El 45 presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, tiene muy mala prensa y consecuentemente una distorsionada imagen en España y en otros países del “viejo continente”. Hay varias razones para ello pero la mayoría son intencionadas y basadas en los bulos, los fake, las manipulaciones y no en unos hechos concretos y las acciones reales que había acometido este gran político y un líder mundial durante su mandato de cuatro años (2016-2020) como el Presidente de los Estados Unidos de América.
Se han creado tantos falsos mitos acerca de su figura que sería imposible desmentirlos en un sólo artículo. Por tanto, voy a comentar sólo los más sonados y los más falsos. Esto nos servirá también de aclarar las “verdades” que él ha dicho durante el reciente debate, organizado por la CNN, con el actual presidente norteamericano John Biden, teniendo en cuenta que la mayoría de los analistas y los periodistas españoles habían centrado su atención no en una aplastante victoria del “candidato” Trump, sino en las “mentiras” que él, supuestamente, había utilizado para noquear a su contrincante. Por ello me centraré en las verdades de Trump que fueron inapelables y por ello su victoria ha sido tan rotunda.
Una de las falsedades más difundida y utilizada por la propaganda contra Trump es que él, antes y durante de su mandato presidencial, se convirtió en el amigo de Putin y que el Kremlin hizo todo lo posible para que Trump ganara las elecciones a Hilary Clinton. Los hechos desmienten este bulo propagandístico cuyo objetivo es desacreditar a Trump en relación con la actual guerra en Ucrania, ya que ser un amigo del invasor Putin no proporciona una buena imagen al actual candidato Trump. Con esta mentira se está insinuando que si él de nuevo llega a la presidencia estadounidense cortaría de raíz la ayuda que Biden está proporcionando a Ucrania durante los dos años de su guerra con Rusia.
Pues, vamos a los hechos.
Una vez llegado a la presidencia, Trump primero que hizo fue suprimir el veto impuesto por el anterior presidente Barack Obama que prohibía la entrega a Ucrania del armamento “mortífero”, y suministró a las Fuerzas Armadas ucranianas varias partidas de los “Javelin” (cerca de mil unidades). Estos modernos sistemas portátiles anti-tanques, fáciles de manejar y de una puntería excepcional, han permitido al ejército ucraniano parar las primeras columnas de los blindados rusos que se dirigían desde varios frentes hacia la capital ucraniana, Kiev.
Esta primera resistencia a las tropas invasoras había permitido al ejército ucraniano ganar tiempo y organizar la defensa de Kiev y luego incluso contraatacar cuando había empezado a llegar la primera ayuda militar de Biden. Así fue frustrado el “blitzkrieg” de Putin y la presuntamente “victoriosa” guerra del Kremlin está durando ya más de dos años.
Trump durante su presidencia se opuso rotundamente a la construcción (empezada por el gobierno de la Canciller alemana Angela Merkel) de la segunda línea de exportación del gas ruso, “Nord Stream-2”, que debía haber aumentado todavía más la ya fuerte dependencia de Alemania y de otros países europeos del suministro de hidrocarburos desde Rusia lo que estratégicamente debilitaba la independencia energética de Europa y especialmente de la OTAN, siendo Alemania uno de los principales miembros de la Alianza Atlántica. A pesar de la resistencia alemana a las presiones norteamericanas, Trump salió con la suya y el “Nord-Stream 2” fue paralizado. Esta previsión estratégica de Trump impidió que Europa cayese totalmente en las manos de Rusia, su rival geopolítico en la zona, en caso de un posible conflicto bélico en la zona lo que se demostró con toda claridad en la posterior guerra ruso-ucraniana.
Trump fue implacable con los intentos del espionaje ruso de aumentar su presencia en el territorio norteamericano. Expulsó de los EE.UU a más de 160 diplomáticos rusos quienes bajo la cobertura diplomática se dedicaban a espiar y a “comprar” los secretos de la alta tecnología norteamericana. Tal avalancha de expulsiones de los diplomáticos rusos y el cierre de los consulados rusos en varias ciudades estadounidenses – Rusia contestó de la misma manera siguiendo el principio de la “reciprocidad” – no se produjo nunca en la historia de las relaciones diplomáticas entre los EE.UU y su eterno rival Rusia (antes la URSS).
