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TRIBUNA

Mentiras de la historia de España II

Jesús Carasa Moreno
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carasajesusgmailcom/11/11/17
https://www.jcarasa.com/
viernes 19 de julio de 2024, 18:27h

Penetro en campo minado.

El “vaso de agua fria”, que bebió “El hermoso” Felipe, tras jugar un partido de pelota, no logró impedir que otra dinastía extranjera, los Habsburgo, gobernara en España. Ni la heroica lucha de Los Comuneros, que lo hiciera despóticamente y anteponiendo sus intereses familiares a los de Castilla-España.

Aquellos reyes derrocharon la nobleza y la sangre de Castilla y el oro y la plata, que les enviaban los gigantes colonizadores, en pendencias familiares, conquistando y defendiendo puñaditos de tierra, en el serpentario europeo, cuando en América faltaban brazos para colonizar los inmensos “Caminos Reales”, que abrieron aquellos héroes, desde Alaska a La Patagonia.

Carlos I, dejó el gobierno de España a su mujer, primero y a su adolescente hijo después y pateó Europa, como Don Quijote La Mancha, “desfaciendo entuertos” y fracasando, como él, en aventuras y fantasías.

Regó de oro Europa y rebosó las arcas de sus banqueros alemanes, para ser coronado Emperador y para levantar, una y otra vez, ejércitos que no le sirvieron para conseguir sus quimeras: La refundación del Sacro Imperio, la unidad católica europea y el aislamiento y derrota del imperio turco.

Reventó como Don Quijote y vino a morir al único reino que le permaneció, siempre, fiel, Castilla.

Su hijo Felipe II y sus sucesores, siguieron el castellano “sostenella y no enmendalla”, apuntándose a todos los problemas europeos e ignorando los de América, sino era para recibir los galeones, cargados de oro y plata, que iban a las arcas de sus banqueros, sin pasar por las suyas.

Él, que había recriminado tanto a su padre, por manirroto, cuando fue regente, al tener que atender sus continuas demandas, quebró, tres veces, la Hacienda española.

En su reinado empezó, desde la cima del Imperio, la imparable decadencia de España. Algún anónimo talento, de los que nunca nos faltan, dejó constancia, de ello, con su genial sentencia: “Si el Rey no muere, el reino muere”.

Pero los siguientes no lo hicieron mejor y nuestros grandes genios, Cervantes y Velázquez, denunciaron, en sus obras, la situación y sus causas, aunque, increíblemente, se quiera ignorar.

Lo de Cervantes es tremendo. Una de mis tabarras en la actividad de escritor. Un ejemplo máximo de lo que somos capaces de hacer, los españoles, con algunos de nuestros hombres más preclaros.

El trato que España dio y sigue dando, al que muchos consideran el mejor escritor de todos los tiempos, es atroz. Quedó inútil, que no manco, de la mano izquierda, en la batalla de Lepanto y se tardó cinco años en aportar dinero para el rescate de su cautiverio, se le regatearon ayudas oficiales, el permiso para “pasar a Indias” y se le tuvo en prisión. En vida se le menospreció y después se le enterró en la fosa común.

Hemos derrochado más incienso para su criatura de ficción, que para él. Y los “estudiosos”, todos, nos descubren que la finalidad de escribir tan enorme volumen, fue satirizar los “libros de caballería” y ridiculizar a sus ávidos lectores. Como si tan magro propósito justificase tal derroche de trabajo y de talento.

Pero amigos, El Quijote, es un libro que todos tenemos, del que todos hablan y que han leído pocos. Yo, en mi modestia, veo, que dentro del manido envoltorio de la sátira a los libros de caballería, Cervantes nos envía un gran regalo y que sus intenciones fueron varias y grandiosas, concebidas antes o durante la escritura del “libro”.

Intuyo que la idea que le impulsó a escribir el libro fue criticar, sigilosamente, nada menos que a Carlos I, personaje de educación anacrónica y caballeresca que, pasmosamente, pretendió gobernar su Imperio, no desde una sede central, sino acudiendo a resolver los problemas allí donde se generaban. Como un caballero andante.

Me parece que, ya comenzado el Libro, segunda salida, debió ocurrírsele la genial idea de dar entrada a otro personaje para representar, en ellos, a los dos prototípicos españoles y estudiar, sus distintas reacciones, ante los mismos problemas. Uno el soñador que confunde sus deseos con las realidades, anacrónico, despilfarrador, fabulador, etc. Y el otro prudente, realista, previsor, fiel y proveedor de las alforjas.

Todavía más, el engreído fabulador fue configurándose como el arquetipo del que siempre nos manda y el paciente acompañante, como el pueblo que siempre lo padece. Y hasta nos regala la reveladora “aventura” de la Insula de Barataria para dejarnos claro su respeto y admiración por el pueblo Sancho que, en las pocas veces que le dejan, demuestra su valía.

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