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TRIBUNA

Aquel maldito extranjero

lunes 05 de agosto de 2024, 19:49h
Actualizado el: 08/05/2024 20:40h

Quizás este par de páginas, tras los graves acontecimientos vividos durante la semana pasada, cobren más sentido que otras veces en su afán de recordarles una efeméride o uno de esos sucesos curiosos con que trasponer, durante al menos diez minutos, el siniestro sainete representado, desde hace ya demasiados meses, por nuestro gobierno. Y contra cuanto supongan, no les voy a escribir sobre Paco Camino, muerto el pasado martes en su finca abulense, quien formó con Diego Puerta y Santiago Martín El Viti aquella terna del televisor en blanco y negro, cuando, por más atención que pusiese, jamás conseguí atisbar las siempre sutiles y temerarias mañas de la lidia, sino de Joseph Conrad, cuyo fallecimiento cumplió su centenario este mismo sábado, entre otras razones porque, de escamotearlo, mi amigo Pepe Díaz, filólogo atento y maestro de navegantes, me lo acabaría reprochando bajo alguna chanza de asturianín.

Se suele señalar a Conrad como el ejemplo de gran narrador en una lengua distinta —la inglesa— a la materna —la polaca—; sin embargo, me basta con una mirada al pasado para encontrarme con los comediógrafos Estacio y Terencio, que siendo de un origen alejado y hasta relapso por su condición de esclavos al romano, escribieron en un latín modélico, o casi en un viceversa, al emperador Marco Aurelio, latino de nacimiento, que redactó en griego sus célebres Meditaciones (180 d.C.), para constatar que su caso —la adopción de otro idioma para expresarse artísticamente— no es ni único y menos novedoso, en el ya vetusto cronicón de la gran literatura. Es más; como aquellos escritores de la Antigüedad, Conrad se acogió al inglés por la idoneidad con su propósito: publicar en el país donde había decidido asentarse y sobre un mundo apetecido por sus posibles lectores: las colonias; territorios casi mitificados por los periódicos y los novelistas británicos del momento —Haggard, Kipling, Conan Doyle, o el inmenso Stevenson—; no en balde, estas tierras eran el esplendente blasón de su pujanza sobre el resto de las naciones.

Ahora bien, la elección de dicho asunto, sobradamente avalada por sus casi veinte años como empleado de navieras o como oficial de puente —solo consta una capitanía, la del Otago, entre 1888 y 1889— no garantizaba cuanto cada una de sus páginas demostró: al escritor marítimo por antonomasia; basta simplemente con ojear El espejo del mar (1906) para certificarlo. Asunto bien distinto —y quizá sea su mayor grandeza— es la caracterización de sus protagonistas (Peter Willems, Tuan Jim, Kurtz …), fruto, a mi parecer, de dos hechos capitales: su familiaridad con Shakespeare desde que leyese en la infancia la traducción de su padre al polaco de Los dos caballeros de Verona (1598), ampliada hasta la consumación cuando compre, a los veintiún años, una edición de sus obras dramáticas por cinco chelines y la tome como manual para dominar el inglés; y en segundo lugar y no menos importante, su temprana vida errabunda —llegó a calificarse de «maldito extranjero»—. Verán; aunque Conrad naciese en Berdichev —a ciento cincuenta kilómetros al sur de Kiev— sus primeros recuerdos eran de la cárcel de Varsovia, donde su padre permanecía preso por revolucionario hasta su destierro en Vólogda —a quinientos kilómetros al norte de Moscú—, cuanto le acarreó, con apenas once años, la orfandad, y su inmediata acogida por su tío materno Tadeusz Bobrowski, en Cracovia; y desde ahí, a Lemberg para educarse. Como apenas demostrara empeño para los estudios y mucha afición, aunque novelesca, por la mar; su tío lo envió a Marsella con dieciséis años para que se iniciase en los oficios de la navegación. Cuando se desembarcó definitivamente, como primer oficial del Adowa, cuatro lustros después, el 26 de julio de 1893, no solo traerá entre la pacotilla su pasaporte británico sino su primera novela, La locura de Almayer (1894), y, por descontado, impreso en el alma ese sello particularísimo que imbuirá a todos sus protagonistas: forastero en cualquier sitio.

Y aun sabiendo hoy que todos ellos no son sino el trasunto de una anécdota escuchada en algún tabernucho portuario o incluso conocidos por el propio novelista, Conrad siempre acometió el relato de cada una de sus peripecias como la fuga de un pasado; y nada mejor para este propósito de anonimato —en definitiva, de extranjería perpetua— que los lugares donde la civilización encontraba su linde ante lo indómito. Pero cuando todos ellos casi palpaban el ansiado borrón de su identidad, el fatum les alcanzaba no solo para recordarles su inexorable pertenencia al lugar de donde huían sino también para quebrantarlos shakesperianamente. Es más; les propongo que reparen en el papel de la mujer como detonante de la catástrofe en los relatos conradianos y su semejanza con la actuación de las damas en las tragedias del genio de Stratford-upon-Avon.

Consecuencia de estos finales acibarados, las novelas del polaco mostraron aquellas tierras fabuladas por las aventuras de los otros escritores con un visaje agreste y tenebroso hasta entonces desconocido para los lectores ingleses; un espacio límite donde, como afirmó el propio Conrad, combaten «el egoísmo, que es la fuerza motriz del mundo, y el altruismo, que es su moralidad»; el resto, ya saben, no es sino «el ruido y la furia».

Acariciando ya la conclusión de estas líneas, no me resta sino recordar a mi maestro, el gran Héctor Vázquez-Azpiri, quien, por admiración a Joseph Conrad, se embarcó, siendo rapaz, en un carbonero, por considerarlo imprescindible para un novelista.

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