Trump “obligó” a los países miembros de la OTAN a incrementar sus gastos en defensa para que estuvieran mejor preparados en el caso de un supuesto conflicto con Rusia, su principal adversario en la zona. Una vez más esta actitud previsora de Trump ha demostrado ser cien por cien acertada en la actual guerra en Ucrania que ha descubierto unas grandes deficiencias en Europa en cuanto a la producción y el almacenamiento del material de guerra y de munición básica.
No sé cómo al lector pero a mí todas estas actuaciones del presidente Trump durante su mandato me parecen poco amistosas cara a su “amigo” kremlineano.
Lo mismo que su política de promover la producción del petróleo a base de la tecnología de “cracking” que permitió a Estados Unidos reducir al mínimo su dependencia de las compras del crudo en los mercados internacionales y convertirse en uno de los más importantes exportadores de los hidrocarburos. Esto produjo una fuerte caída de los precios del petróleo en el mercado mundial y perjudicó, en gran medida, a la economía rusa causando una drástica reducción de la exportación de su crudo y, a consecuencia, los recortes en la entrada de las divisas en las arcas del Kremlin. Hay que destacar que la estabilidad económica de Rusia se basa en gran medida en las exportaciones de los productos energéticos (cerca del 80%).
Precisamente esta política energética del gobierno de Trump basada en la producción de energía a base de las tecnologías bastante más baratas que las eólicas o las solares facilitó el estable crecimiento económico de los Estados Unidos, la creación de los numerosos puestos de trabajo y la reducción del desempleo en el país a los mínimos históricos.
Todo lo contrario a la política de la actual administración de Biden que actúa siguiendo unas falsas teorías “climáticas” y de las energías “limpias” que dio lugar a la drástica reducción de la producción y de la exportación del petróleo “cracking”, con la consecuente subida de los precios del crudo en los mercados internacionales que favoreció a los grandes productores mundiales del “oro negro” y especialmente a Rusia que había compensado sus pérdidas anteriores y había mejorado rápidamente el crecimiento y la estabilidad de su economía lo que permitió a Putin a meterse en la aventura bélica en Ucrania.
Por tanto, cuando Trump en el reciente debate con Biden ha declarado que durante su mandato presidencial la economía estadounidense iba mucho mejor que durante la presidencia de Biden estaba diciendo toda la verdad. La mayoría de los expertos económicos de prestigio y no sesgados ideológicamente reconocen que la situación económica de los EE.UU durante la época del Presidente Trump fue la mejor en la reciente historia norteamericana.
La otra verdad es cuando Trump en sus réplicas a Biden le ha dicho que cuando él era presidente de los Estados Unidos los dictadores de todo el mundo estaban bien quietos, Putin incluido, y no se atrevían a agredir a otros países y montar unas guerras locales. Y añadió que si él en aquel momento fuera el presidente estadounidense el propio Putin no hubiera empezado la guerra en Ucrania.
Y es verdad – ¡una más! – que durante la presidencia de Trump el dictador ruso no invadió a Ucrania, aunque sí lo hizo durante la presidencia de Barack Obama, el mentor de Biden y el ideólogo principal de la actual administración norteamericana. Cuando las tropas rusas invadieron (en 2014) la Crimea ucraniana la reacción norteamericana a tal flagrante agresión rusa fue bastante floja. Por tanto se puede suponer, con un alto grado de la probabilidad, que si en 2016 las elecciones presidenciales las hubieran ganado de nuevo los demócratas, Putin habría atacado a Ucrania mucho antes que en febrero de 2022.
