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“Sinite pueros”

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 14 de noviembre de 2008, 22:34h
Beatificar a una niña, muerta tras una crudelísima enfermedad, parece una redundancia ontológica, un pleonasmo teológico. Máxime cuando los únicos santos vivos de los que podemos estar seguros son los niños, que transmisores de amor se alimentan de amor. Nunca he compartido ese agustinismo que ve cómo el pecado se acomoda a la edad del hombre desde que nace, herido en su alma de forma vitalicia y progresiva. No entiendo que en sus espléndidas Confesiones el Agustín adulto no perdone las ocurrencias del Agustín niño, pues seguro que nunca fue tan santo Agustín como cuando tuvo cinco años. Los niños son explosiones de Naturaleza, inmaculados soplos de Naturaleza – ese “puff” que evoca tan maravillosamente Amy Winehouse en su Back to Black -, y si son religiosos, la fe vive en ellos férvidamente, sin ningún esfuerzo del sujeto, como respiran unos pulmones sanos, sintonizando como nadie lo transcendente. Los niños naturalizan lo sobrenatural y perciben lo sobrenatural en las cosas más cotidianas ( el beso de mamá, la muñeca que duerme junto a las niñas, etc.). Los cachorros humanos nacen santos; es el mundo y su mala educación quien los estraga. Por eso los niños que mueren son santos, e incluso más, ángeles, y de hecho la Iglesia tiene para ellos la “Misa de Ángeles” y no de Difuntos.

Por eso, utilizar en una película la historia real de una niña ( Alexia ), que murió de cáncer y dolor creyendo y amando a Jesús, para atacar con rabia a una “partecica” de los cristianos, es un acto que sólo un fanático doctrinario puede percibir como algo bueno y no miserable. Invertir la muerte real de un niño para sacar un provecho ideológico es diabólico. ¿Cómo se puede instrumentalizar la vida rota de una niña, su dolor, para subrayar los prejuicios y obsesiones de unos adultos? ¿Ama con sinceridad a los niños quien toma sus crueles heridas – humanamente inexplicables, desde luego – como bandera y coartada para sus intereses de adulto, siempre bastardos? Naturalmente que no los ama, ni siquiera le interesan, sino que viola el alma santa de los niños. Nadie puede ni debe instrumentalizar a los niños, ajenos siempre a cualquier sucia controversia entre adultos. La suciedad insita en el alma canalla de un director de cine no debería manchar el alma limpia y buena de una niña que mató una espantosa enfermedad. Porque hay que ser muy canalla para presentar como un ser siniestro y fanático a la madre de la niña; sin duda el ser que más ha sufrido la pérdida de Alexia, que nació de sus entrañas. Es evidente que el director de ese panfleto cinematográfico no sabe lo que es perder un hijo. Dios quiera que no lo sepa nunca.

La tradición bélica occidental, de acuerdo con la ingente obra histórico-militar del General J. F. C. Fuller, ha intentado siempre mantener fuera del conflicto bélico a los niños. Desde luego ha habido excepciones. Tiestes, Agamenón o Hitler son buenos paradigmas de esa inhumana excepcionalidad. El director de “Camino” es otra excepción.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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