En Crónica de un fracaso. Afganistán, la retirada, la periodista Mónica Bernabé nos presenta una obra tan oportuna como reivindicativa que a más de uno le sacará los colores. La autora condena desde la primera hasta la última página la inacción y el olvido de Occidente hacia el citado país asiático, después de una presencia ininterrumpida en el mismo durante el periodo 2001-2021.
Mónica Bernabé pone en perspectiva al lector, haciéndole que recuerde que los atentados del 11-S de 2001 se idearon en el Afganistán gobernado por los talibanes, un país en el que halló cobijo Al Qaeda. A partir de esa fecha, la guerra contra el terrorismo monopolizó las agendas de gobiernos y de organizaciones internacionales. La intervención militar de Estados Unidos en octubre de 2001 (Operación Libertad Duradera) significó la respuesta.
La propia autora acudió como reportera de El Mundo, narrando en tiempo real el escenario de terrorismo en que se tradujo la respuesta talibán a la presencia de Estados Unidos y de sus aliados. Ello le brinda un conocimiento del objeto de estudio que traslada al lector, describiendo sin sensacionalismos ni buenismos la realidad cotidiana (inseguridad, corrupción de las elites políticas afganas, violencia contra las mujeres…) que afrontó en el desempeño de sus tareas informativas.
Con todo ello, Washington fue rebajando sus metas. Así, descartó convertir a Afganistán en una democracia, conformándose únicamente con lograr su “estabilidad”. Este viraje se reflejó en la cuantía del compromiso militar y humanitario, que se fue reduciendo de manera notable a partir de la segunda administración encabezada por Barack Obama (2012-2016). Como resultado, Afganistán “había pasado de ser un país prioritario para la comunidad internacional en cuestión de ayudas a casi no figurar en la agenda mundial” (p.103).
Aún con todo ello, la ignominia occidental no había llegado. En efecto, en el año 2020 el gobierno de Donald Trump firmó con los talibanes el Acuerdo de Doha que ponía por escrito la capitulación de Estados Unidos y, por extensión, de la comunidad internacional, a pesar de la rimbombante declaración de intenciones que contenía el citado documento (“traer la paz”).
La retirada definitiva decretada por Joe Biden simplemente aceleró la ofensiva talibán con las consecuencias que todos sabemos. Por un lado, rápida caída del gobierno de Ghani; por otro lado, desplazamientos masivos de población. En palabras de Mónica Bernabé: “Un minuto antes de la medianoche del 31 de agosto, el último avión militar estadounidense despegó del aeropuerto de Kabul. De esta manera Estados Unidos ponía fin a la guerra más larga de su historia, y volvía a dejar a Afganistán en manos de los talibanes. Millares de muertos, millones de dólares invertidos y veinte años de dolor y sacrificio, para volver a la casilla de salida” (p.165).
Por tanto, puede afirmarse sin temor a error que hemos regresado al 10 de septiembre de 2001, predominando un vacío informativo absoluto sobre Afganistán que Bernabé condena. En este sentido, cuestiones como las prohibiciones impuestas a la mujer afgana (por ejemplo, imposibilidad de trabajar en las ONGs nacionales o internacionales o de estudiar en la universidad), carecen de cobertura. Sólo la Unión Europea, que reabrió su oficina en Kabul, y la ONU a través de la UNAMA, gozan de una tímida presencia en terreno, aunque su aportación ni reduce la pobreza, ni socava la violencia.
La paradoja de toda esta sucesión de acontecimientos es tangible: a Occidente se le llena la boca con los Derechos Humanos, mientras en Afganistán no hace nada para defenderlos. No reconocer como legítimo al actual gobierno talibán es, simplemente, una medida de cara a la galería con la que se busca tranquilizar conciencias.