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TRIBUNA

Pintan bastos

lunes 10 de junio de 2024, 20:31h

Cumplidos tres días de la aprobación de una ley que, sobre innecesaria —con cuanto de desfachatez presenta tal gesto—, vaticina grandes quebrantos al Estado, el Real Madrid ganaba su décimo quinta copa de Europa. De inmediato y a escasos metros de mi apartamento, se armaba un jolgorio monumental que duró hasta el amanecer; pero, en lugar de contagiarme la alegría propia de cualquier congregación festiva, solo me suscitó —como todas estas turbas fragorosas y chabacanas que convocan las celebraciones futbolísticas— una lacónica tristeza. No podía dejar de pensar, mientras escuchaba su griterío exaltado, que esos mismos jóvenes no habían sido capaces —ni tan siquiera en una porción mínima— de manifestarse contra esa venenosa votación parlamentaria, auspiciadora de muy dañinas consecuencias para su porvenir.

Si bien, me bastaba recordar la revuelta de Niká, del 532 d.C., cuando la disputa entre partidarios de los equipos de cuadrigas verdes y azules arrasó parte del palacio imperial y de Santa Sofía, para saber que los fanatismos alentados por cualquier tipo de competición son inherentes a la grey humana; es más, ni tan siquiera me aliviaba el considerarlos nuestra cara ruin, compensada con ese otro rostro liviano y hasta sublime: el arte; ¿o acaso, desde Altamira, el arte no constituye algo intrínseco a la tribu?

En efecto; tal es así que no había dejado de asistir durante el par de semanas anteriores a saraos de esta índole; por ejemplo, a la exposición de mi amiga Silvia Flechoso, en la galería Panarteria, titulada La sangre y el oro, donde plasma, óleo tras óleo —con aplicaciones de otras técnicas sobre el lienzo—, una serie de violentas cogidas taurinas; metáforas todas —ya se enseña en el corazón de las imágenes— del vértigo y hasta del vapuleo que sufre el hombre —en su caso, el artista— ante las exigencias, a menudo tan bastardas, de la sociedad de masas. Y pocas tardes después, asistí a un vernisagge de Mariajo Gil, donde el gran Eduardo Mazariegos, inauguraba Luz y alma; otra muestra de sus criaturas de un picassianismo bondadoso, con las que despabilar los rincones más sombríos de cualquier estancia; para acabar, en un trágala de fechas y de citas, en la presentación de Don de la insolencia, de mi querido Carlos Aganzo; una, más que biografía, amena y oportunísima recuperación del conde de Villamediana.

Digo oportunísima porque ante esa prosa tullida, rebozada de manoseada sentimentalidad y ofertas de supermercado, que hoy motejan —y hasta con engolamiento— de poesía, cualquier mirada sobre el Siglo de Oro es higienizadora. Y Villamediana, sobre propincuo al egregio Góngora, resulta el señuelo eficaz para acercar al lector despistado a este deslumbrante momento. Verán; Villamediana, exquisito en la vestimenta, espejo de jinetes, tahúr avisado y perseguidor incansable del tálamo ajeno sin reparar en alcurnias, era, encima, lengua y peñola filosa, castigada con tres destierros de la corte, mientras sus dispendios lo iban arruinando hasta que murió a traición en la calle Mayor de Madrid, donde una placa todavía lo señala. Y, claro, figura tan sugestiva, presentaba mucha literatura antes que Aganzo; desde Quevedo hasta Fernán Gómez, pasando por Emilio Cotarelo, Luis Rosales o Néstor Luján, fascinados por este gran arrogante que se atrevió incluso a tentar las enaguas de la mismísima reina. Todos estos pormenores expone Don de la insolencia con erudición pero sin empacho, abrochados por dos centenares de sus poemas. Y es ahí, al disfrutarlos, donde el lector desenmascarará los presumidos andrajos que asfixian actualmente al género. Por tanto, léanlo; un trazo de su gracia altanera, nunca les sentará mal.

De asunto y hasta intención diferente trata Retomar el control, que Diego Hidalgo estrena para esta feria del libro. Consiste en cincuenta propuestas para precaverse de los peligros que había expuesto teóricamente en su exitoso —en Francia y aquí— Anestesiados (2021). Cuando reseñé aquel título en otra parte, afirmé que Diego confiaba demasiado en la sensatez de nuestros congéneres y los cree dispuestos a preservar su libertad de juicio y de acción ante el embotamiento sojuzgador de lo digital; a mí, en cambio, se me antoja una partida perdida y, siguiendo a Heidegger, atisbo un mundo que ya no es sino una representación de sí mismo; y si necesitase pruebas, me sobraría con acordarme cómo se desgañitaban la otra noche, al pie de mi ventana, aquellos herederos de los verdes y los azules, imitando una imagen aprendida y provocada por los televisores. Diego, en cambio, les ofrece, con este breve pero meditado prontuario, un saludable repertorio de remedios; y quienes aún aspiren a preservar sus talentos de esa avalancha que nos invade desde los smartphones y sus parientes digitales, adquiéranlo; les aprovechará y mucho.

En tanto y hasta llegar a estas líneas aún me aguardaban encuentros con Diego Doncel, Pedro Álvarez de Miranda e Ignacio Gómez de Liaño, que, pese a sus luminosas inteligencias, no me sacudieron el lúgubre presentimiento de las nuevas e impredecibles discordias que acarrea esa ley de vientre purulento. Y todo por capricho de un solo hombre, cuya etopeya ya describiera con un humorismo acerbo mi primo Vicente Valero-Costa en su Caimán (parte I y II, 2023 y 24). Ah; ¿pero qué hacer ante nuestra flaca memoria, cuando ya hubo un Manuel Godoy que, acosado por sus inepcias y aferrado con desespero a su alto ministerio, dejó, en el amanecer de otro siglo, al país postrado y encizañado para el resto de la centuria?

¡Pintan bastos, Max Estrella!

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