El libro del profesor Samuel Moyn (Liberalism against itself: Cold War intelectuals and the making of our times, Yale University Press) se presenta, en su apariencia más obvia, como un intento de salvar al pensamiento liberal en un periodo de crisis política indudable. Basta con mostrar los ejemplos de regímenes iliberales tras la llegada de Orban al poder, la amenaza de la vuelta de Trump, la invasión de Ucrania o el bombardeo de Gaza. El pensamiento concernido pueden ser los libros de Applebaum, Garton Ash, Ignatieff o, especialmente “Por qué caen las democracias” de Levitsky y Zimblatt. Lo que Moyn cree es que el análisis del pensamiento liberal no puede, como en momentos anteriores, limitarse a proponer una defensa intelectual del liberalismo, denunciando las líneas del frente contra él, o estableciendo una controversia con los precedentes (en este caso especialmente los Liberales de la Guerra Fría) sino que debe explorar el desarrollo de las potencialidades del pensamiento liberal, en un contexto de globalización, atendiendo a nuevos retos como el peligro medioambiental, y asimismo a las demandas de las minorías marginadas hasta ahora, sean raciales o se trate de las mujeres,y colectivos sexuales ignorados, sino perseguidos. Se requiere un redoblado esfuerzo por asegurar suficientes oportunidades institucionales para la vida de las personas (Estado asistencial), así como la orientación de la política exterior hacia objetivos de justicia, y no hegemonizada por ambiciones imperiales.
El análisis de los desafíos del sistema liberal que Moyn tiene en mente es ciertamente insoslayable y no puede ser ignorado. Debería Moyn, me atrevo a sugerir, dedicar atención con todo a la dimensión constitucional de la crisis, esto es, a las exigencias institucionales que la renovación del liberalismo exige, que en verdad es el meollo de la cuestión, y que apenas son aludidas en el libro. Ello quiere decir la puesta a punto del utillaje conceptual y organizativo del Estado de derecho: el orden liberal no sólo puede plantearse como un problema filosófico, económico, o moral, sino que tiene una dimensión, como digo, jurídico constitucional insoslayable. Se trata de ver qué forma política se adecúa a nuestro tiempo, cual es su organización territorial preferible y sobre todo qué derechos concretan las demandas actualizadas de la dignidad de las personas, y qué instancias de protección resultan más adecuadas para la efectiva garantía de los mismos.
De lo que no hay duda es que las potencialidades del pensamiento liberal actual no pueden soslayar el diálogo con el pensamiento liberal más próximo a la generación presente. Estamos hablando de los liberales de la Guerra Fría, tales como Judith Shklar, Isaiah Berlin, Karl Popper, Gertrude Himmelfarb, Hannah Arendt y Lionel Trilling. Conviene admitir los presupuestos del propio Moyn que no son los de abordar sistemáticamente las aportaciones de esta generación, valga decir lo que piensan sobre, por ejemplo, el progreso histórico, o el individualismo, o los principios morales, o el intervencionismo estatal, o el peligro soviético, o el Holocausto. Lo que hace Moyn es partir de un grupo de pensadores, seleccionados a su preferencia, aunque asumiendo su significación nuclear según la filósofa Shklar y el crítico literario Trilling, y presentar sus líneas centrales de pensamiento, muchas veces expresadas en un diálogo que cabe pensar o imaginar mantienen entre sí.
El resultado, aun con el filtro en no pocos casos deformante, del profesor Moyn es fascinante. Así repasamos la idea de la Ilustración, cuya abstracción y esquematismo así como su contribución al dogmatismo e infalibilidad seguimos en Berlin y Popper. La idea de progreso sería el resultado de la puesta en práctica de las posibilidades del individualismo, pero podría justificar la disculpa de los horrores de la persecución del disidente y su aniquilación si se opusiese a la dirección de la historia. Rousseau, después Hegel, como había mostrado Talmon, permitían también una lectura no liberal que justificase las aberraciones del Holocausto y el régimen soviético. El héroe liberal para Moyn es Lord Acton, cuyo análisis se lleva a cabo a través de una especialista en su obra, que es Gertrude Himmelfard, integrante conspicua, ella sí, de los pensadores de la Guerra Fría. Lord Acton estableció la prioridad absoluta de la moralidad frente a la historia, la democracia e incluso la religión. El primer mandamiento de su código de conducta era la prohibición de crímenes justificados en nombre del futuro. Acton proféticamente adelantó la importancia de la libertad de conciencia y pensamiento anclada en el valor último del individuo. Con ello y su alergia al asesinato, Acton suministró una austera pero imprescindible perspectiva para todos los tiempos.
Me atrevería a decir que el tratamiento de Hannah Arendt es algo caprichoso. Así Moyn la considera simplemente una compañera de viaje de los liberales de la Guerra Fría y niega que admitiese, no ya la necesidad sino incluso la posibilidad de imaginar una base institucional para llevar a efecto la libertad creadora en una escala de masas. Moyn pone en valor su escepticismo sobre la generalización del legado de la Revolución Francesa en el momento de la descolonización en el que los liberales de la guerra fría estaban más preocupados por la amenaza soviética o doméstica. Moyn cuestiona la utilidad de una idea tan descontextualizada como la que Arendt tenía sobre el totalitarismo, pero comparte su convicción de que el estudio de la revolución americana podía prevenir el atractivo fatal de los modernos autoritarismos. El repaso del pensamiento de Lionel Trilling sirve para rechazar la imposición de límites internos al individuo aceptados por los pensadores de la Guerra Fría. Los límites son de naturaleza histórica o contextual, o debidos a exigencias políticas, pero no de posiciones antropológicas represivas como había propuesto Freud.
Cuando hablamos de crisis de la democracia, concluye Moyn, queremos decir crisis del liberalismo no reformado. La tarea de los liberales en nuestro tiempo es imaginar una forma de liberalismo totalmente nueva y original. Si esto no se logra, no sobrevivirá este ideal político, aunque de todas formas, la supervivencia no es suficiente.
¡Buen verano, amigos lectores!