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TRIBUNA

Mascotas

jueves 27 de junio de 2024, 19:48h

A la vez que hay bastante gente que se pregunta si las nuevas tecnologías no nos estarán dominando en exceso, diciéndonos lo que tenemos no ya sólo que comprar sino que pensar, existe la certeza de que cada vez las mascotas abundan más en los hogares a la par que los hijos han salido de ellos, o mejor dicho, aún no han entrado. Porque si hasta hace una década el problema en España era que los herederos, a los cuarenta, aún compartían techo con los padres tras una exagerada postadolescencia, en la actualidad y al no nacer, estos han sido intercambiados por perros y gatos que, aunque tampoco se marchan de casa, al menos, no pillan ni la herencia ni deciden qué programa hay que visionar cuando el almuerzo o la cena comienzan.

Yo amo a perros y gatos por igual, aunque haya convivido con varios felinos desde que, imagino, supe que no iba a tener hijos. Todo comenzó en Madrid, para luego seguir con mascotas a lo largo de dos décadas en Menorca, varias ciudades chinas, otras camboyanas, además de en Cabo Verde e Indonesia, sumando que en la isla de Sal llegué, en el colmo más molesto para aquellos que creen que los que tenemos gatos y no hijos es porque somos tan egoístas que hasta simulamos que mejoran a la descendencia humana, a alimentar por las calles sin asfaltar de Santa María a numerosísimos perros callejeros, varios de ellos sarnosos, todos rabiosos. Una vez, en aquellos días de excelso viento y sol con provocativo olor a salitre, me topé con la competencia: una señora francesa en chándal que en una furgoneta repartía pienso para perros de la misma forma que cuando yo acudía de niño a las cabalgatas de reyes los pajes tiraban los caramelos, todos, por cierto, con azúcar. Y que aquí estamos: vivitos y coleando. Sobre todo, esto último.

Pero bueno, que tanto prefacio para explicarles que las nuevas tecnologías dejan en la intemperie a las mascotas de los que, al menos en el caso que les voy a contar, no tienen hijos, o si los tienen, deben ya valerse por sí mismos, por lo que estarían viendo en el salón de sus casas, algún partido insulso de la fase previa de la Eurocopa, a la que si siguen aumentando el número de participantes –en la liguilla o fase previa eran 53, cuando en la fase final son 24; a la Eurocopa del 88 en la que Arconada erró, fueron sólo ocho selecciones–, y para que nadie se quede fuera (stop racismo), tendrán que acabar enviando cartas de invitación a Samoa, Mongolia y Belice, jugándose la final –de la Eurocopa, repito–, en la isla de Pascua.

Decía que una mujer hecha y derecha –o eso pienso; al menos no tenía 15 años–, debía enviar tropecientos mensajes a través de su móvil, tecleando como si fuera una secretaria recién contratada, cuando su perro, al que vi mear, y supongo, previamente debió defecar, jugueteaba con otro. Yo, para que no me crean demasiado observador, o ya puestos, zoofílico, simplemente bebía una cerveza Victoria cerca de casa, pensando en el caso Daniel Sancho y el libro que escribo, cuando me di cuenta de que aquel perro de la mujer era en realidad perra, o su homólogo sin correa ni dueño era homosexual, que dada la afición humana por la igualdad hasta entre mascotas y humanos, no dudaría un ápice en que existan los formadores veterinarios LGTBI, con la única diferencia de que los canes con la banderita de colores variados jugarían e incluso cagarían sobre ella.

Y eso. Que el perro sin dueño que en realidad luego supe que sí lo tenía –bebía cerveza en una terraza cercana, también obnubilado por el telefonito; delgadísimo y con gafas de culo de botella–, comenzó a cubrir a la perra de la mujer que seguía ensimismada en su diálogo, imagino guasapero, cuando tras la retahíla de intentonas, al fin la dueña se dio cuenta de la orgía que se le habría planteado si se hubiera fijado aún más tarde en la novedad: una que saca al perro a mear y regresa con el suyo y el que lo cubre, pegados, en el primer caso de la historia de un trío donde una mujer se iba a quedar como si nada.

Creo que las nuevas tecnologías, aparte de oscurecer la realidad a los seres humanos, permite que los canes follen más. O al menos, que lo intenten. Y luego que si me atracaron y yo sin haberlo previsto, ensimismada mientras me dieron el tirón y me quedé sin bolso ni móvil. Por cierto, me habría encantado ver a Nietzsche, recién llegado del pasado, en aquellos años que pasaba los inviernos en Italia, analizando lo que ya, para mí, es historia y literatura, además de anécdota.

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