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TRIBUNA

Hablemos claro: hacia el despeñadero de la confederación

Teresa Freixes y José Varela Ortega
jueves 17 de octubre de 2024, 19:58h

Cuando nos dicen que "Cataluña" tiene que recibir más dinero porque está infrafinanciada.... cuando comparan la "riqueza" de Cataluña respecto de Andalucía o de Extremadura... o cuando se habla de "esfuerzo fiscal autonómico"... MIENTEN, porque falsifican sus intenciones ocultándonos el verdadero propósito de un discurso de esa naturaleza: instaurar una hacienda confederal.

I.- No son Cataluña, ni Extremadura o Canarias, quienes pagan los impuestos. Son las personas, físicas y jurídicas, presentes en tales territorios. Y quienes los reciben no son los territorios, sino las administraciones que los gobiernan. ¡Así que menos bulos!.

El asunto es de enorme transcendencia, en la medida que ese discurso territorial e identitario –que, desgraciadamente, parece haber contaminado a buena parte de la oposición- supone una mutación filosófica que va mucho más allá de un cambio constitucional por la puerta de atrás: estamos ante una sustitución del sujeto de soberanía que dejará de residir en el conjunto de la ciudadanía para repartirse -y centrarse- entre un número de territorios, 17 Comunidades o, ¿por qué no, dividido en 50 provincias?. Cada uno de ellos soberanos e independientes.

Desde 1812, con penoso y hasta, a veces, trágico esfuerzo, hemos construido una república (coronada) de ciudadanos libres e iguales, que son quienes constituyen el sujeto soberano, como titulares del poder público (que decía la Pepa). Quede, pues, claro: desde la Constitución de 1812, hablamos de ciudadanos, que no de territorios. Ese artículo –y concepto- viene repitiéndose desde Cádiz en todas las Constituciones españolas de aliento democrático, no menos en la Constitución republicana de 1931, que en la actual de 1978. Nadie lo expresó mejor que un diputado de origen catalán en aquellas Cortes, origen del liberalismo europeo: aquí no hay provincia –dijo Antoni Capmany en Cádiz- aquí no hay más que Nación; hay diputados por […]más no de. Desde entonces, para los demócratas sensu estricto, no hay más que ciudadanos. Y, en el caso que nos ocupa, ciudadanos-contribuyentes: los únicos dueños de la llave y de la caja.

En la medida que hay ciudadanos más prósperos residentes en determinados lugares –y sobre la base de que los impuestos son progresivos- resultará que, si se construye un cálculo con medidas territoriales, el resultado inevitable arrojará un cociente fiscal desigual. Pero, eso, que se conoce como cálculo de balanzas fiscales, es el resultado de una falacia tautológica; a saber: que el territorio de contribuyentes más prósperos arroja un resultado fiscal positivo, frente a inversiones deficitarias; del mismo modo que, dentro de esos territorios, el barrio de Salamanca en Madrid o el Paseo de Gracia en Barcelona –pongamos por caso- tienen un balance fiscal muy superior, y por ende deficitario, respecto a Seseña o al Pirineo leridano.

Son precisamente los ciudadanos-contribuyentes, y la noción de una fiscalidad individual y progresiva, lo que hace posible las políticas de redistribución, en lugar de competencia con -y guerras fiscales entre- territorios.

II.- No es constitucional romper unilateralmente el modo de financiación autonómica constitucionalmente previsto, para comprar una (otra) investidura y el mantenimiento en el gobierno de quien lo logró también con la compra de votos. Si se quiere cambiar el sistema de financiación autonómica, es necesaria una reforma constitucional. ¡Así que menos bulos!.

Incluso podemos afirmar sin temor a equivocarnos que no va a ser posible, en esta democracia basada en el número y no en la reflexión, el debate y el acuerdo que se ha instaurado en estos últimos años, adoptar los instrumentos legislativos que son imprescindibles para hacer efectivo el desaguisado. ¿Cómo van a aprobar, con los mimbres de que disponen, la necesaria ley orgánica que sustituya a la LOFCA? Ni tan siquiera tienen garantizados los votos de los diputados elegidos por el PSOE, cada vez más asombrados de la deriva de su partido y cada vez más relegados en sus funciones para convertirse en títeres de las apetencias del amado líder que ahora les necesita para mantenerse en el gobierno de España vendiendo sus votos para lograr una investidura, también títere, en Cataluña. A menos que ni tan siquiera se respeten las reservas legislativas y se recurra a artificiosos reglamentos independientes y contrarios a los principios constitucionales. No es extraño que los líderes de ese partido, en cada vez más Comunidades Autónomas, comiencen a manifestar con claridad que no están dispuestos a contribuir al empobrecimiento de una ciudadanía a la que se va a negar igualdad en servicios y en derechos rompiendo con las bases acordadas por todos para garantizar el Estado social y democrático de Derecho.

