Aunque el lector seguramente se encuentre con posiciones mías que conoce, me parece que la entrevista que recientemente me hizo Antonio Manuel Alvarez, joven investigador del Departamento de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la UAM, sobre la situación actual del Estado Autonómico para el Blog Federal, clarifica algunos puntos esenciales de una problemática que justificadamente nos agobia. Pido también disculpas porque la pieza es algo más larga que mis recuadros habituales. La transcribo íntegramente.
P-Desde el punto de vista constitucional, ¿Es España ya un Estado federal? En caso negativo ¿Qué lo diferenciaría de otros países aceptados como federales?
Yo suelo hablar de “forma federativa”, que es una expresión que utiliza una persona a la que tengo gran respeto: José Miguel de Azaola. Es autor de “Vasconia y su Destino”, un libro en 3 tomos que aparece hacia el año 1973. Azaola fue un estudioso de Europa, la regionalización y del entonces “futuro” del País Vasco. Él utiliza esa expresión, “forma federativa”, que yo hago mía.
También sigo al profesor Koen Lenaerts, constitucionalista y actual presidente del Tribunal de Justicia de la UE. Según Lenaerts, hay federalismo desde el punto de vista institucional cuando se cumplen los siguientes tres elementos: un gobierno compuesto con estructuras territorialmente establecidas; una delimitación competencial en el máximo nivel normativo; y, por último, una instancia jurisdiccional que resuelve los conflictos. Esa es una definición a la que yo me acojo.
Por otra parte, es conveniente distinguir el federalismo desde el punto de vista institucional y el federalismo desde el punto de vista cultural o espiritual. La cultura federal es una cultura de la transacción, la creencia de que los conflictos se resuelven por la vía jurídica y no como conflictos identitarios, el acoger el pluralismo…
Teniendo en cuenta las dos referencias – la institucional y la de la cultura – no hay demasiado problema en reconocer el Estado Autonómico como federal. Y autores como el propio Lenaerts no tienen ninguna duda sobre que España es un sistema federal en la práctica.
Siempre se habla de que hay singularidades de nuestro Estado Autonómico en relación con la planta federal más común. Por ejemplo, quizás la particularidad foral tiene un encaje menos discutible en nuestro Estado Autonómico que el que pudiera tener en un sistema federal; eso puede ser una ventaja para el sistema autonómico, pero también podemos hablar de desventajas. Por ejemplo, el sistema institucional federal da más importancia – por ejemplo en la variante alemana – a los amarres federales (federal instrumentalities) como las conferencias de presidentes o de gobiernos. A su vez, el propio nombre “federal” o la denominación de “Estados” (aunque sean Estados no soberanos o no originarios) son ventajas en el nivel nominal que tampoco son despreciables. También podemos hablar de la derivación de las competencias residuales a los Estados y no al centro… Son elementos de horizonte desde el punto de vista federal que pueden ser útiles para el desarrollo del Estado Autonómico.
P-En comparación con el grueso de Estados Federales, ¿se ha extendido más el Estado Autonómico hacia el autogobierno y menos hacia el gobierno compartido?
Sin duda. En este sentido, en el Estado Autonómico hay deficiencias que no se dan en el sistema federal, comenzando quizás por los rasgos culturales. Por ejemplo, respecto al principio de subsidiariedad: no se trata de agrandar sin más el capital político de las CCAA (los “Estados”), sino que se debería admitir el criterio de “¿quién puede llevar a efecto una competencia mejor?”, porque hay cosas que sí demandan una decisión ultracomunitaria. Hay que tener en cuenta también que el ejercicio de las competencias tiene que llevarse a cabo de acuerdo al principio de lealtad, esto es, no perjudicar a los demás Estados y ejercer el poder con más información y colaboración entre las distintas unidades de gobierno. Todo esto está más trabajado en el discurso federal que en el discurso autonómico. Desde el punto de vista de la cultural federal, esto es muy importante.
A su vez, la asimetría en principio no se produce en los sistemas federales, aunque tampoco podamos identificar el “federalismo” con la homogeneidad. En ese sentido, el asunto de Cataluña o País Vasco es un problema que en un sistema federal tiende a no ocupar un espacio tan grande. ¿Es el federalismo la solución? El federalismo es un pensamiento que permite subrayar los elementos que hablábamos (lealtad federal, subsidariedad) pero hay resistencias a esto, y no sabemos bien cómo manejarlas: hay que respetar y reconocer a los elementos, pero también hay que contar con que los elementos estén dispuestos a su inclusión y a disfrutar de las ventajas de esta inclusión… La confluencia entre las exigencias de las partes y las necesidades del conjunto es difícil de alcanzar, pero en esas estamos. Federalismo es, en definitiva, una voluntad de conjugar la unidad y el pluralismo. Exige un punto de equilibrio que tiene que ser de las partes y del todo: la federación renuncia a la imposición, pero las partes tienen también que reconocer ventajas en la casa común. Es un equilibrio que siempre es provisional, pero creo que con ventajas para todos.
