La catástrofe que está sufriendo Ucrania debe terminar cuanto antes y, con ella, todas las deplorables consecuencias que, además de las tragedias que viven desde hace más de dos años quienes padecen directamente la acción bélica, se están produciendo en muchas partes del mundo y, desde luego, señaladamente en Europa, tanto en el orden económico y político como en el moral.
Lo ha dicho certera y luminosamente el Presidente de este diario en su columna del día 3, víspera, por cierto, del 248 aniversario de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América, y, curiosamente, festividad de Santo Tomás, Apóstol de varias regiones del cercano Oriente asiático.
Refiriéndose a la propuesta que, por fin, hemos podido escuchar en un representante de la Unión Europea –la que ahora le corresponde, en cierta medida, al Presidente húngaro Orban, como Presidente del Gobierno que le toca presidir de aquí a final de año el Consejo de la Unión-, inicia Luis María Ansón sus reflexiones con esta clarividente afirmación: “El sentido común empieza a prevalecer”. Porque, en efecto, lo que está haciendo falta desde hace mucho tiempo son “menos armas y más negociadores por la paz”. Y solo veníamos oyendo de los altos cargos de la Unión Europea llamadas al apoyo a Ucrania con más armas, municiones, recursos militares y dinero, y ni una sola palabra que de lejos apuntara a alguna iniciativa con esperanza de paz.
Que la invasión que ha efectuado Rusia, o su política de hechos consumados por imposición, son injustificables y deben rechazarse y condenarse, no cabe duda. Que Ucrania tenía que defenderse, también parece incuestionable. Que Rusia ha contraído una elevada deuda con Ucrania, no podrá dejar de reconocerse. Es lo que señala Ansón cuando afirma que “a Ucrania le asiste la razón”. El Derecho internacional es, al respecto, contundente.
Pero también hace notar Ansón que, a Ucrania, sin embargo, no le asisten todas las razones. Y es por ahí por dónde, ciertamente, debería buscarse el modo de llegar a una paz duradera, por difícil que pueda pensarse llegar a ella. “Es absurdo mantener una guerra interminable”, afirma, con toda razón, Ansón.
Que Rusia tomara por la calle de en medio anexionándose Crimea en 2014 e invadiendo militarmente desde 2022 puntos neurálgicos de Ucrania y no sólo de su zona este, no puede hacer olvidar las dificultades para lograr una razonable estabilidad interna que vinieron manifestándose en el Estado Ucraniano, creado hace poco más de un siglo, remodelado hace unos setenta años, y titular de una plena soberanía independiente solamente desde la desaparición de la Unión Soviética hace 34 años. ¿Es viable una Ucrania con las profundas tensiones entre su parte más occidental, tan históricamente ligada a Polonia y Lituania –proclive a la Europa central y occidental- y sus partes más orientales y del sur, junto al Mar Negro, que han formado parte de Rusia durante siglos y están pobladas sobre todo por gente que se siente rusa?
Es esto lo que tendría que resolverse inteligentemente, prudentemente, teniendo en cuenta todo, también ciertamente los daños tan injustamente causados por Rusia en estos años.
La Unión Europa y sus Estados –y los Estados Unidos- deberían volcarse en revertir la actual entrampada situación, para lograr un clima abierto al entendimiento con Rusia y que haga reconocer con veracidad a Ucrania su realidad.
Putin puede ser lo que sea, pero, si se ponen los medios razonables para acabar con esta pelea de gallos, si por parte de Occidente se evidencia una mejor comprensión de lo que Rusia es y significa, sin simplistas e injustos reduccionismos, buscándose el entendimiento y la concordia, las cesiones y el acuerdo sólido, no cabe desesperar en su logro.
Ciertamente ahí está ya iniciado el camino el pasado 16 de junio, en Suiza, con la denominada “Cumbre de paz de Ucrania”, que el propio Zelenski saludó como “momento histórico”.
Habría que aprovecharlo decididamente. Los dirigentes europeos y norteamericanos deberían poner ahí toda la carne en el asador. Es hora de lograr un gran acuerdo que pacifique de manera duradera el este europeo.
Europa es una realidad compleja, y la armonía de sus dos grandes partes, a oriente y a occidente, su mutuo entendimiento y colaboración, no tiene por qué traducirse en una integración común en las mismas organizaciones e instituciones. Tenemos muchísimo en común, pero también nos distinguen tradiciones culturales suficientemente diferenciadas. El oriente europeo, además, sobre todo por la extensión e identidad de Rusia, está muy vinculado al mundo asiático. Media Asia, prácticamente, es rusa, y con varios otros países asiáticos, Rusia ha ido tejiendo, muy razonablemente, todo un sistema de organización euroasiático, muy justificado, a condición de que se despoje de tintes belicistas, si los tuviera. Pero igual que esa organización euroasiática tiene una parte importante en la unión defensiva, no puede oponerse Rusia al mantenimiento de la OTAN en el centro y occidente europeo junto con la América noratlántica, con la que tiene tantos vínculos. Es verdad que la OTAN nació como instrumento defensivo contra la antigua Unión Soviética, pero esa situación desapareció hace decenios. Lo defensivo, además, no es, ni tiene por qué ser ni percibirse como agresivo. Y la Rusia actual y su mundo euroasiático no son la Unión Soviética. Los países de la OTAN tienen todo el derecho a tener organizado su sistema defensivo común, como lo tiene al suyo Rusia y los demás países de su entorno euroasiático, y ninguna razón hay para ver en esto intenciones agresivas o belicistas, si los Estados de una y otra parte se asientan en principios propios del Estado de Derecho, democráticos y de plena aceptación del orden internacional. De todo ello habrá que hablar y llegar a acuerdos, pero no tienen por qué admitirse obstáculos insalvables en este campo.
Ucrania debe recapacitar sobre las posibilidades de su propia identidad. Será, en cualquier caso, un gran país. Tiene enormes posibilidades. Debe tener asegurada una salida segura y abierta al Mar Negro. Debe poder elegir libremente sus alianzas, incluidas las relativas a su organización defensiva. Pero debe ser realista en sus relaciones con Rusia y buscar el modo de recomponerlas con claridad y firmeza. Algunos reconocimientos y cesiones no serían expresión de humillación alguna, sino todo lo contrario: de la grandeza de la capacidad de reconocer las sólidas razones no ya de Rusia sino de una parte del territorio y de la población ahora oficialmente de Ucrania a los que la dictadura del pasado obligó a oficializarse ucranianos. Y todo ello sin perjuicio del derecho de Ucrania a las reparaciones por las injusticias sufridas y, a la vez, del deber solidario de Europa y de EEUU de ayudarla de verdad a su recuperación plena.