Instalados en el Occidente sin par, en los regímenes de corte democrático, o mejor, que pretenden ser democracias, “lo femenino”, el “secus muliebre”, esto es, la línea que “corta” y separa – que esa es precisamente la etimología de sexus – una parte de la humanidad de otra, sigue siendo una cuestión aún no resuelta en relación con el punto de vista del hombre. Hay un pasaje de una de las cartas de Freud a Fliess, a los últimos años del siglo XIX, o los primeros del XX, que ha atormentado a los editores bastante, y a los comentadores más; es un momento en que aparece el nombre de lo femenino: aparece lo femenino en la carta, y Freud en el manuscrito que conservamos de la carta lo dota de tres cruces seguidas, no cruces entendidas como equis, sino que son cruces griegas. Estas tres cruces son las que han sido objeto de muchísimos comentarios, muchas veces peregrinos, y tormento para los editores: ¿Cuál es el sentido de esas tres cruces que acompañan a lo femenino? Algunos de los editores dicen, con razón, que Freud mismo se hace cruces. Algo así como un “¡córcholis!” sagrado. No es imposible: es normal que un signo de tres cruces represente gráficamente el persignarse, la señal de la cruz que se repite en la frente, los labios y el pecho ( “Per signum Sanctae Crucis (+), de inimicis nostris (+) libera nos, Domine Deus noster (+). In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti” ); y que esto se dé en un judío no sería tampoco un inconveniente grave; probablemente la gesticulación del persignarse y su simbología es independiente del carácter de judío o no que Freud tuviera. En todo caso, hay ahí una especie de signo supersticioso para alejar el maleficio, para alejar de alguna forma algo que se siente como demoníaco, y como mínimo amenazante e incontrolable. En el momento de trazar esas tres cruces Freud es bien consciente de algo que después, durante largo tiempo, hasta los últimos años con su cáncer de mandíbula, va a olvidar, que es eso de lo desconocido y, por tanto, peligroso y terrible, que puede haber detrás del término “lo femenino”. Lo femenino históricamente se nos presenta como dominado, arkhómenos. Las mujeres son el primer ejemplo de la dominación, el primer caso de dominación y sometimiento: el primer pueblo en sentido estricto. Son también la primera forma de dinero, la primera mercancía para poder intercambiar con todas las posibles mercancías, es decir, el intento más flagrante de reducir la cosa desconocida, incontable, innumerable, a concepto, a representación abstracta de las cosas, que eso es lo que es el dinero, el representante material de la riqueza universal; y las mujeres son, evidentemente, la primera forma de dinero; lo vemos en los inicios de la literatura occidental, con Homero; y de la misma manera que la contraposición de los dos sexos es la primera lucha social, también representa la primera forma de la lucha de clases ( vid. Agustín García Calvo, “El coño hablando”, publicado en el volumen Filosofía y Sexualidad, Anagrama, Barcelona, 1988 ). Aunque la mujer particular era únicamente dinero perecedero, el concepto de lo femenino es imperecedero, inmortal. El concepto “mujer” ha sido siempre una mercancía omnipresente. Y el culto de la mujer, como del dinero, tiene su ascetismo, sus renuncias, sus sacrificios: la castidad por amor y la búsqueda del tesoro eterno.
La importancia de los femenino es enorme en la mitología clásica, un universo lleno de diosas, y habría que replantearse por qué cuando aparecen diosas femeninas, como centro, se pretenden relacionar no con la realidad de las mujeres y la aportación social de lo femenino, sino con la fuerza anónima y salvaje de la naturaleza. Nos llama mucho la atención que el mundo que salió de las tablillas del lineal B, el Mundo Micénico, resucitado por John Chadwick y Michael Ventris, tenga un doble modelo de filiación, masculina e individualizada para las familias del palacio y los guerreros, las que conforman el Estado y la casta militar, y femenina y colectiva para los grupos de trabajadores: “hijo de hilandera”, “hija de artesana”, “hijo de joyera”, etc. Los oficios del pueblo, en contraste con el poder político y la guerra, determinan a las personas en cuanto hijas de madres. Curioso. El misterio de lo femenino. La voz de Hortensia, hija del gran orador adversario de Cicerón, se nos levanta impetuosa en la Roma Republicana como una verdadera tribuna: “¿Por qué hemos de pagar los impuestos nosotras que no tenemos participación en magistraturas, honores, generalatos, ni, en absoluto, en el gobierno de las cosas públicas, por las cuales razones os enzarzáis en luchas personales que abocan en calamidades tan grandes?” ( Apiano, Guerra Civil, IV, 33 ). La ubicación pública de las mujeres en el campo religioso ( v. gr. las sacerdotisas de Hera en Grecia o las de Vesta en Roma, servidas por vírgenes ), pero con una funcionalidad de protección de la ciudad, debe ser analizada desde una doble perspectiva: el control de las mujeres, de cuya buena moral depende la salud del Estado, y el reconocimiento de una fuerza singular de las mujeres para conectar con los dioses. Las dionisiacas o las bacanales, protagonizadas por resueltas mujeres, pueden ser entendidas, en parte, como formas de rebeldía, de resistencia, de expresión propia frente a la ciudad y la religión masculina oficial. Las protestas organizadas: la presencia de las mujeres romanas en el foro pidiendo la derogación de una ley que les impedía llevar joyas, uno de los símbolos de prestigio, o negándose a gastar su oro en la guerra, con un discurso célebre de Hortensia, hija del gran orador Hortensio, ; la participación de mujeres helenísticas o romanas en actividades públicas tales como organizar juegos, banquetes, invertir su riqueza en obras de infraestructura de la ciudad, pueden ser consideradas actividades, en cierta medida, como una forma de no aceptar el papel que les había tocado jugar, cuando poseían riqueza igual o superior a los varones. La marginación sociopolítica de la mujer en el Mundo Clásico, y en particular en Roma, llevó a la mujer hacia los cultos mistéricos. El conjunto de sistemas religiosos que conocemos como cultos mistéricos constituye una forma alternativa y complementaria a la religión oficial romana. Son un préstamo cultural procedente de la parte oriental del Imperio y se agrupan entre las religiones orientales, de las que se diferencian por una serie de características que éstas no comparten. Las mujeres, como sector marginado dentro de la sociedad romana, se interesaron por estas formas alternativas de religiosidad. El orfismo y las sectas dionisíacas, mitraicas, cibélicas e isíacas son los principales ejemplos de los cultos mistéricos. Cada una de las comunidades religiosas se organiza jerárquicamente y las mujeres pueden ocupar cualquiera de los cargos, independientemente de su extracción social. Por tanto, en el seno de las comunidades mistéricas las mujeres pueden actuar de una forma mucho más activa que en la religión oficial y pueden ocupar cotas de responsabilidad social sin parangón para muchas de ellas en la vida cívica. Quizás esto bastaría como aliciente para la iniciación de algunas. Lo femenino siempre ha tenido su sitio. Y, desde luego, nos sigue asustando, como a Freud.