P-¿Entonces, puede funcionar el federalismo como respuesta frontal al secesionismo?
La secesión es la antítesis del federalismo, que es un pacto entre quienes renuncian a irse (y a amenazar con irse) a condición de que se les reconozca un autogobierno y una contribución cordial a la cultura común y al funcionamiento del sistema. Es una fórmula difícil basada en la simpatía y en la convicción de que merece la pena estar juntos. Pero claro, las partes tienen que ser atendidas y escuchadas. Pasa como en una relación ¿cuándo te puedes ir? Cuando no se te escucha, cuando se te desconsidera… El problema es delimitar cuándo es lícito determinar que se ha llegado a esta situación… y aquí suele haber planteamientos que no siempre son racionales.
El problema del independentismo es su razonamiento sobre “¿por qué te quieres ir?”, porque a veces la respuesta honesta a esta pregunta es dura y está basada sencillamente en la insistencia pertinaz a cultivar la identidad. Con facilidad, esto puede acabar en una desconsideración o desprecio hacia los demás… y eso hay que denunciarlo. Por lo tanto, para mí la pregunta importante es “¿por qué se quieren ir?”, y se debe comprobar si la respuesta es coherente con determinados criterios de racionalidad y ética.
Desde una perspectiva de izquierdas, hay que pensar que el instrumento de la solidaridad es el Estado, que es el que garantiza unos determinados niveles de igualdad. Las regiones que “se quieren ir” son precisamente las más desarrolladas, no hay más que ver la acumulación de capital en Euskadi o cómo Cataluña se ha asegurado un mercado. Aquí hay una reflexión inevitable desde el punto de vista de la izquierda. Y si pasamos a momentos más próximos: ¿qué se intentó en el procés? Una revuelta institucional.
Pero estos son planteamientos racionales que no sé si están hechos en la clave desde la que muchos plantean el debate. Es una situación difícil. Pero hay que pensar en lo que decía Cervantes: “solo conocemos el bien cuando lo hemos perdido”. ¿De verdad no vamos a ser capaces de afrontar este problema en términos razonables? Hay que pensar que sí
P-Teniendo en cuenta el amplio autogobierno en el que ha derivado el sistema autonómico ¿Cómo se explican los problemas en términos de reconocimiento que dicen sufrir muchos habitantes de ciertas comunidades autónomas? ¿Es el autogobierno una receta insuficiente para paliar las tensiones en territorios como Cataluña o País Vasco?
Yo no comparto la idea de que el Estado Autonómico haya fracasado. Basta pensar lo que hubiera ocurrido si no hubiéramos tenido Estado Autonómico. Juan Pablo Fusi ha afirmado con lucidez que el Estado democrático constitucional y descentralizado que tenemos es un adversario para las fuerzas centrífugas de pretensiones soberanistas. La respuesta del Estado Autonómico valora el pluralismo territorial y cultural, y desde el punto de vista racional sus logros son importantes, hasta el punto de que identificamos claramente el Estado democrático con el Estado Autonómico.
El pluralismo es, además de una asunción inevitable en el caso español, un valor a perseguir. Por eso yo no apoyo el modelo francés, plasmado en frases como la que se le atribuye a Napoleón “Son las nueve, ahora mismo todos los niños de Francia están entrando en la escuela”. Yo no le encuentro valor a esa pretensión de uniformidad.
Como decía, la descentralización en España se ha equiparado a la democracia. Con todo, sí que cabe hacer correctivos institucionales y no cejar en la defensa del Estado, en el buen sentido de la palabra: la justificación de lo común y defender que un cuestionamiento de esto sería una regresión.
P-Mencionaba antes la relevancia de los elementos simbólicos para paliar problemas de reconocimiento. ¿Considera que la no denominación de las CCAA como “Estados” o el elevado número de unidades “federadas” en España pueden ser elementos problemáticos de cara al reconocimiento de los territorios con más pretensiones identitarias?
