La otra noche me encontraba en ese punto fulminante entre retirarte a casa o destruir tu día siguiente. Me habían invitado a una cena bien regada con varios tintos, a cada cual mejor, y yo ya había casi descabalgado. Siempre que bebo buen vino me imagino ofreciendo misas y aclarándome la garganta tras tantos sermones con la sangre de Cristo. Sólo así podría entender la santa misa y el poder beber diariamente.
Pero les decía que cabalgaba algo torcido, enmudecido por tanta barrica y maravillosos varietales, cuando alguien metió la pata a la hora de seleccionar el siguiente caldo, que por su bajísima calidad me hizo, tras echarme el primer trago, abrir los ojos, agradecer la invitación y salir volando a casa. Y me libré de una buena, porque aquello, además de haber aumentado los grados de alcohol en sangre, habría pervertido la relación sin igual que mantuve con todas aquellas botellas previas como modelos de alta pasarela.
Esto que acabo de contarles –que los vinos, como casi todas las cosas, ostentan varias categorías–, contiene una equivalencia exacta con las cualidades físicas y mentales de la sociedad. Cuántas veces no habré esquivado, en aquellos años de caza y pesca, a futuribles parejas porque no me entraban por el entrecejo. O una vez donde una que decía tantas estupideces, y además en voz alta, terminó por bloquear mi acercamiento de cara al apareamiento que había nacido gracias a su escultural físico.
La vida nos ofrece en las antagónicas opciones un equilibrio que aumenta nuestras expectativas y nos enfrenta con tranquilidad absoluta a quedarnos solos y abstemios en muchas ocasiones. La vida, tantas veces con sus bajas calidades, nos ofrece no vivir continuamente en la orgía desmedida, lo cual participa de lleno en nuestra amplia esperanza de vida, que no sólo tiene que ver con no fumar, el aceite de oliva, el brócoli y el cinturón de seguridad bien abrochado.
Cuantos más feos, maleducados, incultos e histriónicos existan, seremos como humanidad cada vez mejores. Y mientras se sigan embotellando caldos lamentables, los hígados se tambalearán menos, ya que la mesura no se halla en la calidad del hombre, sino que la elegimos por la bajísima calidad de algunos de nuestros congéneres y productos básicos. El pedigrí, como todos sospechábamos, al final iba ser determinante.
Ojalá bajas calidades en cada ámbito de la vida. Porque sólo así podremos saborear la misma de tanto en cuando. Beber agua en vez de tintos infames, jugar al mus con los amigos antes que pasar la tarde tan cerca del infierno en pantuflas.