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TRIBUNA

El humorista de la alegoría

lunes 24 de junio de 2024, 21:05h

Entre la marejada de sucesos nacionales e internacionales, en algún momento de sosiego, habrán sabido que este mes se ha cumplido el centenario de la muerte de Franz Kafka, en el sanatorio vienés de Kierling; el único novelista del pasado siglo cuyo adjetivo derivado, kafkiano, designa una circunstancia humana universal, incluso —y he ahí lo admirable— anterior a su propio nacimiento. En realidad; tras Shakespeare no ha habido otro literato —ni tan siquiera pensador— que haya sido más certero para definir los efectos del poder sobre (o contra) el hombre; y si el genio de Stratford-upon-Avon nos diseccionó escena a escena la seducción corrosiva con que tal pulsión obra en el alma humana; Kafka, sin duda por su empleo de diligente administrativo en una compañía de seguros, la revirtió y supo plasmar en todas sus novelas la angustiosa y ofuscadora situación donde se halla el individuo cuando se enfrenta —sea por la causa más nimia o por la más rotunda e inapelable— a ese laberinto inextricable y a la vez solemnísimo con que se nos ha presentado siempre el poder. Y ya ha podido maquillarse en la actualidad con luminosas y funcionales dependencias, donde comprensivos funcionarios atienden al ciudadano con una amable sonrisa que, luego, siempre asoma un pulcro y amargo reglamento con una línea demoledora de cualquier esperanza. La secuencia siguiente de sobra la conocen: el individuo se halla en mitad de la acera, desolado y cada vez más empequeñecido, ante la mirada indiferente de los transeúntes.

Ese anonadamiento, ese terror blanco y vacío, sentido por todos en más de una ocasión, nadie como Kafka, ni antes ni después, fue capaz de plasmarlo en un relato; por ejemplo, en El proceso (1925) o en El castillo (1926) —ambos títulos póstumos e inconclusos—, y la huella de estos y el resto de sus cuentos, en cuanto fueron difundidos por doquier, impregnó profundamente tanto a la literatura como al otro gran arte narrativo: el cine. Pues como ejemplo claro de kafkianidad recuerdo la siempre asombrosa y estremecedora —tanto que la censura en España le añadió una coda final en off para no espantar al público— El ladrón de bicicletas (1948), de Vittorio de Sica y Cesare Zavattini; ¿o cómo no calificar de kafkianas algunas películas de David Linch como Cabeza borradora (1977), o Twin Peaks (1992), o Carretera Perdida (1997); incluso en superior grado a la portentosa adaptación fílmica de El Proceso por Orson Welles, en 1962? ¿Y acaso El tercer hombre (1949), de Carol Reed, no debe a Kafka su embrujo narrativo o aquellos turbios doctor Winkel y el barón Kurtz? Aunque, al cabo de los años, permítanme que considere Sombras y niebla (1991), de Woody Allen, la más kafkiana de las películas que haya visto, tanto por su trama —un explícito homenaje, comenzando por el protagonista, llamado Kleinman; o sea, el Josef K (o simplemente K) del par de novelas anteriormente citadas— como por urdirse con los dos elementos sustanciales de la narrativa del judío praguense: el humor y la alegoría.

Si Kafka tuvo la genialidad de optar por ese subgénero llamado alegoría —eso sí; sin una empalagosa moraleja como bordón— para tramar sus relatos más significados, exonerándolos de todo marco temporal y geográfico para convertirlos en sobrecogedoras parábolas universales, desvelando, con este ejercicio, una faz de la angustia humana común a todas las épocas; su otra argucia, el humor, es algo que ya desconcertó a sus propios amigos, como escribió Max Brod, cuando les leyó La metamorfosis (1915). Su ironía —o más bien, su sarcasmo— sobre la trágica tribulación humana me resultó cuando la leí por primera vez —y aún hoy— inalcanzable; mi alemán entonces era inexistente y ahora es ridículo, y sin un dominio profundo de esa lengua es imposible captar tan particular característica; es más, no conozco traducción al español capaz si quiera de insinuarla. Aunque añadiré en disculpa de los traductores que incluso sus amigos del Enge Prager Kreis lo miraban entre incrédulos y atónitos cómo les recitaba con una sonrisa e incluso con alguna ocasional carcajada las cuitas de Gregorio Samsa al despertarse convertido en un horrible y aparatoso insecto. Pero como si no le fuese suficiente con sus escritos, él mismo encarnó el cruel sarcasmo durante sus últimos días en aquella clínica de las afueras de Viena, cuando, siéndole ya imposible digerir cualquier alimento que no fuese líquido, corregía las pruebas de imprenta de Un artista del hambre (publicado por primera vez en 1922) para la editorial berlinesa Die Schmiede; y si les cabe alguna duda sobre esta —no sé si calificar de macabra— coincidencia, lean el cuento y quedarán estremecidos.

En efecto; Kafka, hasta en sus últimos instantes, fue el genio que elevó a gran literatura los tradicionales chistes judíos, donde su narrador —Isaac, Salomón, Mordecai…— sufre una inoportuna desgracia que, en su enrevesado patetismo, no consigue sino desternillarnos de la risa. Es una de las más singulares virtudes de ese pueblo —especialmente de los askenacíes—: su capacidad para la burla; y para ser esta inteligente, debe comenzar por ejercerse sobre uno mismo; me basta recordar al caso otra memorable película: El tren de la vida (1998), de Radu Mihăleanu, quien, como Franz Kafka, se aficionó —y hasta practicó— previamente el teatro yiddish y, por tanto, conocía minuciosamente esa peculiarísima interpretación de cualquier tragedia como una estrepitosa comedia. ¿Y acaso hay forma más sabia de celebrar la existencia?

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