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Novela

Ismaíl Kadaré: Tres minutos

domingo 18 de agosto de 2024, 22:32h
Actualizado el: 22 de agosto de 2024, 16:51h
Ismaíl Kadaré: Tres minutos

Traducción de María Roces González. Alianza. Madrid, 2023. 152 páginas. 18,50 €. Libro electrónico: 9,99 €. Extraordinaria obra del escritor albanés recientemente fallecido, donde explora la corta llamada de Stalin a Borís Pasternak, ejemplo de los perversos mecanismos totalitarios.

Por Rafael Fuentes

El pasado mes de julio de este 2024 fallecía en Tirana el eminente novelista Ismaíl Kadaré, uno de los últimos creadores europeos en arrostrar el brutal infierno del totalitarismo, del que fue prominente testigo en primera persona. Su más reciente publicación en español, esta narración que lleva por título Tres minutos. Sobre el misterio de la llamada de Stalin a Pasternak, resulta un estremecedor documento de esa violencia totalitaria contra la literatura. Y también, de una forma indirecta, de la épica resistencia -a nosotros se nos antoja con un cariz un tanto milagrosa-, que permitió a algunos de esos autores sobrevivir a los más inhumanos déspotas e incluso crear obras donde se sacaba a la luz toda la maraña de las obscenas e inauditas modalidades de terror empleadas.

Tres minutos comienza así con su experiencia personal frente al totalitarismo de izquierdas impuesto por Enver Hoxla en Albania, cuyas atrocidades se sucedieron de un modo ininterrumpido durante casi medio siglo, desde 1944 hasta su muerte en 1985, a los 76, después de pasar sus dos últimos años en una silla de ruedas, postrado tras un derrame cerebral, sin ceder por ello en su mando criminal. Un ejemplo más de cómo la decrepitud, la gravedad de las afecciones y la inminencia de la propia muerte no aminoran ni un ápice las ansias tiránicas y el apego al poder despótico entre los más genuinos sátrapas. Pero la vivencia personal de Ismaíl Kadaré de esta delirante plaga de opresión no se limita a su propia biografía, sino que explora en paralelo la de otros egregios escritores que sufrieron análogas vejaciones en otros regímenes totalitarios.

En el caso de Tres minutos, el autor indaga un sufrimiento equivalente a través de una figura mundialmente famosa como es la de Borís Pasternak. El subtítulo de la novela resulta muy elocuente: Sobre el misterio de la llamada de Stalin a Pasternak. De modo que el título, Tres minutos, se refiere a la corta llamada telefónica hecha por el zafio autócrata al célebre poeta, tan breve en el tiempo y a la vez tan abismal en su contenido, o al menos tan insondable en sus posibles interpretaciones. En esa equivalencia que recorre todo el relato no solo se subraya el paralelismo del horror padecido al unísono por literatos en dos países distintos, sino también el oprobio de haber sobrevivido donde otros fueron deportados, llevados a campos de concentración, sometidos a salvajes torturas y ejecutados de forma despiada, a veces bajo la apariencia de un falso suicidio cuyo propósito, en realidad, era aparentar que se trataba del desenlace lógico de un -inexistente- sentimiento de culpa como supuestos traidores a su pueblo.

En su texto, Kadaré remarca, así, el oprobio análogo al de Pasternak sufrido por el mero hecho de subsistir. En ambos casos, nos dice, planeó sobre ellos la calumnia de sobrevivir gracias a haber pactado con el diablo. La represión contra los escritores albaneses, narrada por el estudioso Robert Elise, resulta escalofriante. Bernardin Palaj, recopilador de la poesía épica albanesa, falleció enfermo en las cárceles de Enver Hoxla, con idéntica suerte que Ndoc Nikaj, primer novelista en lengua albanesa. El poeta Mamish Peshkëpa fue ejecutado junto a otras treinta víctimas como castigo público ejemplar contra los supuestos “contrarrevolucionarios”. Críticos literarios como Qëmal Drasini murieron torturados, o periodistas como Nebil Çika, masacrados en matanzas como la perpetrada en los sótanos del hotel Bristol. El profesor Robert Elise describe cómo los juicios eran divulgados por la radio como escarnio público, dando lugar a internamientos en campos de concentración seguidos de los castigos más castradores y humillantes, como el de la feminista Musine Kokalari, condenada a ser una humilde e indigente barrendera pública, en un poblado perdido, hasta el día de su muerte, o el de Lame Kodra, quien tras cumplir sus sentencias carcelarias, fue penado a trabajar de por vida, en silencio, en los sótanos de un almacén hasta el final de sus días.

