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TRIBUNA

Fama

martes 16 de julio de 2024, 20:33h

En otro de mis clásicos encajes de bolillos, me preparo para el fulgurante éxito tratando de pasar desapercibido. Porque así están las cosas. Hace unas semanas caminaba por León con una resaca espantosa –cocidos y prietos picudos hasta la extenuación–, cuando detrás de mí escuché una voz que me decía algo concreto: “¡¡Joaquín Campos!!”. Tremendo fue el grito en medio de alguna avenida del antiguo reino leonés, que hasta me di la vuelta, dándome cuenta de que la señora que se dirigía a mí no me sonaba de nada. De pronto, porque yo titubeaba, me dijo lo siguiente: “espero como agua de mayo el libro sobre Daniel Sancho. Te sigo por los youtubers. Eres el mejor”. Y todo así; de golpe y porrazo.

Como les decía, llevaba los órganos vitales cogidos con alfileres, por lo que allí mismo me podía haber violado, que gracias a que venía con el que debía ser su pareja pude seguir caminando sin rumbo fijo. Pero bueno, que incluso de aquella guisa, le dije que lo que tenía que leer ahora era Avenida, la novela con la que llevaba media España recorrida en busca de un contumaz fracaso. Y parece que me dio el sí. Porque si yo de mi último libro ostento mayor número de ejemplares vendidos es, en gran medida, gracias a haber salido en la tele y con numerosos youtubers.

Como les decía, pasaron varias semanas de aquella anécdota, hasta ayer. Porque fue ayer cuando por asuntos personales accedí a un edificio estatal de Málaga en donde debía solicitar información. Pero mira tú por dónde que antes de que todo mi cuerpo hubiera atravesado el umbral de la puerta, la señora de seguridad, bien uniformada y con porra incluida, me atajó por el antebrazo izquierdo utilizando el mismo modus operandi que la señora leonesa: “¡¡Joaquín Campos!!”, gritó.

Yo, iluso de mí, pensé que sería algún antepasado reencarnado en segurata o una antigua compañera de pupitre de cuando la EGB. Pero qué va. Yo era, según me aseguró antes siquiera de darle los buenos días, parte de su día a día, agradeciéndome mi manera de enfocar el caso Daniel Sancho. Como no había sacado número me aconsejó regresar al día siguiente. Y a mi casa que me fui tan campante.

Hasta hoy. Que he regresado al lugar de los hechos encontrándome con una alfombra roja superior a la que gastan los políticos, ya que la señora uniformada había obligado a uno de los funcionarios a atenderme sin pedir cita ni hacer cola. A la salida, abochornado, porque toda la oficina sabía quién era, la de seguridad, muy educada y dispuesta, me regaló un paquetito de galletitas, en apariencia caseras, con pistachos y nueces.

Ya de vuelta a casa me di cuenta de que no existe, matemáticamente hablando, la posibilidad de que, a más salidas públicas con miembros de canales famosos de YouTube, menos fama. Por lo que ya he comprendido que la desembocadura de todo esto será pedirle salir a Terelu Campos en pleno plató. Si no, tiempo al tiempo. Eso sí, mientras tecleo estos párrafos barrunto la posibilidad de que la de seguridad del edificio estatal, en realidad, sea la Chapman que regala galletitas con cianuro a sus ídolos con piel de barro, tratando de dejarme bien tieso antes de haber tocado siquiera el 0’1% de la fama que generó John Lennon. Morir antes de ser famoso, con apretada hidalguía.

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