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TRIBUNA

Banderitas

martes 30 de julio de 2024, 18:50h

Con las banderas ocurre como con las madres: si alguien menta a la suya se engalanan los tanques. Porque siempre he dicho que las raíces son el nacimiento exacto de los nacionalismos. Pero bueno, que no me quiero alejar del asunto de hoy: hablar de las banderitas que nos vemos obligados a ver en las pantallas de televisión, y que, de la noche a la mañana, desaparecen como por arte de magia.

Porque eso es lo que ha ocurrido con la de Ucrania, que desde que Putin accedió sin permiso al territorio ucraniano, formó parte de casi todos los canales de televisión, emitieran estos el programa que fuera, desde informativos a crónica rosa, pasando por concursos y juegos de azar. Que ponías el resumen del Albacete Balompié–Racing de Ferrol, y allí estaba la azul y gualda, en un homenaje estrictamente estúpido, ya que el mayor tributo habría sido, y si es que de verdad pensamos alguna vez que aquella guerra era ilegal, el enviar a media población española a formar contingentes armados hasta los dientes cerca de las tropas rusas. Pero como ni las guerras son de verdad como las banderas son de quita y pon, un día, sin esperarlo, la insignia ucraniana había desaparecido, de la noche a la mañana. Lo más cruento es que nadie dio explicaciones. Y lo más deshonroso, es que ninguna persona, siquiera partido político, se las pidió al responsable de aquella provocación.

Pero la cosa se repitió. Cuando Israel tomó la delantera a la hora de ganar la guerra contra Palestina, donde hubo banderas ucranianas las pusieron palestinas. El modus operandi, además, fue exactamente el mismo. Pero mira tú por dónde que las muertes, a día de hoy, siguen contabilizándose a diario cuando la banderita del país que no reconoce nadie (aún) también ha volado, como las cigüeñas que al llegar el invierno a Europa y el Mediterráneo tiran para el África subsahariana con sus hermanas de Marruecos y Argelia.

Como sabemos las razones por las que los responsables de nuestras histerias colectivas las añaden al atrezo de una pantalla plana de la marca que ustedes gasten –la crueldad de algunos contra otros–, me gustaría preguntarles a esos elegidos por qué las quitan y con qué razones. Porque si las hubiera quitado yo, sospecho, hoy sería pasto de la cárcel de los fachas, donde sin celda alguna son enviados, metafóricamente hablando, todos aquellos que se atreven a poner en tela de juicio obviedades que todos sabemos que sólo pueden ser certezas.

Es como la pausa de hidratación en los partidos de fútbol, que hasta hace bien poco veíamos hasta en el mes de abril, lloviera o no, en Éibar o Ferrol, y que en esta Eurocopa y en pleno julio, con el mayor porcentaje de la historia de la competición de partidos que han acabado tras dos exhaustas prórrogas, jamás nadie detuvo el juego, salvo para sacar del campo a algún imbécil reivindicando algo, generalmente ataviados con más banderitas, otras veces con la pilila al aire.

Yo creo que al final todo esto –las banderitas, las pausas de hidratación y todo lo que vendrá después, porque vendrá algo nuevo, seguro–, no son más que modas, como la minifalda en 1965 o el meterle setecientos gramos de pepino al gintonic, esto ya hace sólo una década, que bodegueros de inmenso prestigio llegaron a plantearse, ante el ascenso imparable de las ginebras con tónica y hortalizas, el arrancar vides y plantar hectáreas de pepino. Porque menudo país.

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