III.- No es propio de sistemas federales organizar la financiación sobre desequilibrios que impiden una redistribución racional de los recursos económicos, teniendo en cuenta el principio básico de igualdad de derechos, que es intrínseco al federalismo. ¡Así que menos bulos!.

Decimos federalismo, que no un sistema confederal, y desigual por definición, que es al que aceleradamente se camina. Que nuestros colegas y amigos constitucionalistas nos rescaten de la ignorancia, pero desconocemos una constitución confederal democrática y, menos aún, estable. No lo fue en la revolución americana de las Trece Colonias. De hecho, el breve experimento resultó tan caótico que, en lo militar, anduvo cerca de provocar un golpe militar neo-monárquico y, en lo económico, produjo una ruina de tales proporciones que dejó su rastro en el idioma (vale menos que un Continental, se dice todavía de algo ruinoso con el ejemplo desastroso de la moneda confederal). De hecho, la Constitución de 1787, y la federalización de la naciente República debe mucho al fracasado experimento. De suerte, que no exageramos demasiado si afirmamos que la primera democracia moderna es, en cierto modo, consecuencia del fiasco confederal: fracaso reiterado que, en la siguiente centuria, produjo la Guerra de “Norte contra Sur”, cuando los Estados Confederados defendían las mismas ideas constitucionales que se nos propone para la España de hoy. Un par de décadas antes, la Confederación Suiza también terminó como el rosario de la aurora: en una guerra civil (1847) en que los 7 cantones del Sonderbund, predominantemente católicos y conservadores, fueron derrotados, para dar paso a la proclamación de la Constitución Federal Suiza de 1848 que liquidó el experimento confederal; del mismo modo que actualmente incluso el nombre de la Constitución ha sido cambiado a “Constitución federal de la Confederación Helvética”.

En el siglo pasado, el gran ejemplo (semi) confederal fue la Constitución de la URSS desde 1924, que se mantuvo (en 1936 y en 1977), mientras el poder real absoluto estuvo en el Politburó y en la Secretaría General del Partido Comunista, y se deshizo en diversas entidades independientes al desaparecer (1991) ese poder omnímodo centralizado. En realidad –y esto es lo interesante en relación con los que abogan por un salto republicano en la España de hoy- el anzuelo del nacionalismo confederal fue, desde sus orígenes (antes incluso del texto de1922), una ganzúa con la que el leninismo comunista pensaba desarticular el imperio zarista, como catapulta para la dictadura del proletariado dirigida por el Partido Comunista. Los comunistas de verdad, empezando por Marx y Engels -que tiene escritos despectivamente demoledores contra los nacionalismos, como reliquias reaccionarias del Antiguo Régimen- pensaban que los localismos nacionalistas acabarían arrumbados en el desván de la Historia. Es decir, eran internacionalistas. Como también lo eran sus competidores social-demócratas (Kautsky y Bernstein); al menos hasta 1914, cuando el virus nacionalista les contaminó, breve aunque trágicamente, con consecuencias devastadoras para sus agrupaciones y para toda Europa, como predijo y denunció el político socialista Jean Jaurès, antes de caer asesinado por un nacionalista francés.

Y es que el federalismo, como bien advirtió Alexis de Tocqueville, al analizar cómo se fraguaba la democracia en América, se fundamenta en la igualdad, en la igualdad de derechos con independencia del territorio en el que esté o se resida. Tendría que tenerlo más en cuenta el actual presidente del Gobierno, cuando afirma que un acuerdo que instaura la desigualdad y el privilegio constituye un avance hacia una España federal. Todo lo contrario. No existe nada más contrario al federalismo que, además, hoy en día, en los mejores ejemplos federales, como son Estados Unidos y Alemania, el federalismo es cooperativo, puesto que toda la organización, la institucional y especialmente la económica, se fundamenta en la cooperación entre la federación y los entes federados, además de la cooperación de los entes federados entre sí. No sería posible, porque rompería el sistema, como lo está rompiendo aquí, que uno de los estados federados acordara con la federación privilegios e inmunidades al margen del modelo constitucional.