Yo, en general, estoy de acuerdo con el desarrollo del sistema. Quizás, la sentencia del Estatut no responde del todo a mi discurso, siendo quizás menos empática hacia lo que Cataluña podría esperar, aunque en conjunto puede considerarse equilibrada… Pero tampoco creo que la diferenciación entre nacionalidades y regiones debiera haber tenido una traslación institucional más clara en el desarrollo autonómico. Pensaría que es una regresión democrática renunciar a una igualdad sustancial entre territorios. La pretensión de diferenciación constitucional o normativa entre CCAA no me parece razonable.
Por supuesto, las CCAA no son iguales en la práctica, cosa que decía también Azaola. Por ejemplo, yo soy partidario del régimen foral, que creo que fue un gran acierto del constituyente; no se podía defender un sistema pluralista que no se hiciese cargo de la experiencia foral, ni siquiera un foralismo rebajado era una opción prudente; el problema puede estar en el cálculo del cupo o en el funcionamiento de los instrumentos de compensación interterritorial…. En definitiva, las CCAA son diferentes desde el punto de vista geográfico, histórico, y de entidad económico-política. La Rioja nunca será igual que Cataluña por mucho que pueda tener unas competencias parecidas.
Yo creo en el reconocimiento del pluralismo territorial. Suscribo la tesis de que España es una nación de naciones, no tengo ningún inconveniente. Incluso la sentencia del Tribunal Constitucional 31 /2010 sobre el Estatuto catalán permite la existencia de símbolos nacionales, y no habla de símbolos nacionalitarios. Quizás el sistema sí podría ser más explícito en lo que ahora es una simple asunción constitucional: el reconocimiento del pluralismo territorial como valor. Pero, por ejemplo, también te digo que me ha parecido mal la última reforma del reglamento del Congreso sobre el uso de las lenguas; una cosa son las instituciones comunes – diferenciando entre Congreso y Senado en tanto que cámara territorial – y otra cosa es la posición de las CCAA, donde realmente juega el pluralismo territorial.
En todo caso, para mí el marco es generalmente correcto y goza de un desarrollo prudente. El Estado Autonómico tiene su mérito y se tiene que poner en valor. Como experiencia de descentralización y como forma democrática y cuidadosa con la experiencia histórica, me parece que el Estado Autonómico es un logro.
P-Esta entrevista responde a la asociación de Madrid Federal, que reúne a ciudadanos madrileños a favor del Federalismo. Siendo usted originario del País Vasco y conocedor de muchas otras realidades territoriales españolas, ¿Falta en Madrid cultura Federal? ¿El mito del Madrid funcionarial y centralista es un problema real de cara a avanzar hacia un modelo más federal y territorialmente equilibrado para España?
El otro día, cuando presenté a Maritxell Batet en un acto en la Universidad Autónoma de Madrid, hice referencia al poeta catalán Margarit y aventuré: “no sé si ustedes lo conocerán”. Lo cierto es que previamente había suprimido un párrafo donde decía “seguramente lo desconocerán, porque en Madrid solo se conoce lo de Madrid”.
Pero a este respecto hay que decir dos cosas.
Por un lado, sí hay cierto centripetismo en Madrid. Azaola tenía una visión exagerada de lo que era Madrid, y decía “hay que desmochar Madrid”, para poner de ejemplo el ideal de Brasilia como capital puramente administrativa. Sí es cierto que existe una cultura política centrípeta. Estoy con Juan Pablo Fusi cuando dice que el español verdadero es el español de provincias. Y a mí me gusta la dedicación que tienen a su tierra las personas de distintas partes de España, me gusta que haya conciencias regionales tan marcadas, no solo en Cataluña, Euskadi o Cataluña… y es cierto que en ocasiones eso se trasluce poco hacia el centro. Por ejemplo, hay un libro formidable sobre la Guerra Civil: El Abrazo de los Muertos, de José de Arteche (una especie de Josep Pla vasco); es un diario sobre la Guerra Civil con unas cosas estremecedoras. Pues bien, no sé si los estudiantes de historia contemporánea – ya no te digo la gente normal – sabrán quién es José Artetxe.
Pero, por otro lado, donde se conoce a España es en Madrid. Lo que es el País Vasco, Andalucía, Cataluña… también resulta de lo que hacen sus gentes y de las relaciones que tienen en Madrid. Yo he conocido a muchos gallegos en San Sebastián, en Trintxerpe, un barrio al que se le llamaba la “quinta provincia gallega” y donde habitaban gentes que procedían de localidades con nombres muy musicales: Cambados, Vilagarcía de Arousa…Pues pasa igual en Madrid, porque donde conoces a España es en Madrid. Por eso tiene mucho sentido que haya una reflexión en Madrid sobre federalismo, porque es un lugar donde habitamos todos.