El caso del chileno Carlos Morla Lynch (1885-1969) es peculiar por varios motivos. Diplomático, de familia distinguida, melómano, escritor, su vida, sus amistades y su ejercicio profesional en la Embajada chilena en España (desde 1928, coincidiendo con el comienzo del fin de la dictadura de Primo de Rivera, a 1939, recién finalizada la guerra), le hicieron testigo de honor de varios de los episodios más (tristemente) célebres de la historia de España en todo el siglo. Fino observador de la realidad supo plasmar el ambiente cultural patrio en un libro (En España con Federico García Lorca, de 1957) donde relata sus dotes de agitador cultural y su vinculación con uno de los protagonistas clave de la literatura española. Al período en nuestro país sigue otro no menos relevante, histórica y testimonialmente: su traslado a Alemania, pasando por Francia, en 1939, en pleno auge del nacionalsocialismo y en la antesala misma de la declaración de la guerra mundial. De esta etapa europea versa el testimonio de una obra conmovedora que acaba de publicar la editorial sevillana Renacimiento: Diarios de Berlín 1939-1940, con presentación de Andrés Trapiello, introducción de Inmaculada Lergo y edición de Inmaculada Lergo y José Miguel González Soriano.
Pero el caso Morla no es peculiar únicamente por estar en el lugar exacto en el momento preciso sino por su carácter impagable de dietarista consumado, minucioso y ejemplar. Su obra publicada en vida, salvo el mencionado texto sobre Lorca, es exigua y secundaria. Pero luego de su muerte, en los últimos quince años, han ido apareciendo diversos volúmenes de sus diarios que constituyen un documento de extraordinario valor historiográfico, sociológico, cultural y personal de primer orden. A los Diarios españoles (2 volúmenes, 2019-2020, reedición depurada de los tomos previos En España con Federico García Lorca, y España sufre. Diarios de guerra en el Madrid republicano, ambos de 2008) siguen ahora los Diarios de Berlín que abarcan un bienio trágico y trascendental de la historia reciente de Europa.
En realidad, estos diarios berlineses se inician en suelo español, el 20 de abril del 39 y se extienden hasta el 2 de julio del año siguiente. Entremedias, de Madrid a Berlín pasando por París, una España devastada por la Guerra Civil, una Francia agitada, una Alemania en situación bélica. Por las páginas del diario transita un granado y heterogéneo dramatis personae, desde familiares íntimos del autor a los gerifaltes del nazismo, pasando por un amplio grupo de amigos del autor dentro del ambiente cultural. Como en todo diario menudean asuntos intrascendentes o circunstanciales, datos menores o contextualizadores, pero las particulares coordenadas geopolíticas del momento y la posición privilegiada de Morla en su misión diplomática oficial confieren a muchas vivencias tintes dramáticos y únicos, plasmadas en tantas páginas perfumadas con aroma de martirio.
Todo libro es trasunto de la personalidad de un autor. También lo es el presente diario. Y lo es, si cabe, en grado sumo. Porque un libro escrito y concebido por su autor para enviarlo a la imprenta está por lo general depurado por el filtro de la pudibundez. Pero la presente obra no fue escrita para ser publicada. La tenacidad de la profesora e investigadora Inmaculada Lergo, –cuya labor en esta y en otras empresas tanto hemos de agradecer–, así como la de González Soriano, y la generosidad de la heredera del legado Beatriz Morla, han hecho posible la publicación de un texto íntimo, pero también extremadamente universal. Ello lo hace más auténtico, más desgarrador, menos impostado. “Documento fascinante”, lo llama Trapiello, “testimonio apasionante”, los editores de la obra. Es, sin duda, ambas cosas. Y aún más: es el esbozo de un mundo, la crónica fiel, vibrante y desgarradora del destino de un pueblo, un testimonio único de historia universal.
En 1987 Wim Wenders estrenó Der Himmel über Berlin (El cielo sobre Berlín), donde dos ángeles observan la urbe, se implican en la vida de la gente y le confortan secretamente en su íntimo dolor. Diarios de Berlín es la visión impagable de su autor, otro ángel que, esta vez a ras de suelo, desde su privilegiada atalaya berlinesa, nos ofrece su testimonio insubstituible del dolor, la tribulación, la inmolación y el sufrimiento de todo un pueblo.