La novela El año del viento, de Karina Pacheco (Cusco, Perú, 1969), se alzó merecidamente en 2022 con el Premio Nacional de Literatura de Perú. Después de obras como Las orillas del aire, El bosque de tu nombre, Cabeza y orquídeas, No olvides nuestros nombres o La voluntad del molle, entre otras, y de haber cosechado numerosos e importantes reconocimientos dentro y fuera de su país, tuvo que llegar una pandemia para que la escritora comprendiera la necesidad de posponer cualquier otro proyecto y ponerse con urgencia al dictado de la memoria; “Bárbara, aquí me tienes; en este confinamiento convivo con tu recuerdo”.
Fue ese tiempo que nos puso a todos contra las cuerdas, “obligados a confrontarnos con nuevos y antiguos miedos, forzados también a detenernos y en silencio atisbar la memoria de otros tiempos”, el que lo removió todo y apremió a la autora a regresar al origen, a la niña de diez años que un día fue, asomada al viento desde las cumbres más altas de las sierras andinas.
Qué lugar, Perú. Es imposible no sentir la magia, imposible no sucumbir ante la belleza y el misterio que el paisaje y la historia encierran, desde ese sagrado techo del mundo. Cada cumbre, cada quebrada, cada manantial parecen estar ahí para dar testimonio de algo secreto que sabemos que es importante, pero no acabamos de apresar. El año del viento nos lleva muy lejos y muy alto, nos deja volar, nos acerca al mito, nos pone en ruta ascendente, hace que despleguemos alas y planeemos por encima de todo lo bueno y lo malo que ocurre. “Nos acomodamos entre dos rocas y contemplamos el mundo que se extendía por debajo; un mundo de bosques, frutales, cultivos de papas y hortalizas, casas y corrales que parecían miniaturas, ocupados por gente y ganado que no era posible distinguir, salvo como alfileres en movimiento. Por encima teníamos el cielo enrojecido”.
Los años ochenta en Perú están marcados a sangre y fuego. Fue un periodo convulso, de violencia extrema a manos de los guerrilleros de Sendero Luminoso, una época de lucha armada, de abusos policiales, de crímenes atroces y guerra civil. En quechua se le llama “el tiempo del miedo”. El informe final de la Comisión de la Verdad, publicado en 2003, estima que “69.280 fueron los muertos o desaparecidos por la violencia política desencadenada” durante esas décadas. La novela que ahora ofrece al público español la editorial Destino explora los acontecimientos de esos primeros años de los ochenta y logra conjugar con maestría una conmovedora historia familiar con una labor de investigación. Cuarenta años más tarde, la mujer que antes fue la Nina Niña intenta dar con el paradero de la desaparecida Bárbara Varas que, junto a la abuela Bernarda, tuvo un papel esencial en su infancia.
“«Tú volverás», me había dicho Bernarda la última vez que la vi”, y ese retorno al origen se transforma en un ascenso que, entre las curvas del tiempo, permite a la escritora arribar al lugar en el que la esperan. Estar de vuelta, sentir que los incas escondieron piedras mágicas para ti a lo largo del sendero. Volver a encarar el camino que, de Cusco a Ayacucho, sube hacia Andahuaylas. Cuatro décadas después, regresar a Abancay y, de allí, a la garganta de Umanta, y luego a la quebrada de Umara y seguir ascendiendo aún más, adentrándote en los territorios del puma y el cóndor, entre regatos de aguas cristalinas y cumbres de piedra granítica, en la cuna del quechua, seguir adelante y alcanzar la comunidad indígena de Hatum Umara, donde se cierra el círculo y se pierde el rastro.
Karina Pacheco parece haberse estado preparando durante toda su vida para este retorno a los mismos lugares. Doctora en Antropología por la Universidad Complutense de Madrid y con una de las trayectorias más consolidadas del panorama literario iberoamericano, la escritora consigue que sus miles de lectores nos acerquemos a entender, un poquito más, eso que el viento quiere explicarnos cuando sopla fuerte entre las rocas más altas.
“–Si la conocí, me preguntas. Si yo era el hombre que en 1980 le escribía, y en 1981 le escribía más cartas todavía, como una metralleta, preguntas. Si sé que murió, me preguntas, y pronuncias «muerte» como si fuera una palabra simple. Si sé cómo, dónde, cuándo murió, me preguntas otra vez como una metralleta que quisiera arrasar mi silencio. Metralleta. Pregúntate tú primero si quieres saber lo que te puedo responder.”