Son difíciles los tiempos que nos han tocado. Dos guerras cruentas y solapadas, con mayoría de muertes inocentes, nos horrorizan en un mundo que no abre puertas hacia una mejor y más justa convivencia. Los enfrentamientos internos de muchos países afectan a sus pueblos. A veces cuesta aceptarlo, uno se niega ser pesimista, pero en la realidad todo tiende a empeorar. Comunicación efectiva por un lado y violencia desenfrenada por el otro. De nada nos han servido las cruentas experiencias de espantosas pasadas guerras ecuménicas como tampoco las actuales aproximaciones virtuales que nos acercan los unos a los otros; si bien avanzamos en el tema de internet e inteligencia artificial, y lo que se logra en un año es quizá el equivalente a mil años anteriores, la contundente frase de Plauto: homo hominis lupus (el hombre, lobo del hombre), está acaso más vigente que nunca. Los tiempos modernos, poco alumbran, o son apenas una luz abstracta para la humanidad; en todo caso, una débil lamparita que parpadea sin brillar.
La Argentina, con insólitas secuelas de corrupción y desmesurados enfrentamientos ni políticas de Estado que marquen un rumbo, no deja de ser una excepción del desorden universal. Tomando los anteriores gobierno como paradigma no se pueden calificar de inmorales las repetidas palabras del presidente Javier Milei, aunque sí lo aproximan a la ira y al desenfreno en la mayoría de los casos; asunto poco favorable para un presidente. Si bien los antecedentes de los Gobiernos anteriores son aterradores, sus recientes declaraciones, se las puede considerar en el límite de lo alarmante, maniqueas, y compulsivas. Sus repetidos ataque al Parlamento, lo que Milei denomina “la casta”, calificándola de “nido de ratas de la política”, lo pone en contradicciones insuperables: no se puede ser un anarquista en la senda de Prudon, Bakunin o Malatesta y encabezar la destrucción del Estado; sobre todo cuando se es el Jefe de ese Estado después de haber llegado al cargo por vía de elecciones democráticas.
Sin embargo, apenas el libertario asumió el poder una de sus aspiraciones fue enfrentarse con el orden institucional para entronarse como un sujeto elegido “que viene del futuro para destruir a este sistema”, autocalificándose como un Exterminator y formulando declaraciones bastante fuera de contexto a The Free Press, que acaso pueden parecer simpáticas a cualquiera que no habite en suelo argentino; pero a los que estamos aquí no dejan de preocuparnos. No fue todo, declaró frenético que ama ser el topo dentro del Estado “porque desde adentro me he propuesto destruirlo. Soy el que está por encima de todo para cumplir esa función. Lo mío es como estar infiltrado en las filas enemigas. La destrucción del Estado la tiene que hacer alguien que odie al Estado, y yo lo odio”. Contradicción insuperable desde todo punto de vista.
Ahora bien, mirando el modo en que está conduciendo la administración pública y las increíbles torpezas e inconsistencias de su gabinete podríamos colegir que el topo está logrando su misión con creces; pero hacia dentro, y a qué precio. Es decir, destruyéndose a sí mismo y a su propio entorno en muchos casos. Por otro lado no tiene gente de confianza para cubrir los cargos de la función pública, donde por lo menos se necesitan 3 mil hombres de confianza. El reciente escándalo al mando de una persona de su máxima confianza en un Ministerio muy sensible lo confirma. Es algo penoso y aún no resuelto del todo, que deja muchas dudas. Sobre todo porque se trata de alimentos para aquellos que los necesitan imperiosamente.
Qué destino desafortunado y paradójico el de la Argentina en esta nueva experiencia. Los estatistas anteriores casi la fundieron; ahora el libertario, como si fuera poco, dice que vienen a derruir el máximo organismo que la sostiene, aún con sus deficiencias. Todo es posible, y así como se asumieron enormes barbaridades, hemos conseguido también que las palabras (con lenguaje inclusivo incluido) pierdan su significado y hasta podemos pasar por alto la admisión de un presidente constitucional que tiene la intención, no solo de reducir el Estado, que puede ser lo lógico y aceptable, como postulaba Herbert Spencer, sino directamente demolerlo desde adentro.
