Entre los filósofos de nuestro tiempo uno ha declarado, con la contundencia que le caracteriza, lo siguiente: “claro que hay mucho machismo y seguramente en mi caso lo haya, porque soy un hombre de cincuenta años que arrastra consigo muchos micro y macromachismos de los que ni siquiera soy consciente”. Esta declaración magistral del ministro Oscar Puente ha de ser interpretada y a esa interpretación se orienta esta breve página.
Diría que a Oscar Puente alguien ha debido indicarle que sufre esos machismos mayores o menores, puesto que – siendo inconsciente – no habrá podido advertirlos él mismo, a no ser que sea consciente de su inconsciente, lo cual atenta contra el principio de no contradicción. Ahora bien, no me atrevería a concluir la imposibilidad de esa consciencia de la inconsciencia cuando se exige que sospechemos del principio mismo de no contradicción, puesto que la misma verdad y la realidad han sido declaradas fascistas.
En otro tiempo, el debate habría concluido aquí (ex contradictione quodlibet). En efecto, tras contradecirse el tal Puente puede concluir lo que le venga en gana. En este orden postmoderno la argumentación ha sido sustituida por la mera afirmación de la voluntad. Elija Ud. lo que desee, sin preguntarse de dónde procede ese deseo.
Los que todavía no nos hemos podido deshacer del prejuicio de la no-contradicción y seguimos llamándolo “principio”, diríamos que al Sr. Oscar Puente le han señalado sus machismos inconscientes los sujetos de conciencia esclarecida, los únicos que pueden hablar en nombre de la plena verdad porque han alcanzado la iluminación de una conciencia perfecta. Desde el vértice de la luz dictan qué gestos y actitudes, expresiones y fórmulas, quedan ocultos para los miserables inconscientes que sólo reconociendo su falta de luz pueden progresar mañana hacia la transparencia de los esclarecidos. Naturalmente, como todo el mundo sabe, la mucha luz ciega y estos seres de luz no ven tres en un burro.
Desde luego – como sabe bien este candidato a la perfección – en un varón blanco heterosexual de unos cincuenta años, para resumir en un viejo macho blanco, la carga de prejuicios es colosal. Por varón, por viejo, por blanco, por heterosexual… atributos de la oscuridad. Los prejuicios se llevan en la carne y en la piel, en el deseo y en la edad. Sólo los nacidos hoy en el umbral de todas las clasificaciones, son capaces de hablar el lenguaje de la razón sin las marcas de la tribu. Se liberan de los estigmas de la colonización, a costa de cargar sobre otros su visión dominadora.
Es natural que crezca el número de trastornos psicológicos que concluye en una normalización de la locura, de esa locura que no es más que la absolutización de la razón geométrica, que es la razón sin densidad y sin substancia. Es patético ver a este pobre viejo, más o menos caucásico, señalar en su rostro los estigmas de la culpa.
Actualiza Oscar Puente, de modo inadvertido porque es enorme la extensión de su inconsciencia, el mito de una culpa arraigada en las entretelas de su carne y en la forma de su rostro. Víctima de una ensomatosis que le condena a las sombras de una inconsciencia que sólo los amos de las siglas LGTBIQ+ podrían liberar incluyendo mañana su sospechosa figura en la lista de los salvados. Esas siglas LGTIBQ+ se leerán pronto: lesbo-gai-trans-bi-queer y Oscar Puente… sexuales.
Entonces podremos abrazar al ministro que ha vencido a las sombras del prejuicio y ha limpiado del todo – como quería Mallarmé – las palabras de la tribu. Algo le va a costar porque es de verbo muy activo. Los indígenas tendremos siempre vedado el ingreso en el reino del más vacío ser humano al que, supongo, alude ese símbolo matemático (+) con el que se pone fin a la letanía de las siglas y que, contra los hombres de carne y hueso, parece señalar al reino sin forma de una luminosa humanidad.