La reacción de Trump durante su mandato a los desafíos de los enemigos de los Estados Unidos y de sus aliados en el mundo entero siempre ha sido inmediata y contundente, a diferencia del actual presidente norteamericano. Citaré sólo dos ejemplos que lo confirman con toda claridad. El primero ocurrió en Siria fuertemente apoyada por Putin cuando el sanguinario dictador, Bashar al-Ásad, decidió emplear las armas químicas contra sus opositores kurdos. La base de donde habían salido los helicópteros con los bidones que llevaban las mortíferas sustancias químicas fue inmediatamente destruida – por la orden directa de Trump – por los misiles norteamericanos lanzados desde uno de los barcos de guerra que se encontraba en la zona.
Otro episodio más rotundo todavía tuvo lugar cuando los mercenarios del grupo militar Wagner (la mano armada de Putin, que el dictador kremlineano estaba utilizando en diferentes zonas calientes del mundo para desestabilizar allí la situación en contra de los intereses occidentales) fueron enviados para asaltar una instalación petrolífera en manos de las fuerzas opositoras, en la orilla del río Éufrates. Inmediatamente la aviación norteamericano, con el apoyo de la artillería kurda, atacó a los mercenarios del Wagner eliminando por completo a todo el grupo durante tres horas de un intenso bombardeo de las posiciones wagnerianas.
Los ambos episodios demuestran cómo Trump estaba dando las lecciones a sus enemigos para que supieran lo que les esperaría si se atrevieran a unas acciones hostiles contra los intereses norteamericanos y de sus aliados. Mientras que hoy en día, los grupos armados “hutíes” apoyados por Irán, atacan a diario a los buques mercantes que se dirigen al Canal de Suez protegidos – en teoría – por las patrulleras de la flota estadounidense en la zona, pero Biden no se atreve a dar las órdenes a sus Fuerzas Armadas para que aplasten las bases de donde provienen los ataques terroristas. Es muy difícil imaginar que Trump se hubiera portado con la misma debilidad con la que está actuando la administración Biden teniendo en cuenta los ejemplos citados anteriormente.
Por tanto, Trump tiene toda la razón cuando afirma que los enemigos de los Estados Unidos y del mundo libre occidental han perdido el miedo y el respeto a los EE.UU viendo la debilidad, la indecisión y la contradicción en las actuaciones de la administración Biden a la hora de contestar a las ofensivas terroristas en el mundo entero.
El ejemplo de la guerra ruso-ucraniana lo está demostrando con toda claridad. Trump no “comprende” – y lo dice cara a cara a Biden – cómo es posible que en más de dos años y con todo el dinero invertido en la ayuda a Ucrania no se ha podido acabar con esta guerra. Y asegura que él sí lo va a hacer. No explica cómo, pero conociéndolo es fácil de suponer que lo podrá conseguir y que el resultado final seguramente no será a favor de su “amigo” Putin.
Y ahora quisiera demostrar las diferencias entre la política de la Casa Blanca, cuando la ocupaban Trump y antes de él Barack Obama y Biden después, en un tema tan sumamente importante como el programa nuclear de Irán. El presidente Barak Obama, había apostado por negociar con el gobierno iraní el cese de su programa del enriquecimiento del uranio (cuyo objetivo final es crear la bomba atómica y enfrentarse con Israel en una guerra nuclear para eliminar el Estado judío) a cambio de proporcionar al régimen de las ayatolas unas grandes ventajas y facilidades económicas de parte de los Estados Unidos.
El resultado de esta política apoyada por la desorientada Comunidad Europea fuertemente influenciada por el Kremlin – entonces un aliado encubierto del régimen teocrático iraní – fue el seguimiento ininterrumpido por Irán del programa del enriquecimiento de uranio, con la ayuda de la Rusia putinesca. Durante los dos mandatos de Obama, Irán, tomando el pelo tanto a la administración norteamericana como a los representantes de la Comunidad Europea, ha conseguido acercase al nivel “crítico” de la pureza del uranio para su uso en el armamento nuclear. Y sólo Trump, una vez llegado al poder, puso fin a esta nefasta política, salió del “Acuerdo” EE.UU – CE – Irán sobre el control del programa nuclear iraní imponiendo nuevas y drásticas sanciones al régimen de ayatolas.
