El verano es extraño. Su indolencia, curiosamente, permite que se creen necesidades que no aparecerían en estados más activos. Nos hace más dependientes de ellas por los muchos ratos muertos que toca pasar, sea aguantando el calor o esperando a que pase. De esta manera es más sencillo pensar, y es algo que nos arrastra por escenarios peliagudos, todo lo que se podría hacer, todo lo que se podría haber hecho ya. Ansiedades sudadas, posibles, sin dejar de meditarse, cada vez más pegadas a nuestro aburrimiento y por ende más reales.
Con su ilusoria vaguedad, pasan para colocarnos apartados de nosotros mismos, de la sencillez cotidiana para atender a esas dudas como si la vida nos fuera en ello. El libro de Elisa Fernández Guzmán, Después del pop, accésit del último Premio Adonáis, se ocupa de todas esas consideraciones que no obedecen a la estación en cuestión. El tiempo puede ser inclemente con el paisaje anegado de luz o de sombra. Da igual. Nos importará poco debido a que ya estaremos empeñados en querer buscar una respuesta. Se parece ese enganche de la literatura al de las trampas que nos ponemos de entretenimiento, algunas traídas por los naturales e inevitables acontecimientos de la vida; otras por un sabotaje hacia nosotros, no del todo claro si conscientemente.
Se acuerdan estos poemas del final de la infancia y de la pubertad. El principio, el final, ya digo, y el placentero y amargo durante de las mismas. Se acuerdan todos los poemas de los mismos asuntos siempre. Únicamente la particularidad de quien escribe sabrá hacerlos indicativos, especiales entre tan común padecer de esas etapas. Pensadas, dan dolor, parafraseando el famoso verso. Fernández Guzmán resulta más amable. No llega al tono elegíaco, pero este Después del pop tiene la inevitable quemazón de preguntarse qué ha bastado, qué se ha dejado incompleto. ¿Hemos aprendido a no idealizar o a hacerlo con más esmero? ‘El momento cumbre de la sociedad occidental/ son dos niñas adolescentes que se miran’, dice en El fin del mundo. De las promesas de no cambiar jamás, sólo quedan los nada más con los que debemos conformarnos y armar el presente, más debilitado por esa insistencia en moldearlo con lo que no ha sido. Felices, estos versos ondean sus velas blancas con la tranquilidad de lo pasajero, pero leerlos es quedarse en la sinrazón de lo adictivo, de lo que obsesiona, de lo pegajoso en las frases repetitivas como papel de helado.
Estas páginas se mueven entre la firmeza de quien tiene la capacidad suficiente para demostrar con su primer libro que hay un convencimiento en el tono y temas, que posee el atractivo literario para merecer la peculiaridad que es escribir un libro y salir airosa, pero también la contrariedad de la cursilería que impregna y se reivindica por algunos poetas que han ganado atención y lectores de un tiempo breve a esta parte. Después del pop, afortunadamente, es comedido y ofrece un correcto uso de esa visión tan en boga en la poesía reciente, tanto en autores emergentes como asentados. Puede resultar disuasorio encontrar como referentes a quienes se mencionan en las citas, de calidad más que discutible, exceptuando a Paula Melchor, pero dicha pega es rápidamente pasada por alto y uno puede sumarse a la compañía de la lírica de Fernández Guzmán, fijándose como una canción veraniega, marcándose sin molestia como el sol en la piel, como todo lo que se acaba.