Este lugar, localidad o villa regia, construida en forma de parrilla herreriana, tiene la simpatía de los madrileños porque es como un retiro estival, pero con tentaciones de definitivo. Muchos amigos que sobrevivían en el cogollo del meollo del bollo de Madrid fueron a dar un paseo y a tomar los aires escurialenses y ya se quedaron allí; y puedo citar cinco o seis. Cuando San Lorenzo de El Escorial deslumbra en verano, tenemos el escape del Festival de San Lorenzo y de su teatro auditorio, que es también monumento arquitectónico, en cuyo diseño intervinieron nada menos que cinco arquitectos Juan Blasco Martínez, Andrés Pérez Tirado, Rubén Picado, M. José de Blas y Enrique Delgado. Porque no El Escorial histórico, ni El Escorial de los libros, ni El Escorial de los catálogos, que también, sino este El Escorial de la Comunidad de Madrid es el que nos fascina, que ya es hermoso que Madrid tenga a Felipe II hecho arte y cultura, danza y música, teatro y flamenco, por raro milagro regional y del siglo XXI. Y en esto tiene mucho que ver su programador Manuel Lagos, por ejemplo, que da gusto saber que la cultura del espectáculo está en tan buenas manos. Y cuando Sol y Gran Vía atosigan, podemos huir al refugio del bendito festival, a su recapacitación y disfrute serenos.
Esto venimos haciéndolo desde hace algunos años, cuando los cursos de verano, últimos cursos de literatura de la Universidad Complutense, esquifes de este Mediterráneo de media montaña, con palacios antiguos y estudiantes nuevos. Ahora, es verdad, que ya no hay tantos cursos ni tantas figuras importantes para escaparse a escucharlas; pero, desde luego, la alternativa de la función de verano ofrecía y ofrece una plaza auxiliar, fresca, de periplo más largo para los que somos peatonales, como una excursión a la aldea renacentista. Y entre los acontecimientos celebrados, se destaca la soberbia interpretación celebrada el pasado 1 de agosto de la Novena sinfonía de Beethoven y la “Obertura” de Egmont, del mismo genio alemán, a cargo de la Orquesta Carlos III dirigida por Juan Manuel Alonso y la Sociedad Coral de Bilbao conducida por Enrique Azurza: tan solo de Beethoven han querido venir muchos, y de todos los que de él vienen, no le llegan ni al zancajo, ni se le aproximan siquiera. Interpretarlo de forma impecable es como zambullir al público en un furioso remolino de vida, porque la vida musical se ha arremolinado precisamente en torno a Ludwig. Cuando se vuelve a Madrid con el rubor de la obra del mejor compositor de todos los tiempos, llenos de luz y de expectativa, sabemos que El Escorial nos ha aliviado el alma una vez más.
Algo parecido sucedió días más tardes con el portentoso recital de Rosa Torres-Pardo “Recordando a Alicia de Larrocha” –la barcelonesa fue la pianista insuperable del siglo XX–, con un programa en el que no faltaron varios bises a los clásicos Albéniz y Granados, habida cuenta del entusiasmo del personal, que no paraba de aplaudir. La “Suite Levante” de Oscar Esplá, las “Variaciones serias” de Felix Mendelsshon, la “Música callada” de Federico Mompou y el “Preludio coral y fuga” de César Franck nos regalaron momentos reponedores, refrescantes, retribuyentes, y gracias a las manos y al talento de Rosa, pudimos volver esa noche al calvero de la jungla de asfalto de la gran ciudad.
Como colofón de esta primer a quincena agosteña, disfrutamos del espectáculo flamenco “Memorias” de la bailaora Carmen Cortés, extraordinaria en sus evocaciones de Lorca y Falla, tan ejecutadas tantas veces, y de los espléndidos bailes de Kelian Jiménez, artista de raza, cuyo busto y pies evolucionaron con rotundidad por el escenario, zapatos de oro y creando recuerdos imperecederos. Bailaora, coreógrafa y directora artística, Cortés es historia viva de nuestro flamenco, que es universal; barcelonesa de nacimiento, de padres andaluces, ella interpreta como nadie el cobre del cante jondo, y fue un lujo verla el pasado sábado 17 tan bien rodeada, expandiéndose por el gigantesco tablao efímero del Auditorio, creando el asilo emocional de la velada y acabando el lujoso fin de semana con su aire romántico de inconsolable poeta del cuerpo reflejado acaso en el vidriado antiguo del templo.
Hubo, sí, una época, no hace mucho, en que escuchar flamenco o ver bailarlo redondeaba la vida, una existencia que evoluciona siempre como un poco contrahecha. Gracias al Festival de San Lorenzo permanece la antigua y renovada ilusión de que la asfixiante canícula puede esquivarse con remansos artísticos como este, tan cerca del monasterio de piedra donde Felipe II se retiró a pensar en el futuro de su Imperio, cuando ya sí empezaba a ponerse el sol. Y, como dice el responsable del sarao, Manuel Lagos, que ha acuñado el lema “bajo las estrellas” para definir esta edición, cada 10 de agosto, festividad de San Lorenzo, “una lluvia de estrellas, las Perseidas, inunda el cielo, nos envuelven y acarician la vista. Y para los oídos nosotros convocamos a los artistas que este año conforman la edición del Festival”. Pues eso, enhorabuena.