Cuando Biden llegó a la presidencia primero lo que hizo fue volver al “Acuerdo” y hoy en día, según los expertos en los temas nucleares, Irán está a sólo dos-tres meses para obtener el uranio enriquecido suficiente para fabricar cinco-seis bombas nucleares. Más aún, hace muy poco Biden “descongeló” unos 6 mil millones de dólares para aflojar el régimen de sanciones impuesto en su día por Donald Trump al régimen iraní. Ya dirá el lector con quién, con Biden o con Trump en el poder, el mundo estaría más seguro.
En el mismo sentido hay que recordar que gracias a la política pacificadora de Trump en el Oriente Medio, por primera vez se ha llegado a la firma de amplios acuerdos – los “Acuerdos de Abraham” – de normalización de las relaciones entre Israel y sus eternos enemigos en la región, los Emirates Árabes Unidos y Bahrein. Más tarde también Marruecos se unió al Acuerdo. Fue un éxito diplomático excepcional y sólo comparable con la firma del “Acuerdo de Camp David”, entre Egipto e Israel, en 1978, con la mediación del entonces presidente norteamericano Jimmy Cárter.
Durante el mandato de Biden se produjo el salvaje ataque terrorista de Hamas a Israel que tuvo una contundente y aplastante respuesta militar israelí que había provocado el suspense de este “salomónico” acuerdo, esperando, por lo visto, la vuelta de Trump al poder para poniéndolo de nuevo en funcionamiento.
Hay muchos más ejemplos – para otros artículos y ensayos – que demuestran que el Presidente Trump durante su mandato resultó ser uno de los mejores presidentes norteamericanos, tanto desde el punto de vista de su política interior como exterior y, desde luego, fue muchísimo mejor presidente que el actual inquilino de la Casa Blanca. Por tanto, cuando el candidato Trump dijo en el reciente debate con el actual presidente Biden que éste es el peor presidente norteamericano de la historia fue otra de “sus” verdades, comprobada por las nefastas actuaciones de Biden en su puesto presidencial.
Una de las mantras más repetidas por la propaganda anti-trampista es que Trump es un político imprevisible, compulsivo e inestable. Pero la realidad de sus cuatro años en la presidencia de los EE.UU ha demostrado todo lo contrario. Él no sólo había tenido un plan para reformar su país – el que anunció durante su campaña electoral –, sino que cuando ganó las elecciones, empezó a cumplirlo a rajatabla y se lo llevó a la práctica casi por completo.
El objetivo de este plan – “America first” – fue hacer de América una potencia fuerte, con una economía pujante, de libre mercado, sin distorsiones por falsas políticas “verde-climáticas”, que arruinan las economías occidentales frente a las de las potencias contrincantes totalitarias como China o Rusia que siguen utilizando las energías fósiles (más negras que verdes) a “todo gas” (nunca mejor dicho en el caso de Rusia).
Y en la palestra internacional el plan de Trump consistía en convertir a América en un país respetado y temido por las dictaduras totalitarias y expansionistas como la China de Xi Jinping o la Rusia de Putin o de las dictaduras teocráticas de tipo iraní.
Cabe suponer que si Donald Trump llega a ganar las elecciones en noviembre próximo lo más probable que él seguirá el mismo plan. ¿Para qué cambiarlo si ya le permitió entrar en la historia como uno de los mejores presidentes de los Estados Unidos de América?
Así que, por mucho que digan algunos de que Trump es imprevisible la realidad demuestra todo lo contrario. Basta de recordar qué fue lo que él hizo durante los cuatro años de su mandato presidencial. Es que la gente suele tener una memoria corta y con este artículo he querido recuperarla.
Estoy seguro de que el sabio lector, una vez leído este artículo, sabrá concluir quién de los dos contrincantes, Biden o Trump, será el mejor 47 presidente de los EE.UU y un nuevo fuerte Líder mundial, capaz de defender la democracia y los valores occidentales frente al totalitarismo multicolor internacional, cada vez más agresivo y atrevido.