Hay coincidencias que reclaman un artículo; sin ir más lejos, el sábado pasado, día veinte, se cumplieron otros tantos años de la muerte de Antonio Gades, el más depurado y elegante bailaor que haya dado este país, y válganos como ejemplo de su talento e intuición su temprano Don Juan, con música de Antón García Abril y el apoyo coreográfico de José Granero, estrenado en el Teatro de La Zarzuela, de Madrid, allá por 1965. Gades no sumaba todavía la treintena pero, sobre el lucimiento personal, ya aspiraba a la obra de arte; empeño, como el rigor de la disciplina, aprendido durante sus nueve años bajo el magisterio de Pilar López, en cuya compañía llegó a ser primer bailarín y a estrenar también su primera coreografía sobre Ensueño (Danza Fantástica nº 2) [1919], de Joaquín Turina, mientras interpretaba sobre escenarios de medio mundo composiciones de Granados, de Falla, de Halffter, de Debussy y de tantos otros, junto a bailaores de flamenco combinados con bailarinas de ballet.
No en balde, Pilar López se había criado como bailaora durante esa época espléndida de exaltación del nacionalismo en la música, cuando Antonia Mercé, La Argentina, y Vicente Escudero —el otro maestro de Gades—, por distintos y trompicados caminos sacaron a la danza popular española —y a su singularísima enseña, el flamenco—, de las turbiedades desgreñadas de los cafés cantantes o de las desmerecidas pausas, entre rollo y rollo, de los cinematógrafos, hasta auparla al civilizado aplauso de los teatros, y no solo de España, sino del resto de Europa y hasta de América; y en concreto, se señala una noche como crucial en aquella dignificación de nuestra danza tradicional: el début del 25 de mayo de 1925, en el teatro Trianon-Lyrique, de París, de El amor brujo, con coreografía de Escudero y actuación de ambos, que cosechó un éxito asombroso, sobre todo si sabemos que la pieza precedente, Historia de un soldado (1917), de Igor Stravinski, había sido abucheada, y cuando además sobre Falla, que dirigía la orquesta, pesaban los muchos problemas ocasionados por su estreno absoluto, en el madrileño Teatro Lara, una década antes. En fin; una velada memorable cuyas consecuencias más inmediatas se alumbrarán un trienio más tarde cuando Antonia Mercé ponga en pie su compañía Ballets Espagnols, en la parisina Ópera Cómica, mientras Vicente Escudero crea su extraordinario Bailes de vanguardia, un espectáculo nutrido de sus orígenes de bailaor vagabundo y autodidacta, y de su empeño, desde mitad de los veinte, por frecuentar a los artistas de Montmartre (Léger, Buñuel, Dalí, Miró…), para mostrarles sus creaciones en aquel legendario teatrito de la Curva y asimilar sus observaciones y ocurrencias por disparatadas que aparentasen.
En esos mismos días, la hermana mayor de Pilar López, Encarnación, la célebre Argentinita, por influencia de su amigo, García Lorca, y de su amante, Sánchez Mejías, fundaba la Compañía de Baile Andaluz, que se remontaría, tras su éxito en el Metropolitan Opera House de 1932, a la Gran Compañía de los Bailes Españoles, donde ya figurará en lugar destacado Pilar, y no solo por su relación fraternal, sino porque ya sumaba un quinquenio recorriendo tablados madrileños e incluso cosechando notorias críticas desde su asociación, en 1928, con el bailaor Rafael Ortega, primo de Manolo Caracol y, claro es, de los legendarios toreros, los Gallo (Rafael, Fernando y Joselito). Y aunque dicho así, pudiese antojársenos inmersa en el pintoresquismo aflamencado tan propicio para complacerse en la esterilidad del tópico, tanto Pilar como su hermana, Encarnación, siempre persiguieron la innovación artística, válganos al caso citar los creadores de sus telones: los entonces jóvenes surrealistas Santiago Ontañón, Alberto Sánchez o Salvador Dalí, o los músicos que interpretaron con preferencia: Gustavo Pittaluga y Manuel de Falla y, claro es, sin escatimar atención a cuanto pretendían Vicente Escudero y, desde luego, la gran adalid del asunto, Antonia Mercé: el ennoblecimiento y la estilización de las danzas populares españolas; ¿o acaso no recuerdan la grabación de La Argentinita, con Lorca al piano, de Colección de canciones populares antiguas (1931)?
Pues bien, desde que Pilar López, tras la desgraciada y prematura muerte de su hermana en 1945, estableció compañía propia con el nombre de Ballet Español, formó, para sustituir a los veteranos como José Greco o Rafael Ortega, una serie de bailaores (Alejandro Vega, Mario Maya o El Güito) con una visión más esforzada y clásica del oficio por un lado, y, por otro, con la predisposición suficiente para incorporar de la vasta tradición española —tanto daba que fuese plástica, literaría o musical— los ingredientes imprescindibles para una expresión tan original y propia como, a la vez, decididamente renovadora. Y entre todos ellos, sobresalió Antonio Gades, a quien ella misma bautizó así para que luciese mejor y más sonoramente en los carteles.
No obstante, sin restar una pizca de mérito a su ingenio y a sus portentosas facultades, ni mucho menos a la mano moldeadora de Pilar López, cuanto más veo a Gades en «El baile del Mojigondo», de Los tarantos (1963), o en la posterior trilogía rodada por Carlos Saura —Bodas de sangre (1981), Carmen (1983) y El amor brujo (1986)—, más me estremece cuánto debemos a Antonia Mercé, La Argentina, pues al decir de Vicente Escudero «fue la creadora de una escuela de baile tan propia, tan genuina, que de ella partieron y a ella vienen a parar cuantos pretendieron o intentan dar universalidad a la danza española».