Corría el año 1989. Manuel Fraga, que había presidido la vieja Alianza Popular -rebautizadla ya como Partido Popular, con la incorporación de los democristianos del PDP y los liberales-, había prometido a Marcelino Oreja que sería éste quien le sucedería en la presidencia del partido. La reválida de su liderazgo se verificaría a través de las elecciones europeas, cuya candidatura encabezaría el conocido diplomático.
Oreja se entregaría muy animado a esa campaña, aunque los que nos encontrábamos ayudando al éxito de su empeño, desde procedencias diferentes a las del partido conservador, advertimos muy pronto la desidia en la colaboración -cuando no la obstrucción deliberada- de las gentes de AP a que progresara el empeño de su viejo patrón. La fotografía del candidato no podía disponer de peor calidad, los carteles quedaban depositados en un rincón de la sede sin nadie que los pegara y las oficinas del partido en la bilbaina calle de Henao permanecían cerradas en pleno domingo de campaña -recuerdo todavía al dirigente del PDP, Julen Guimón, arrojando piedrecitas contra los cristales del local por si alguien estuviera dentro-. Los aliancistas pretendían que, llegado el caso, el nuevo líder del partido procediera de sus filas, asegurando así la protección de sus intereses. Y lo lograrían en la persona de José María Aznar. Pero esa última es ya otra historia.
No fue ésta la única causa del pobre resultado de la candidatura del exministro de Exteriores (3.400.000 votos y quince escaños, dos menos que en las anteriores elecciones). También formaría parte del relato la irrupción de la agrupación electoral de Ruiz Mateos, que obtendría dos escaños -precisamente los mismos que perdía el PP en relación con AP- y más de 600.000 votos.
Se ha evocado el caso del empresario jerezano cuando en la pasada noche electoral los resultados confirmaban -y mejoraban- lo que ya habían anunciado los sondeos: la plataforma “Se acabó la fiesta” se hacía con 800.000 papeletas y con tres escaños. No ha aparecido su líder, Alvise Pérez, en los medios tradicionales de comunicación, pero sí ha recibido las insospechadas menciones del cuasi-candidato, Pedro Sánchez, que le aupó a esa especie de “eje del mal”, junto con el PP y Vox. Algo parecido a eso hizo el líder socialista francés, François Mitterrand, cuando despertaba a la fiera dormida de la derecha extrema lepenista que triunfaba el domingo en el país vecino. Ocurre en ocasiones que, antes de practicar cordones sanitarios, hay quien se aplica a inocular el correspondiente virus contagioso.
Quedamos pendientes de conocer lo que ocurra con los que nos anuncian el final de los festejos -poco creíbles, por otro lado, en un país que ha hecho de la fiesta una buena parte de su razón de ser-, si seguirán adelante con sus promesas singulares de reparto de sus sueldos -¿recuerda el lector lo que le duró a Pablo Iglesias su compromiso de viajar en low cost a Bruselas y Estrasburgo?-, de si aspirarán a convertirse en partido político y, con ello, arruinar buena parte de su pretendida frescura, y de presentarse a las elecciones convencionales, esas que no soportan con tanta facilidad los votos del enfado mayúsculo que sienten buena parte de los jóvenes, y por extensión, amplios sectores de la sociedad española.
Pero más allá de las decisiones que les comunique Alvise Pérez a sus “ardillas”, conviene resaltar que nuevamente el PP de Feijóo ha ganado las elecciones sin ganarlas de verdad. Esta nueva victoria, pírrica, como la del julio pasado, viene a dejar las cosas en el estado en el que se encontraban antes. Una vez presentadas las europeas como un plebiscito entre el candidato a la presidencia y el presidente en ejercicio, la victoria de éste tiene un sabor amargo. Se lleva Feijóo los votos de Ciudadanos a cambio de integrar en sus listas -ahora y antes- a una buena colección de liberales que optaron por abandonar sus carnets de tales. Poco más. No sabe tampoco cómo situar a Vox en su particular ecuación estratégica, y ahora le sale un grano -episódico o no- con un grupo de activos roedores.
Y más allá también de lo que ha ocurrido en estas elecciones, conviene principalmente mirar -como siempre- a lo que acontece en Cataluña, pues de allí, y no de la escasa capacidad obstruccionista del PP, es de donde puede proceder la cancelación de la legislatura. Como el día de la marmota, el parlamento de esta región vuelve a incumplir el mandato del Tribunal Constitucional, y no presentará como candidato a la investidura al líder socialista sino al prófugo Puigdemont, lo que podrá conducir a nuevas elecciones autonómicas, condenando a los ciudadanos catalanes a la extenuación y al retraso en la solución de sus problemas reales, acentuando su retroceso económico respecto de otros lugares del país, como ocurre con su denostada Madrid,
Si al final, carente de los necesarios apoyos parlamentarios, Sánchez debe anticipar las elecciones, nadie sabe muy bien si Feijóo pasara de ganar simplemente otra vez, o si en este caso podrá incluso gobernar. El infinito empate entre el PSOE y el PP sólo lo resolverán los soberanistas, y lo harán siempre en favor de quien más esté dispuesto a ofrecerles.
Por eso, toda vez que el liberalismo español ha quedado limpio de quienes han preferido la facilidad del cargo institucional a la dificultad de cargar con el peso de defender un proyecto reformista, urge poner todos los medios para que emerja un tercer partido que permita a nuestro país gobiernos nacionales que no dependan de quienes no quieren precisamente eso: que exista nuestra nación.