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TRIBUNA

Lo meteorológico

viernes 05 de julio de 2024, 20:14h

Ya saben que negar lo que se considera probado por la ciencia no es que sea pecado, es que directamente te transforma en nazi, como si Hitler alguna vez se hubiera preocupado por lo meteorológico. Pero quería contarles lo que a mí muy de vez en cuando me pasa cuando sintonizo –era domingo y las dos de la tarde– las noticias de fin de semana, que salvo guerra o similar, suelen ser informativos muy suaves, barnizados por el verano, la brisa y la próxima siesta. Que nadie quiere exaltarse en su día libre a la hora de comer.

Sin duda no fue así en el de Onda Cero que conduce los sábados y domingo Juan Diego Guerrero, al que conocí en los tiempos de RadioVoz en aquel excelso programa vespertino llamado Aquí somos así, que conducía Rafael Cerro. Y eso. Que recordando mis años adolescentes en España, dieron las dos y me puse a escuchar las noticias en la radio, en concluyente analepsis a lo una vez fui. Y sí, se habló de la muy próxima Noche de San Juan, con sus hogueras y sardinas, como también de fútbol, con la Eurocopa copándolo casi todo. Debieron decir algo sobre política, pero ya ni me acuerdo. Y claro, llegamos a lo meteorológico; que por eso estamos aquí.

Ese fin de semana donde ya era verano, las temperaturas no eran, para nada, altas. De hecho y en Málaga, donde estos días habito, llegaban a caer a las seis o siete de la mañana hasta los 16 grados, razón suficiente para taparte en la cama, por mucho que moleste a alguien. Y sí, que de día con el sol rozamos los 30. Pero claro, es verano, no vamos a rozar los siete bajo cero. Y entonces y sólo entonces, soltaron la bomba.

En aquel informativo había quedado claro que salvo en Córdoba y Sevilla las máximas apenas alcanzarían los 33 grados. Se movió Roma con Santiago, pero es que en Palma llegaban sólo a los 25 de máxima. Por lo que, ni corto ni perezoso, Guerrero anunció, para darle empaque a una sección desmotivada sin grandes desastres naturales, que en Roma habían sobrepasado los 50 grados. 50, ni uno más ni uno menos. Y uno, el que escribe, decidió abrir el Google, el cual no está, precisamente, gestionado por los nietos de Hitler, para al solicitar la temperatura en la capital italiana, antiguo Imperio que nos aportó buena parte de lo civilizados que hoy somos, toparme con el siguiente registro: 25 de máxima, 16 de mínima.

Antes de que la sangre me hirviera más que la de los peregrinos en La Meca en el octavo día del dhu al-hijja, consulté con un buen amigo, cabal y ordenado, lo que acababa de escuchar, ofreciéndome éste una respuesta extraña: me dijo que a veces las temperaturas máximas se pueden llegar a tomar en lugares donde, por el acoso del sol o la falta de corrientes de aire, son más altas. Pero no. Es imposible que, si en san Google te dicen que Roma está, a lo sumo, a 25 grados, un tipo que dirige un informativo te suelte que en realidad allí están a 50 grados. Sorprende que con el fácil acceso que tenemos a la tecnología la gente te mienta en tu cara. O eso, o el termómetro para la medición lo metieron en el horno de una pizzería.

A algunos les molesta que les llamen negacionistas por poner en duda parte o el todo del supuesto cambio climático. Pero lo que sí que ha quedado claro sin necesidad de acudir a científicos y otras eminencias, es que desde los medios se envía de forma masiva información que exagera la realidad para generar un estado de miedo, y a la vez, de seguidores demasiado feligreses. Porque no sólo en Roma no estaban a 50 grados, siquiera a 30, sino que acabo de regresar de Madrid, con temperaturas mínimas de 15 grados, viento y lluvia, y los de lo meteorológico han pasado por alto que nos encontremos en pleno verano y con jersey.

De todas formas, creo que hablar del tiempo continuamente como si alguien supiera de verdad qué temperatura hizo justo hace un año o dos, es de precarios mentales, por lo que espero hoy mismo dejar de escribir sobre un asunto tan manipulado como escasamente interesante. Y eso sí, prepárense para cuando en algún momento de este verano –porque ocurrirá, y varias veces–, en algunas ciudades españoles se sobrepasen los 40 grados centígrados, y el calor más sofocante sea el del propio meteorólogo advirtiéndonos de que la muerte se acerca a pasos agigantados, como si en realidad todo esto fuera una interminable e infumable película de serie B.

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