Falta menos de un mes para el centenario de la muerte de Joseph Conrad, el escritor polaco de habla inglesa. En su obra más conocida, El corazón de las tinieblas, fija en cota literaria esta intuición vital: "Vivimos como soñamos, solos".
La idea de que la condición humana se caracteriza por una impenetrable soledad fue compartida por otro gran escritor de habla inglesa del siglo XX: James Joyce. El dublinés, en el Retrato del joven artista, precuela del monumental Ulises, muestra el tránsito desde la infancia hasta la adultez de su alter ego literario: Stephen Dedalus. A pesar de que esta obra no presenta ni la extensión ni la complejidad técnica y estilística de su secuela, esto no la convierte en una novela despreciable.
Algunos críticos consideran que la clave interpretativa del Retrato es su evolución temática: los primeros cuatro capítulos pertenecerían a una novela de aprendizaje (Bildungsroman) y el último a una novela de artista (Künstlerroman), en la que el protagonista expone su teoría estética. Otros estudiosos de Joyce, en cambio, prestan más atención a la forma que al contenido al sostener que lo más valioso de esta obra es el paralelismo entre la maduración de su protagonista y el desarrollo de la sintaxis, creciendo desde el balbuceo y la onomatopeya del pequeño Stephen hasta la pormenorizada descripción de las ideas y sentimientos del Dedalus universitario.
Sin embargo, no todo en esta novela está sometido a cambio. Uno de los temas que no deja de estar presente en la obra es la soledad del protagonista. La soledad del Stephen Dedalus de Joyce, y la del Charlie Marlow de Conrad, no sólo consiste en estar apartado de los demás, sino en la certidumbre de que es imposible la comunión con el otro. Todo aquel que no sea yo siempre será un extraño, jamás un semejante.
Desde muy pronto, Stephen se percata de que en su vida "no había conocido ni el placer de la camaradería ni el vigor de la ruda salud viril, ni la piedad filial. [...] Su alma sólo era capaz de alegrías sencillas y erraba en medio de la vida como la estéril envoltura de la luna". Si vivimos y soñamos solos, más aún moriremos de la misma forma: "La muerte y el juicio [...] son las oscuras puertas que cierran nuestra existencia terrena, [...] las puertas que toda alma debe atravesar sola, sin más ayuda que sus buenas obras, sin amigos ni hermanos ni parientes ni maestros que la ayuden, sola y temblorosa".
Mas saberse solo y descreído de toda posible comunidad no arrumba el orgullo de su espíritu, sino que lo expande hasta incurrir en la hibris de los griegos: "No serviré a algo no en lo que no creo, ya sea mi hogar, mi patria o mi iglesia". No serviré, non serviam, proclama Dedalus en luciferina expresión. Desde ese instante, el alter ego de Joyce, y él mismo, sabe que sólo puede aceptar por credo la literatura, entendida como la extracción de lo bello y verdadero que hay en la realidad fea y aparente para su conservación por medio de la palabra. La epifanía de su destino hizo de él "un sacerdote de la imaginación eterna que transmutaba el pan diario de la experiencia en el cuerpo radiante de la vida eterna".