www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Pueblos

martes 20 de agosto de 2024, 19:33h

Los pueblos de España amortizan mi déficit vital. Cada vez que visito uno, prácticamente siempre invitado, me siento más agasajado que Felipe VI. Pasear por alguno, es una ruin forma de destruir mi estabilidad. Porque en los pueblos no hay psicólogos, si acaso loqueros que muy de vez en cuando atraviesan la plaza del pueblo, bastón en mano, para sacar a hostias al que desde el siglo pasado venía identificándose como el auténtico terrorista, o sea, el dominguero.

En los pueblos –o al menos a los que me llevan, porque yo ya no salgo de casa sin mediación externa–, los aperitivos comienzan tras los violentos desayunos, aún con la caja torácica embalsamada en café, con su cafeína anegando mis venas mientras siempre hay alguno que pide el primer vino, que jamás es el último. Porque el vino en los pueblos de España –y tantas veces cualquier tipo de alcohol– es una obligación roma, que a la sexta vez que te lo rellenan, se convierte en aguda, cuando aún el café no ha salido de tu cuerpo mientras el vino cabalga sin control en una tradición veraniega sin desfibriladores cercanos, cuando el cardiólogo, de vacaciones, acaba de pedir la siguiente ronda.

En los pueblos, además, el censo lo lleva la propia población, como si ser chivato fuera lo homónimo a alcalde, preguntando a cada forastero, imagino –¡porque el único era yo!–, aquello de ¿y tú de quién eres? Que cuando suman que el extranjero en chanclas va por la calle leyendo un libro, además de con la melena suelta, la cual sobrevuela la calva que fue incipiente cuando ese mismo pueblo era aún franquista, algunos se plantean llamar al 091 cuando antes de hacerlo invocan la suerte de los hombres: ¿te puedo invitar a un clarete?

Me imagino un cielo, si es que existe, repleto de gentes invitando a otras a copas de tinto o clarete. Con los niños expiando sus pocos codos para los deberes veraniegos con las madres relucientes contándoles a sus vecinas que en Madrid se folla mejor, con los vestiditos del Zara comprados en rebajas y a crédito, y la sonrisa rebuscada en el papel cuché.

Comenzaron las fiestas del pueblo y desde el Pisuerga aprecié una bandada de patos aprovechándose de la corriente. Cuando yo acentué hace años, también en medio del grupo de creciditos, aquello de que nunca quise ser funcionario, herrumbre del hombre que desea vivir soñando, como es mi caso, de frenopático en frenopático.

Ojalá pueblos donde se sigan secando sus censos, acudiendo al verdadero cambio climático: aquel que disminuye a la población para que a la hora de repartir purezas toquemos a más. Y esto, claro está, no sale en los telediarios. Porque allí todo son dramas y exageraciones, con los mismos trajes de Zara a crédito, pero sin plaza del pueblo ni loco con bastón que la cruce.

Y el Pisuerga, por cierto, con bastante caudal. Para los agoreros, que rima con domingueros. Y si no, que se lo pregunten a los patos.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (6)    No(0)

+
0 comentarios