Alain Crombecque después de dirigir desde el Festival de Aviñón hasta el Festival de Otoño iba a ser -todos lo repetían- Ministro de Cultura en Francia cuando dejó de existir para nuestra pena. Sobriamente.
Hace casi medio siglo apareció de la nada. En un ‘Vélosolex’, como siempre, cuando en su caso todos disponían de un chófer. Insobornable.
Fue silencioso en un mundo donde no sabemos cómo callar. En un mundo de historias divertidas sobre jacuzzis para Mona Lisa. Su primera incursión en el teatro fue con mis obras. Las acompañó como «press agent», el término menos apropiado para él. Una misión absurda que llevó a cabo absurdamente en silencio. Con un éxito absurdo. Cuando las lágrimas brotaban con un gusto de «nostalgia-new-Godot».
Sí, comenzó su «espectacular» vida con mi teatro. Que fue inmediata y absurdamente etiquetado como «teatro del absurdo». ¿Por su culpa? Sin ningún comentario por su parte, 'defendió' mis obras. Yo diría que brillaba, a su pesar, callando hasta sus títulos. De hecho, más que brillar, lo ocultó todo encerrándose en el rincón más apartado. Con la esperanza aramea de Paul Gauguin.
Era un verdadero placer verle cara a cara con el «crítico más importante del siglo» o la «persona más influyente del mundo». En un buen día, podía abrir la boca. Pero permanecía imperturbable. Y cuando por fin hablaba ¿asentía, brr, en 'neo-español'? Todo lo que tocaba se convertía en éxito. A veces incluso económico. Madame Roubéjanski (inolvidable productora de mi primer «Cementerio de automóviles») podía apostar cada noche en el casino el dinero que ganaba gracias a él. O el famoso actor su porcentaje en prostitutas de lujo y tríos de la « città di sole ».
Desde «...y pusieron esposas a las flores» hasta «Los dos verdugos» gracias a su taciturnidad, eran objetos de constante atención. Además, convirtió «Cementerio de automóviles» en un espectáculo de ‘culto'. ¿Tenía una tercera mano como Cervantes?
A veces me encontraba en Londres al mismo tiempo que él. Con el inolvidable «Labyrinthe», dirigida por Jérôme Savary. O «Primera Comunión» en São Paulo, dirigida por un Víctor García «deslumbrante» con Jefferson Del Ríos. Sabía callar, más allá de las fronteras, con la misma destreza políglota cuando bosteza la inmortalidad.
Los mandos se alejaban de él por el paso cebra; se convirtió en una especie de Viceministro de Cultura. Es normal que la excelente Nathalie Cabrera haya confiado su recuerdo a la Maison Jean Vilar del Festival de Aviñón... con las lunas de Kabuki y mi cuadro al óleo « ¡Viva Crombecque! ».
De repente, y sin saber por qué una vez más tomamos el desayuno juntos. Quería que le enseñara el ajedrez. ¡¿Correr hacia el pasado ¿¡aún más rápidamente!? Tuve que confesarle que, aunque desde hace casi un siglo siempre me encuentro ante «mi eterna partida de ajedrez» (Breton «dixit»; y añadía, como un reproche más, « con Marcel Duchamp »), este juego es una de mis frustraciones. Tengo tantas posibilidades de ganar al ajedrez a la china Yu Wenjun como de vencer a Carlitos al tenis. Entre dos silencios, Crombecque aprovechó una pausa para mostrarme la copia de una carta al director de « La Maison Rouge » para organizar un homenaje.
Luego me llevó a su pisito. Casi monacal. No me hubiera sorprendido que, como Beckett en la rue des Favorites, se hubiera conformado con el sofá contiguo a su cocina de bolsillo.
Tras la muerte de un amigo, el dolor nos hace tambalear. A mí también me gustaría creer que, entre la vida y la muerte, el cielo y la tierra, hay un puente tricolor que llamamos arco iris.
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« ...las estrellas fugaces ¿pervierten en vuelo a las maletas perdidas?».