Las recientes elecciones al Parlamento Europeo han supuesto un importante rédito para los partidos populistas. El estancamiento -cuando no el hundimiento- de las fuerzas políticas tradicionales de la derecha, la izquierda y el centro, los verdes incluidos, ha venido acompañado por un mejor resultado de los extremos.
¿Quiere eso suponer que los 30 millones de ciudadanos europeos que han apoyado a esas listas pueden reclamarse partidarios del gulag comunista o del nazismo hitleriano? Parece claro que, de opinar así, estaríamos incurriendo en una simplificación reduccionista o en una exageración, basadas ambas en una interpretación errónea de lo que suponen los comportamientos electorales. De hecho, una encuesta del CIS aseguraba que el 41% de los votantes de Se Acabó la Fiesta se consideran a sí mismos de centro. Se trata, las más de las veces, de papeletas basadas en decisiones que apenas sí tienen en cuenta los programas de los partidos. Otra cosa muy diferente es que la interpretación que de ese voto hagan los partidos receptores atienda al verdadero sentir de sus electores.
Existe, desde luego, una explicación en clave nacional de esos resultados. El centro liberal de Macron es deudor del temor que suscita en la sociedad francesa una inmigración que no se advierte muy bien cómo podría integrarse en un proyecto nacional; Ciudadanos, en España, ha pagado el precio aplazado de los errores de Rivera y de su guardia de corps, que no pudieron entender que, si bien la ambición política es asunto relevante, lo es más el sentido de la realidad; Meloni, en Italia, ha rentabilizado su gestión más moderada de lo previsto; y así un suma y sigue de argumentos nacionales que harían interminable este comentario.
Pero así como el adagio político asegura que las elecciones generales favorecen a los partidos nacionales; las autonómicas o federales a los partidos regionalistas, nacionalistas o de base federada, según los países... ¿a quién favorecen las europeas?
Sabido es que, pese a los intentos que se han realizado en este sentido, carecemos aún de partidos políticos estrictamente europeos, de manera que prevalece así la dinámica de los intereses nacionales en las delegaciones que integran los grupos parlamentarios en la cámara de Estrasburgo. Ya sabemos que la Unión era poco más que una "posada española", donde cada uno consume lo que allí lleva, pero a partir de la desdichada gestión de la crisis de 2008, la eurocracia descubría que ya no se trataba de esperar a que los gobiernos que habían gastado más resolvieran por sí solos sus problemas, y que los "hombres de negro" los visitaran para comprobar que estaban haciendo adecuadamente sus deberes. La crisis -como en las playas- dejaba en la bajamar al descubierto las vergüenzas de la clase política, y amenazaba su protagonismo en forma de los partidos populistas de todas las significaciones, en España, Alemania, Italia o los Países Bajos, entre otros muchos, mediante la resta de apoyos a las formaciones políticas tradicionales. Se trataba de la expresión de una protesta.
En consecuencia, ha sido muy diferente el comportamiento de los eurócratas europeos en el enfrentamiento al problema del Covid. La compra masiva de dosis de vacunas para su distribución en el territorio de la Unión se ha visto seguida por la decisión de crear un fondo común para la recuperación de las economías europeas. La inversión de 750.000 millones de euros -con capacidad para llegar hasta los 1.8 billones- de las cantidades asignadas al Next Generation han permitido a las economías de los países una más rápida recuperación de la crisis. Además, la emisión de deuda pública a escala europea, pone en evidencia que la UE se parece cada vez más a un estado y no sólo a la mera adición de sus miembros.
Las élites europeas avanzan en el proyecto de integración. La invasión de Ucrania por Rusia plantea el formidable reto de asumir su compromiso con su propia defensa y convertirse también en un “player” con un sola voz en la escena internacional. La elección de la estonia Kaia Kalas como responsable de la política exterior de la Unión abona la tesis según la cual la seguridad estará -ya lo estaba- entre las prioridades de la UE.
Y más allá de todo eso, que ya es bastante significativo, la Unión se encuentra en nuestra vida cotidiana, desde los asuntos más aparentemente pedestres, como el tamaño de los plátanos, hasta la política agraria y la desertificación del campo.
Sin embargo, las elecciones europeas no pasan de ser comicios de segundo nivel, lo que significa una menor participación respecto de otros (del orden del 20% en España), fáciles por lo tanto para la expresión del voto de protesta que produce el desencanto.
No es posible en democracia responsabilizar a los electores por causa del sentido de su voto, pero muchas veces los políticos no están atentos a los mensajes que de aquéllos reciben. Quizás se agrave este caso en el ámbito de la Unión. Y eso que es cierto que muchas de sus prácticas resultan estrictamente democráticas. En el caso del mismo Parlamentario Europeo, por ejemplo, he sido testigo de qué no sólo al presidente de la Comisión lo elige el pleno de la cámara, es que también los miembros de este órgano deben pasar la reválida de las comisiones parlamentarias correspondientes, obligando en ocasiones a reemplazar a candidatos estridentes por su escasa sintonía con los valores comunitarios. Pero no deja de ser cierto que la UE tiene un cierto carácter elitista, que las amplias mayorías políticas que lo integran facilitan los acuerdos entre bambalinas y la ausencia de control y que la indiferencia y la despreocupación de los medios conviene mucho a reforzar este tipo de prácticas.
No está claro, desde luego, que los 30 millones de votos que han obtenido las formaciones de la antipolítica y de la política extrema tengan porqué ser recurrentes, que no regresen -aunque sea tapándose la nariz- a los partidos tradicionales, sólo para desalojar del poder a los gobiernos de turno. Pero parece evidente, por el contrario, que el monstruo del populismo, con sus dos cabezas -la de extrema derecha y la de extrema izquierda- está ya desatado, y que su influencia en las instituciones europeas no se ejercerá necesariamente como un contrapoder o una oposición a las políticas a desarrollar por la Comisión. Ya Meloni ha advertido de que el gobierno de Europa también le pertenece, y de esa presión -por otra parte lógica- se generarán tensiones en los grupos parlamentarios y en los gobiernos socialdemócratas y liberales.
Por eso, es preciso impulsar un mayor nivel de conocimiento de lo que se hace a escala europea, acercar los medios a las noticias que allí se producen, preparar a los periodistas y prescriptores de opinión; los políticos deberían salir de la burbuja placentera que les supone la ausencia de escrutinio, debatir sus proyectos y comunicar sus aspiraciones, simplificar la verborrea incomprensible que muchas veces les domina, en especial la que se produce en ese ámbito institucional.
Ese esfuerzo no sólo merece la pena, sino que es necesario. No serán 30 millones de fascistas o socialfascistas, pero quienes los representan sí lo son -o se le parecen bastante- y tienen sus programas disolventes. No son ya unos raras avis que pasean por los pasillos del parlamento vestidos de vikingos o luciendo uniformes que recuerden vagamente a los de las SS. Son gentes que visten como los otros, utilizan un lenguaje aparentemente educado, pero dicen cosas tan terribles como que, de aplicarse su discurso, nos acercaríamos cada vez más a las cavernas y al imperio de la tribu.