Tarea menos posible que alucinante, pues el Parlamento le es mayoritariamente adverso al Presidente; al tiempo que el sistema republicano, le impone obedecer las normas de la democracia por las cuales está juramentado y debe respetar. Creemos que acaso no es necesario repetir que no estamos en una dictadura y las reglas de juego en ese sentido son invariables; el cesarismo no admitido por la mayoría que lo votó, no encaja en el sistema republicano; menos la diarquía presidencial que pretende imponer para cogobernar con su hermana tarotista. En idéntica dirección, es imperioso advertirle que los programas de gobierno no se aplican a objetos físicos sino a una sociedad humana, que la está pasando muy mal y cuyo primer objetivo debe ser la garantía de su bienestar. Si bien las finanzas son importantes, también lo es la economía del día a día que humilla el bolsillo de los ciudadanos. La recesión crece aunque la política financiera quiera hacer creer que baja la inflación.
A este arduo caso se agrega la situación caótica de un Gobierno sin gente idónea ni de confianza, que empiezan a sumar nuevas crisis en otros frentes; tal como sucede con los jubilados, que no solo no llegan a fin de mes con un sueldo mínimo, que no supera el equivalente de 200 dólares mensuales. Por otro lado, si se compara con lo que cobran pueden llegar a más de 50 veces menos de lo que gana un diputado o senador jubilado de la “casta”, que Milei dice haber venido para destruir. Las ensoñaciones no son malas, pero en el caso concreto de gobernar no encajan.
A tantos desatinos, tampoco faltan escándalos concretos como el del Ministerio de Capital Humano, que también puede ser leído no solo como un acto de ineficiencia o inoperancia, sino además de corrupción. Hay gente que no come porque un grupo casi ignoto de funcionarios no entregaba los alimentos almacenados. El velo final aún no se corrió y lo que ocurre allí es comparable a una película de misterio, o de terror. Después se encontraron algunos culpables que fueron echados; pero, como frutilla del postre, una vocera con antecedentes de apostasías casi mafiosos, en paralelo con funcionarios que cobraban sobresueldos por un convenio firmado con la OEI (Organización de Estados Iberoamericano) acrecentaron el bochorno.
En fin, una película que sigue con una Justicia intocable que dio razón al denunciante, mientras el Gobierno acusa a los magistrados de parcialidad aunque empieza a acatarlos (porque no le queda otro camino). El tema de los fundamentales alimentos aún no concluyó, y hasta el Papa parece estar presente, ya que se abrió un comedor comunitario dentro de la Catedral Metropolitana. Un signo de que la Iglesia toma partido en el deplorable asunto del hambre.
Por ahora los pobres y un sector de la clase media, que cada día está más empobrecida, son el sector social más enojado con el Gobierno, la mitad de ellos votaron en el balotaje, esperanzados en Milei, pero hoy son un sector crítico ante el sacrificio que propone el Gobierno. Según encuestas de la Universidad Católica Argentina (UCA), 6 de cada 10 pobres creen que la política económica del Gobierno generará más desocupación y pobreza. Y otro tanto ya empieza a evaluar negativamente a Milei. Desde hace más de un mes los economistas que fueron aliados del Gobierno vienen advirtiendo que sigue sin resolverse la cuestión del dólar, y sin definirse un plan de estabilización. Enojoso asunto que, como se ve, la macro economía no consigue solucionar, aunque haya logrado una aparente victoria en la votación de la llamada “Ley bases”, que luego convocó a descontentos que fueron duramente reprimidos.
En tanto Milei sigue tratando de burros a sus rivales y los acusa de no entender nada. Los mercados económico-financieros, que no son nada lentos para reaccionar, no parecen sensibles a su prédica ni a la del ministro de economía, que afirma que lo peor ya pasó, mientras los bonos caen, el riesgo país sube y el dólar encuentra un nuevo piso. Tampoco los empresarios parecen creerle. Es la segunda vez que públicamente se les pide que inviertan, pero esas inversiones no aparecen; tampoco favorecidos por el ahora llamado “Régimen de Incentivos para Grandes Inversiones (RIGI)”, que en este momento se está debatiendo en comisiones de ambas Cámara. El RIGI, como se sabe, es un régimen normativo especial que se aplicaría únicamente para “grandes inversiones”; esto es, inversiones que superen los 200 millones de dólares, buscando atraer inversiones en Agroindustria, Infraestructura, Minería, Energía y Tecnología.
En tanto no es bueno que en el día a día se siga hablando de corrupción, incompetencia y un piso para una inflación que parcialmente favorece al Gobierno, pero para nada se percibe en la calle. La gente cada día cree menos en los profetas ecuménicos ni tampoco que el sacrificio sin hechos concretos. Muy sencillo, los números no cierran y los conflictos no se resuelven con una retórica meramente esperanzada. Como conjeturaba un ya legendario líder, la única verdad es la realidad. Aunque duela y a muchos les resulte incómodo.