Ante estas circunstancias diabólicas, Ismaíl Kadaré recurrió a estrategias muy imaginativas, así como a explorar con sutil habilidad las brechas que el propio régimen comunista de Hoxla dejaba al descubierto. Por ejemplo, describía los crímenes de una tiranía sangrienta, pero situándola, en apariencia, allá en los tiempos lejanos del Imperio otomano. Esto podría despistar a los comisarios políticos más obtusos, pero no del todo a los más perspicaces editores, con los que debía negociar sus textos. Cuando novelizó, por ejemplo, la persecución soviética contra Borís Pasternak -que simbolizaba también el posible acoso contra él mismo-, aprovechó la ruptura de Enver Hoxla con el gobierno comunista ruso, ya que juzgaba que este… ¡no practicaba un marxismo-leninismo ortodoxo! ¡Hasta los líderes de Moscú le parecían a Hoxla unos revisionistas adocenados que se desviaban de la correcta doctrina soviética! Conocedor de tan delirante tesis del régimen albanés, logró convencer a su editor y a la censura de que su texto reafirmaba los principios políticos oficiales, pues a fin de cuentas su admirado Pasternak era un ruso culpable, y sus hostigadores soviéticos también, ya que no eran lo suficientemente marxistas como Hoxla exigía.

Con tan increíble estratagema, coló su crítica a una tiranía obcecada en perseguir y acorralar al gran poeta ruso. El editor aportó su grano de arena a esa interpretación, señalando que, en efecto, el doctor Zhivago era el “Médico” que necesitaba una Unión Soviética enferma para curarse de su desviación ideológica. En Tres minutos, Kadaré se recrea en las astutas maniobras llevadas a cabo ante tan letales censores. Pensando en Pasternak, el novelista albanés narra la historia de un remoto sultán otomano que ordena decapitar a un tal “Ibret Tashé”, nombre que significa “Aprende el Escarmiento”. Después exhibirá la cabeza cortada ante el público con un letrero: “Koka quë Gabinare Bën” que traducido no dice otra cosa que: “La Cabeza que Errores Comete”. Así filtraba Kadaré su ataque contra la dictadura comunista, la de Rusia, y también la de Albania, o la de cualquier otro lugar del mundo. “La Cabeza que Errores Comete” se refería en aquel momento a la de Pasternak durante la furiosa campaña desatada contra él a consecuencia de recibir el Premio Nobel en 1958 tras la publicación de El doctor Zhivago. Pero también simbolizaba “La Cabeza” del propio Kadaré, o la de cualquier otro escritor o artista que no fuese todo lo servil y adulador que al político de turno le apeteciese.

De las campañas soviéticas contra Pasternak, se suele recordar únicamente esta iniciada a raíz de su inmortal novela, y el interés de Kadaré por el eximio escritor ruso comenzó a propósito de este último agravio. Pero su inquietud -transformada con el tiempo en un auténtico hechizo-, le hizo remontarse al primer y menos conocido ataque, que dio comienzo en la década de 1930. En torno a esta inicial ofensiva se centra el relato de Tres minutos.

En esta década Borís Pasternak ya era considerado uno de los más eminentes poetas rusos, a la altura de Vladimir Mayakovski, Alexander Block, Isaak Bábel o Ósip Mandelstam. A partir de 1933 los poemas del autor de El doctor Zhivago comenzaron a ser censurados. Algo que se juzgó como un mal menor, teniendo en cuenta que las críticas a su individualismo llevaron a Mayakovski a suicidarse con un disparo en el corazón, o que se apresó en diversas ocasiones a Isaak Bábel hasta que en su última detención fue torturado y ejecutado, y que otro tanto sucedería con Ósip Mandelstam mientras lo llevaban camino del campo de concentración. Resultó muy irónico que Pasternak ocupase junto a Gorki la mesa presidencial del I Congreso de Escritores Soviéticos que promulgó el Realismo Socialista como única estética oficial y declarase criminal cualquier otro estilo artístico. El Congreso que presidía Pasternak, proclamaba así la más absoluta prohibición de la poesía de Pasternak, en cuanto cualquier expresión de la subjetividad poética fue declarada burguesa y reaccionaria. A partir de ese instante, los dirigentes del Partido Comunista ruso le declararon nada menos que decadente y enemigo del pueblo.

