ory se lee muy bien, con una mezcla de erudición, a veces tópica, a veces personal, distribuida con sentido del equilibrio, como si la estructura fuera canónica pero la ejecución tuviera toques y pinceladas de su querido Libro de la almohada; o como si el libro tuviera un esqueleto definido (propio de un museo decimonónico) y a la vez plumazos subjetivos e impresionistas que, como un móvil de Calder, flotan sobre lo dicho.

La primera parte del libro parte de un narrador que se planta firme desde la alteridad: “el japonés hace…”, “en Japón se…” son fórmulas que se repiten, porque seguramente en ningún sitio como en Japón el morador criado en otras tierras se sienta tan otro y a la vez tan extraño, como si su alienada normalidad se disolviera en un mundo a la vez especular y deformado. En su periplo, De Ory se acompaña, no de los diplomáticos añejos antes citados, sino de japonólogos más actuales, posteriores a la segunda gran guerra: Ruth Benedict, Roland Barthes, Donald Keene, Donald Richie (ese incorregible amante del cine de Ozu), Alex Kerr, Cees Nooteboom, Aurelio Asiaín… Pero también de otros muchos autores japoneses, con Kawabata siempre en cabeza. Y asoma también, y mucho, el cine, con Ozu y Naruse como barqueros del paso de este río, e incluso un José Luis Guerín que, cual silencioso asistente, aparece en más de una ocasión.

El punto de vista parte de la fascinación por Japón: en lo bello de sus artes, lo interesante de sus tradiciones, la exquisitez (a mí me suena mejor la inexistente “exquisitud”) de sus formas, pero entra también (y esto es quizá lo extraordinario del libro) en su lado oscuro, en los callejones de la vida japonesa, el uramachi, ese universo intrigante, aunque vitalmente atractivo, que roza a partes iguales la desolación y la depravación. El autor entra en ellos, sin hacer herida, pero sale a menudo, y ahí quizá pesé más el diplomático que el viajero particular, con la sensación de que Japón es un país ensimismado, detenido, casi carente de objetivo vital.

Y la pregunta es ¿y cuándo no lo ha sido, al menos parcialmente? Japón ha tenido desde sus orígenes algo de Narciso, de ser colectivo que se mira continuamente en espejos (siendo el mayor y primer espejo el de la naturaleza) para reconocerse, alabarse (lo que puede llevar a peligrosos entusiasmos) y a veces deprimirse.

Una parte muy interesante del libro viene de las referencias cinematográficas. Casi todas son clásicas, con énfasis en el gran Naruse, y el no menos grande Ozu, ya citados, y a sus actores y actrices habituales. Pero también hay directoras actuales como Kawase. Porque quizá el cine japonés, en una suerte de contrapeso de la danza Butoh, actúa como tapiz de esas desilusiones a las que el narcisismo, incluso siendo leve, siempre lleva.

Hay también amplios comentarios a los jardines, que se disfrutan, y otros más polémicos sobre la arquitectura japonesa. Pero el espacio se agota y esas agradables discusiones las dejamos en el ámbito del deseo. Solo decir, para terminar, que este libro es una lectura que apreciarán los que no sepan nada de Japón y también los que sean ya conocedores. Está escrito con sensibilidad y conocimiento. Y Japón es y será siempre oscuro objeto de deseo y de interminable discusión.

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