En España, el PSOE siempre fue un dique de contención frente al tribalismo del nacionalismo identitario, antes y después de la Guerra Civil. En la reciente (desde el 2004) deriva nacionalista de la izquierda española, el estrago producido en la coherencia filosófica socialista y, por ende, en nuestro sistema democrático a la vista está. Es difícil ser socialista calculando balanzas fiscales entre territorios y confundiendo el derecho a la diferencia con la diferencia de derechos. Con tamaño programa, ni siquiera es posible ser liberal ni progresista: la canibalización nacionalista del Estado es una especie de regreso al Antiguo Régimen, que amenaza con darnos de bruces en el “mundo restaurado” de la Santa Alianza, pero trufado de tensión romántica.

IV.- Dejemos a un lado el hecho central de que, con los escaños nacionalistas, se compró ayer la investidura de Sánchez y se mercadea, hoy, la de Illa. Todos lo sabemos. Sobre todo, lo saben los sanchistas, porque les va el Gobierno en ello. Aceptemos, no obstante, la ficción del argumento, aunque sólo sea para respetar el razonamiento; a saber, que la política de apaciguamiento ha tenido éxito frente al nacionalismo, en la medida que su derrota electoral lo disciplina y encauza. Se comprende que Calígula se aferre a esa coartada. Otra cosa, es que nosotros nos creamos una falacia doblemente errada, porque tan solidario es el acuerdo entre el PSOE y ERC como conciliadora ha sido la amnistía para los golpistas. Ni el uno ni la otra van a tener mayor éxito que el pírrico que están obteniendo para resistir un tiempo más en el gobierno (no decimos para gobernar, porque gobernar es otra cosa).

En primer lugar, es una grosera equivocación pensar que al nacionalismo identitario le impresionan mucho las elecciones. Ni creen en ellas ni las respetan: el Procés consistió precisamente en un golpe de Estado en el cual se colocaban ilegalmente urnas que se rellenaban con doble y triple votos, amparados por un censo parcialmente falsificado e ilegalmente obtenido. Naturalmente, prefieren ganar elecciones; pero, tampoco es una tragedia si se pierden. Tampoco les impresiona adoptar leyes anticonstitucionales retorciendo el reglamento parlamentario e impidiendo a la oposición el ejercicio de sus derechos. Desgraciadamente, los nacionalismos catalán y vasco están lejos de la tradición ciudadana francesa, italiana y española: son, por el contrario, identitarios, tribales y territoriales, más cerca del Blut und Boden de estirpe germana que del ciudadano de vocación universal. Bien es cierto que, excepción hecha de los euskonazis, (amén de algún episodio criminal de Terra Lliure y de los Comunes), en general, nuestros nacionalistas actuales, aunque sean supremacistas, no suelen ser violentos, aunque a todos les guste la kale borroka. Pero, el antónimo de violento es pacífico, que no moderado. Y, nuestros nacionalistas no son moderados; al contrario: son intransigentes, obstinados e inflexibles, además de populistas radicales y extremistas.

Por eso –y en segundo lugar- debemos comprender que remunerar conductas socialmente agresivas y transgresoras no las inhibe; al contrario, las estimula. Agresión y transgresión no son conductas instintivas (Macfarlane Burnet), pero si aprendidas e imitadas, cuando un comportamiento tal obtiene premio (como creyeron haber demostrado Albert Bandura y Ross con el famoso experimento del “muñeco Bobo”). No obstante, la consigna propagandística gubernamental, claro -y a modo de Chamberlain en Heston (1938)- es que el Procés ha terminado: una especie de sortilegio que los sanchistas repiten incesantemente con la esperanza que se obre el milagro y la realidad se esfume. Y ello, a pesar del contundente y continuo desmentido de los nacionalistas que aseguran que no van a parar ni se van a conformar. No vemos razones para dudarlo. El mismo acuerdo PSOE-ERC incluye “buscar el cese del conflicto político” (¿no decían que ello se lograba con la amnistía?) abriendo la puerta al referéndum, crear las selecciones catalanas para romper también por ahí la unidad, dificultar todavía más el uso del español en la vida pública y privada. En suma, si no instaurar de facto la independencia, expulsar a España de Cataluña mediante la articulación de una confederación de facto. Y, si no, al tiempo.

Ay! Perdonen Vds. Habíamos olvidado que todo eso no interesa a los sedicentes socialistas ni a sus aliados. Por un momento pensamos que había posibilidad de diálogo con ellos.... olvidamos que sólo les interesa el fango y sus mariachis.

Teresa Freixes y José Varela Ortega

Teresa Freixes es catedrática de Derecho Constitucional. José Varela Ortega es editor de EL IMPARCIAL e historiador.

Teresa Freixes es catedrática de Derecho Constitucional. José Varela Ortega es editor de EL IMPARCIAL e historiador.

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