Pero esta paradoja irónica se elevó al cubo cuando el propio Stalin -exactamente en el año que se iniciaba su ostracismo: 1934-, llama telefónicamente al apartamento de Borís Pasternak para consultarle sobre la calidad de la poesía de Ósip Mandelstam. El diálogo no dura más de tres minutos. Preguntas y respuestas lacónicas que se divulgan como la pólvora por Moscú y toda Rusia, y cuyo debate alcanza hasta nuestros días. ¿Por qué llama Stalin y se interesa por Mandelstam? ¿Ha surgido en él un repentino interés por la lírica? ¿Tiene ya pensado deportar y dar muerte a Ósip Mandelstam? ¿Le divierte causar un íntimo espanto en Pasternak? ¿Este último, al declararse ajeno a la estética de Ósip, lo está condenando de forma implícita? ¿Salvaron las palabras de Pasternak la vida de su camarada, que por esa vez fue liberado? ¿O quizá acusó Stalin de cobarde a Pasternak y de carecer de agallas para rescatar de las cárceles rusas a su compañero en las letras?

Las memorias de los implicados en esa llamada telefónica y las indagaciones de historiadores y críticos a lo largo de sucesivas generaciones han delimitado trece versiones, con sus respectivas trece interpretaciones -muchas veces antagónicas-, de esa conversación telefónica de unos tres minutos de duración. Una de las llamadas más míticas de la historia de la telefonía. La novela Tres minutos, de Kadaré, trenza de una manera magistral esas trece exégesis de la llamada, entretejiéndolas con su propia biografía, sus experiencias en Albania y Rusia, antes y después de la caída de las dictaduras comunistas, así como con los recuerdos polifónicos de innumerables personas -protagonistas o actores secundarios de estos hechos-, hasta erigir una novela en la cual es imposible dirimir dónde está la verdad y dónde la ficción.

Ese entrecruzado entre lo fabulado y los sucesos reales no es el producto de ningún artificioso juego literario en el que se fuerce caprichosamente entreverar lo uno y lo otro como simple diversión, sino un testimonio veraz de cómo lo quimérico y los hechos veraces se traban diabólicamente entre sí en la vida humana. Ismaíl Kadaré lleva a cabo una muy inteligente meditación para sonsacar lo verídico frente a lo mendaz. Su narración incluye así también la deliberación ensayística, que se suma a la crónica histórica, la hagiografía y el recuerdo autobiográfico, como componentes básicos a partir de los cuales se construye una novela que se lee con la avidez propia de las grandes intrigas. A su término, no se nos formula una certeza rotunda que sirva para adoctrinarnos con una tesis incontrovertible. Más bien nos encontramos ante una “verdad cuántica”, ya que cada versión es verdadera y falsa a un mismo tiempo: solo un cálculo de probabilidades podría tasar el índice de autenticidad de una frente a las otras. El intelecto de Kadaré hace que cada capítulo de su narración nos interpele y nos haga reflexionar por nosotros mismos, en un ejercicio crítico en el que nuestro juicio personal detenta la última palabra.

Para comprender la dimensión del drama desatado por Stalin al descolgar el teléfono del Kremlin para realizar ese súbito y fugaz diálogo con Pasternak, debemos quitarnos de la cabeza las ideas preconcebidas que tenemos sobre el poder ante el creador, o el príncipe ante el artista, así como las del dictador sangriento frente al poeta. Lo cierto es que nos hallamos en otra dimensión, pues el jerarca instalado en la cúpula de Moscú representa otra cosa: encarna algo distinto cuya denominación más exacta es: “totalitarismo”.

Debemos a la pensadora Hannah Harendt la distinción conceptual entre dictadura y sistema totalitario. En Sobre la violencia, Arendt nos aclara: “La diferencia decisiva entre la dominación totalitaria basada en el terror y las dictaduras, establecidas por la violencia, es que el totalitarismo se vuelve no solo contra sus enemigos, sino también contra sus amigos y auxiliares, temeroso de todo poder, incluso del poder de sus partidarios incondicionales”. Esto es un grado superior de dominio criminal, solo alcanzado -nos señala- por los nazis y por el régimen soviético y sus emuladores. En Los orígenes del totalitarismo, esta extraordinaria discípula de Martin Heidegger ahonda aún más en ello: “El aspecto más característico del terror totalitario es que desata su máxima furia cuando ha muerto ya toda la oposición organizada y el dirigente totalitario ya no necesita temer nada”. Justo cuando Stalin afirma que ya no hay “nadie con quien luchar” desencadena sus mayores purgas genocidas. No se trata, como en las demás dictaduras, de atemorizar y exterminar a los oponentes, sino de ocasionar homicidios sobre colectividades que no se oponen al poder e incluso entre aquellos que lo apoyan.

