El eje París-Moscú
Javier Rupérez
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jruperezelimparciales/9/1/9/21
lunes 17 de noviembre de 2008, 21:30h
Como bien predijera Joe Biden, vicepresidente electo de los Estados Unidos, no habría de faltar quien, tras el 4 de noviembre, aprovechara la ocasión que el interregno depara para retar al poderosos país. Ha sido Rusia la que se ha apresurado a cumplir con la profecia, anunciando su intención de desplegar misiles en sus fronteras con los paises vecinos miembros de la OTAN en respuesta al propósito americana de situar en esos mismos lugares los elementos de su escudo antimisiles. Cabe recordar que el objetivo, tal como Washington lo describe, es anticipar una respuesta efectiva en la eventualidad de que Irán atacara el territorio americano o el de alguno de sus aliados. Moscú no cree en esas explicaciones y estima que el escudo americano está en realidad dirigido contra Rusia.
Ante el anuncio ruso, el presidente francés Sarkozy, que une a su habitual apresuramiento el derivado estos meses de ocupar la presidencia rotatoria de la Union Europea, ha utilizado sus oficios para obtener de los rusos un gesto de buena voluntad, traducido en unas declaraciones pacificadoras que, en sustancia, anuncian la suspensión del despliegue moscovita hasta que una reunion de alto nivel de la OSCE –la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa- aborde la redefinición de los problemas de seguridad en el continente. Satisfecho con lo conseguido el francés, adoptando un tono similar al que los padres utilizan para poner paz entre los hijos díscolos y que en las relaciones internacionales –como en las interpersonales- resulta literalmente insufrible, ha reconvenido a rusos y americanos para que no vuelvan a mencionar el tema hasta el momento de la reunion.
Como ya ocurriera en Georgia con los temas de Abjasia y de Ossetia del Sur, Sarkozy en ésta ocasión ha seguido también y milimétricamente los intereses rusos. Sea por convicción o por ignorancia el presidente francés parece entender la solución de los conflictos Este-Oeste en la obediencia de las recetas cocinadas en Moscú. La OSCE es un organismo multilateral regido por el consenso donde los rusos encuentran circunstancial abrigo para sus intereses siempre que el tema del día no sean los derechos humanos y la observación electoral. Concebida para los tiempos de la guerra fría, importante en el camino que llevó al hundimiento del imperio soviético, con logros significativos en el terreno del control y de la limitación de armamentos convencionales, la OSCE, en competencia con la OTAN, la UE o el Consejo de Europa, pasa por un momento de indefinición y sólo puede alegar lo que sus competidores no tienen y tanto place a los rusos: una pertenencia igualitaria que incluye a todos los estados europeos, los Estados Unidos y Canadá. Nunca la OSCE tuvo capacidad para decidir sobre temas relativos a despliegues estratégicos. Y nunca los americanos, a no ser que Obama introduzca un revisión copernicana en las doctrinas seguidas por durante las ultimas seis décadas, someterá esos despliegues a decisiones multilaterales adoptadas por los paises miembros de la OSCE.
Los intereses de seguridad rusos, con independencia de los complicados factores psicológicos que contribuyen a su formulación, merecen atención y respeto. No así su obsesión para proceder a lo que a todas luces constituye una reedición de las zonas de influencia tal como fueron definidas en la infausta conferencia de Yalta. Tras la disputa por el escudo anti-misiles y en esta nueva convocatoria para revitalizar la OSCE se encuentra el deseo moscovita, en eso tan próximo a las políticas seguidas por el Kremlin soviético, de limitar la capacidad de acción interna y externa de los vecinos territoriales. No seria extraño que si la OSCE llega a reunirse con los propósitos que Moscú alberga, los rusos replantearan una de sus permanentes obsesiones: la congelación de la OTAN.
A cambio de sus baladronadas Moscú tiene poco que ofrecer. Las fintas con Venezuela, Cuba, Irán o Libia no dejan de producir incomodidad y albergar riesgos: la venta indiscriminada de costosos y mortíferos juguetes bélicos a los gangsters del barrio dicen poco del país que quisiera recuperar la respetabilidad de gran potencia pero, hasta hora, no han pasado de constituir un teatro de sombras. La Francia de Sarkozy debería tenerlo en cuenta e impedir que con sus fintas aumente la confusión. ¿Acaso no era el afortunado cónyuge de la bella Bruni el más proamericano de los franceses desde los tiempos de Lafayette?
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Embajador de España
JAVIER RUPÉREZ es académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas
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