Los antiguos Juegos Olímpicos se abrían con varias ceremonias a los grandes dioses que protegían la Élide y Olimpia. Los Juegos eran una proyección de la devoción a los dioses, y la romería de los griegos a Olimpia, en pleno calor insoportable – entonces ya había cambio climático -, tenía más un sentido religioso y penitencial que deportivo. La procesión de Elis a Olimpia caminaba al ritmo de los cantos a los dioses. Tres meses antes de los Juegos se proclamaba la Tregua Olímpica, la Tregua Sagrada; las guerras intestinas de Grecia se detenían, pues sólo en un contexto de paz podían simbolizar los Juegos el bien, la armonía, le belleza, el sometimiento a las reglas, el esfuerzo, la perseverancia, el sacrifico en aras de la excelencia y la concordia entre los griegos, entendida como “isogonía”; esto es, la fraternidad de todos aquellos que son de la misma raza y hablan el griego. Y no hay que olvidar que la Schlagwörter de la Revolución Francesa, liberté, égalité, fraternité, son la traducción exacta de tres principios fundamentales de la Democracia Ateniense, “eleuthería”, “isonomía”, e “isogonía”. Lo más noble que entrañaba la Hélade se encarnaba en los Juegos, y cuando leemos las odas de Píndaro y de Baquílides sobre las cuatro grandes competiciones panhelénicas descubrimos una cumbre espiritual, el milagro riego, la expresión más grande y sublime, de todos los valores que Grecia ha aportado al mundo. Entre los que están el respeto a los dioses, el control de la hybris, el sentido del límite de todo lo humano, la victoria legítima y la pasión inmarcesible por la belleza. Las odas pindáricas rastrean el linaje del héroe hasta los dioses, porque lo más noble de lo humano es un resto de divinidad. En la mitología griega también hubo su edén, el valle del Tempe, en el que los dioses convivían con los hombres, y de donde se sacaba el laurel para los vencedores de los Juegos Píticos. La humanidad es una imagen ( eikôn ) de la divinidad que se revelaba en cada uno de los cuatro grandes Juegos Panhelénicos. Pues bien, las Olimpiadas de París, 2024, están siendo la Antiolimpia por excelencia, un aquelarre que glorifica la chusma criminal de Francia que no representa para nada, gracias a Dios, a San Dionisio, que se confundió en la Edad Media con el autor de la obra De la jerarquía celeste, y a la Doncella de Orleans, de la que el propio Voltaire era devoto por debajo de su parodia, la Francia Verdadera, que todo habitante civilizado del mundo ama. Efectivamente, Macron es un pervertido repugnante y un gobernante muy peligroso. Pero Francia, la Hija predilecta de la Iglesia, es mucha Francia. Y este aquelarre olímpico no la representa para nada con esas turbas diabólicas que no son el pueblo francés. El Sena se ha convertido en un inmenso albañal de pútrido globalismo, en donde no hay una sola gota limpia de las corrientes cristalinas del río Alfeo. París vuelve a ser Lutetia, de luteus, lodo, antes de las grandes construcciones de infraestructuras del gran soberano Luis XIV. Macron no sólo no ha trabajado por la sagrada tregua olímpica, sino que ha enviado hombres y armas al caldero letal de Ucrania. La inauguración de los Juegos no ha sido para nada un sincretismo de los dioses paganos y el cristianismo, sino una parodia torpe y vomitiva del alma grecorromana y cristiana de Europa. Después de tanta mediocridad chabacana, con ínfulas de genialidad vanguardista, por parte del París “creativo”, los robos de material sufridos por varias selecciones nacionales, las violaciones de turistas perpetradas por amables inmigrantes y la caída de la luz en la Ciudad de la Luz sitúan a Francia en su nivel más bajo desde la época del cruel Thiers. Rusia tiene que estar profundamente agradecida de no haber sido invitada. El propio gobierno comienza ya a sonrojarse, y los perpetradores de la pestilente inauguración comienzan a retractarse. Que París bien vale una misa, aunque sea celebrada sin fe. Hasta los propios musulmanes de Irán, los chiitas, critican acerbamente la inauguración y defienden la dignidad de Jesucristo ( A estas horas no sé si ha dicho algo el castizo Papa Francisco ). Si mañana el Islam conquistase Europa, ya no se enseñorearía de un continente fundado en la civilización clásica y judeocristiana, sino en el mefítico estercolero del globalismo de Soros y la Agenda 20/30. Europa ya es sólo geografía física inerte. El Islam ya no puede conquistar Europa porque Europa ya no existe. Quizás tenga que volver a renacer desde el Norte.