Todo el mundo siente en su corazón la amenaza y de este modo se adquiere el “poder total” sobre las masas. La vigilancia mutua alcanza hasta el último escondrijo de la nación. Los vecinos se espían entre sí, incluso delatan sin pruebas a sus conocidos inocentes para sobresalir como puros ante las autoridades. Lo mismo sucede en las familias, pues idéntica amenaza de delación surge entre hermanos, padres e hijos, entre esposos, entre amantes. El poder total se filtra hasta todos los rincones de la casa. Y es más: penetra en las relaciones de la persona consigo misma, sobre todo si se trata de un creador o un artista. Este se autoanaliza, duda de su propio yo, se incrimina en un proceso kafkiano de sí mismo. Kadaré refleja este pleito autoinculpatorio a través de las controversias internas de los editores: “Tras cada libro prohibido llegaba el lacerante examen. La pregunta: ¿cómo no percibiste tú, editor, el veneno que destila el autor?, por fría que pareciera, era muy simple. Similar habría de ser la respuesta: fui un ingenuo, un lerdo, a consecuencia de mi superficial comprensión del marxismo-leninismo. Soy culpable. Que el Partido me castigue”.

Autoajusticiamiento propio del totalitarismo, no el de una simple dictadura donde se toma partido contra ella o no. Los procesos internos dentro de la persona pueden seguir vericuetos insospechados: ¿en tal momento me dejé llevar por gustos burgueses?, ¿permití que la subjetividad me dominase?, ¿fue un hedonismo reaccionario el que me hizo pensar de tal forma?, ¿he sido lo suficientemente leal con los ideales altruistas que nuestros dirigentes tratan de hacer florecer? No es de extrañar el grado de perturbaciones mentales vivido bajo el totalitarismo: inculpado por un amante o por sí mismo, inducido a una esquizofrenia por el miedo al error y el deseo de salvación, el manicomio o el suicidio acechan al artista en esos totalitarismos de masas.

La llamada de Stalin se inscribió en la dialéctica de este método. Si Pasternak apoyaba a Ósip Mandelstam era culpable de desviacionismo, y si no lo defendía – o no se pronunciaba con claridad-, era también culpable por no ayudar a un compañero en trance de ser torturado y ejecutado. El modo fulminante de cortar la comunicación de Stalin, tras solo tres sucintos minutos de diálogo, solo buscaba eso: provocar el miedo, y más todavía, la culpa de Pasternak, incrementada por los juicios de los demás poetas, incluso el de su esposa en celosa contienda con Olga, la amante de su marido. Es decir, desencadenar un juicio incriminatorio de Pasternak contra el propio Pasternak que acabase en una castración mental o en un suicidio en vida.

La última campaña contra Borís Pasternak -que Kadaré solo menciona de pasada-, más de veinte años después de aquella llamada, nos produce el efecto de un asombroso prodigio. En 1957 había concluido su novela El doctor Zhivago, prohibida de inmediato en la Unión Soviética, pero el texto le había llegado al editor comunista italiano Giacomo Feltrinelli, quien, a consecuencia de la invasión soviética de Hungría, se negó a obedecer las órdenes de destrucción de la obra de Pasternak que venían desde Moscú. Su publicación en italiano inició una vertiginosa traducción a todos los idiomas del mundo y su refrendo con el Premio Nobel de Literatura en 1958.

El vendaval de descalificaciones soviéticas arreció con más fuerza que nunca. Los intelectuales adictos al totalitarismo se emplearon a fondo: “obra artísticamente escuálida y maliciosa, llena de odio”. También: “Pasternak es inmoral, profundamente injusto, carente de objetividad histórica, hondamente antidemocrático y ajeno a los intereses del pueblo”. O bien: “Malévolo filisteo, calumniador, mancha que tizna nuestra patria socialista”. No podía faltar: “Una obra reaccionaria de baja calidad, insignificante y vil”. Tampoco el típico: “Un fin lamentable espera a este Judas resucitado que ha recibido en bandeja de plata las treinta monedas de plata”.

Cuando estalló el escándalo del Nobel, se representaba en Moscú la traducción de Pasternak de la María Estuardo de Federico Schiller, donde la reina de Escocia acaba decapitada por orden de Isabel I. Pero “La Cabeza que Errores Comete” de Borís Pasternak siguió en su sitio. Algo portentoso frente a la multitud de aquellas otras que el totalitarismo soviético borró de la Historia. Ismaíl Kadaré, otro cerebro sin decapitar, tenía hondas razones para sentirse fascinado por Pasternak, tal como lo demuestra en Tres minutos.

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